miércoles, 24 de abril de 2013

Mi relato para el Certámen XI de literatura.



TE PROMETÍ… (Galardonado con el premio "Mejor relato de autor local 2013)

En un sofá de flores negras sobre fondo blanco, la postura de la señora Oliviera era ante todo, forzada. Hacía una hora que le dolía el lumbago y diría que todas las cervicales, pero seguía con los ojos, abiertos como platos, enfocados hacia el preciado reloj de cuco del salón. En el último minuto, aún con los brazos entumecidos por la espera, sus manos se cerraron sobre el delantal y lo arrugaron con inquietud. El ansiado momento llegó, y no fue precisamente silencioso. Un pájaro salió y entró haciendo crujir su mecanismo al ritmo de doce campanadas producidas por el péndulo del reloj. Cuando la calma llegó de nuevo, la señora Oliviera se levantó de su asiento poco a poco, haciendo crujir los muelles del sillón. De pronto, sus labios se curvaron en una sonrisa. El grito que tuvo lugar segundos después, bien pudo haber despertado a todo el vecindario. María Oliviera se subió tan bruscamente al sofá que éste se vio obligado a protestar. Saltó de aquí para allá, como una niña, con los brazos en alto y el pelo volando tras ella. Derrapó en la cocina y atrapó un mechero con el que encendió la vela que había sobre la tarta que se autoregaló. Su deseo lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo y, aunque estaba sola, cuando sopló sobre el número 50 miró alrededor imaginando aplausos y vítores. Más tarde se dedicó a canturrear canciones del pasado y proclamó a los cuatro vientos que era su cumpleaños.
Cuando la vecina aporreó la pared, dio por concluida su celebración y afrontó lo que venía a continuación. Su cara se esculpió mientras recorría de nuevo el pasillo y se sentaba en su magullado sofá de flores. Estiró la mano y marcó, en un teléfono vintage, nueve dígitos con exasperante lentitud. Justo antes de dejar que la rueda del aparato girara para confirmar el último número, se arrepintió. Se preguntó si no sería ya demasiado tarde para llamar. Observó el reloj con tristeza y se dijo que, si había aguardado 27 años a ese momento, bien podría resistirse unas horas más. Su gata Joline, como apoyándola en su decisión, se restregó contra sus piernas y la invitó a irse a la cama, pero la señora Oliviera no durmió esa noche.
Al día siguiente amaneció nublado. María arrastró unas graciosas zapatillas de gato por el pasillo, con las cuales Joline no tuvo piedad.
—Gata tonta. No son tus enemigos, en absoluto —masculló su dueña con desesperación mientras sacudía las piernas.
María se sentó en la mesa de la cocina y desayunó un trozo de su tarta de cumpleaños. Estaba esperando a que el bizcocho muriera ahogado en la leche, cuando recordó de golpe todo lo que no había podido solucionar esa misma noche.
Joline la regañó cuando atravesó el pasillo como una centella y le pisó la cola, y el auricular del teléfono casi se le cae de las manos cuando volvió a marcar aquel número que tan bien recordaba pese al tiempo.
—¿Si?
—Bu-buenos días. ¿Es…? ¿Está Samuel? —oyó cómo la interlocutora titubeaba al otro lado de la línea.
—¿María? —se le encogió el corazón.
—Sí. Soy… soy yo.
—¡Oh Dios mío! Querida, ¡cuánto tiempo sin oír tu voz! La última vez que nos vimos apenas habías terminado la carrera.
—Sí… la verdad es que ha pasado tiempo desde aquello.

María se había quedado de piedra. La voz rasgada y triste que la atendía no podía ser la madre de Samuel. Agitó la cabeza para centrarse y asimiló que habían pasado nada más y nada menos que 27 años, y Mariela debía de tener casi noventa. María se llevó una mano al pelo, que ya tenía alguna que otra cana, y lo retorció sin saber bien qué decir, abrumada.
—Samuel ya no vive aquí. ¡Has llamado a la casa antigua! Sigues siendo tan despistada como antaño —oyó con estupefacción lo que quedaba de la risa de Mariela—. ¡Llama a su número de teléfono o a la casa del pueblo! Ya sabes.
No. Lo cierto es que no sabía, pero le daba vergüenza confesarle a Mariela, cuya amistad en el pasado había sido muy estrecha, que no contaba con ningún tipo de dirección o teléfono que perteneciera a su hijo. Tras una breve conversación, la señora Oliviera sintió que había perdido fuelle. Depositó con cuidado el teléfono en su sitio y se sentó a meditar. Minutos después varios vecinos vieron a una especie de esquizofrénica trastabillar por las escaleras, con una bata sobre el pijama, unas llaves tintineando en  la mano… y unas maltrechas zapatillas gatunas.
                                                                      

Tommy, aficionado a la fórmula 1 y a las batallitas online, era el encargado del correo aquel sábado. Produciendo un sonido desagradable con su chicle mientras arrastraba con parsimonia un carrito repleto de cartas, paquetes y publicidad, entró en el portal número 13 cuando el portero le abrió. Lo que no se esperaba encontrar a la entrada de la urbanización era a una señora cruzada de brazos bajo la lluvia, mirándolo fijamente. Tommy cambió el peso de una pierna a otra, intimidado, antes de atreverse a abrir su carrito y comenzar a repartir el correo con normalidad. De vez en cuando echaba una ojeada, preocupado por aquella señora loca que llevaba unas… ¿Qué demonios? ¡Unas pantuflas de gato! A lo mejor le ahogaba con el cinturón de su bata y le robaba todas las cartas. Sí, debía de ser la cotilla del vecindario. Si no, no se explicaba su presencia a esas horas, en el exterior, calada y en pijama. Pasados cinco minutos de tenso silencio, interrumpido solamente por el deslizar de los sobres dentro de los buzones, se escucharon unas zapatillas chapoteando con un continuo plof en el agua. Tommy observó a la señora Oliviera con cautela. Se había acercado y leía por encima de su hombro los nombres de los paquetes que llevaba, mientras golpeaba rítmicamente el suelo con aquellos gatos que parecían inflados por el agua.
—¿Busca algo?
—¿Tiene algo para mí? —le interrogó con tono inocente.
Tras compartir su nombre y recibir un paquete y dos sobres con un logotipo bancario, María Oliviera todavía permanecía cotilleando en su carrito. Tommy tapó con los brazos lo que le quedaba por entregar con evidente fastidio. Zigzagueó con sorpresa cuando la señora Oliviera vio algo, se abalanzó sobre él y le arrebató de las manos uno de los voluminosos tomos que iba a depositar en los buzones. La vio alejarse a trompicones mientras trataba de despegarse de los labios la pompa de chicle que se le había estallado con el susto.
                                                                  
           
En un tercero, María Oliviera mordía con desesperación el envoltorio de una guía telefónica. Cuando el plástico cedió y por fin se halló calada pero feliz, con el teléfono pitando en su oído, pareció que todo había merecido la pena… hasta que Samuel respondió.
—¿Samuel? —silencio al otro lado de la línea.
—¿Sí? —preguntó una voz grave. Lo oyó carraspear— ¿Quién llama?
—Oh, vamos… —masculló María decepcionada—. ¿No sabes quién soy?
—Si es usted la señora que me llama cada día de cada mes, incluso un día festivo como hoy, 30 de marzo, le repito que… —silencio, y segundos después un gruñido—. María. ¿Verdad? No puedo creerlo.
—¿Cómo estás?
—Hace tanto tiempo que…  ¿Pero cómo? No creí que volviéramos a… ¡Feliz cumpleaños! Yo…
—Hicimos una promesa hace mucho tiempo —le interrumpió intentando dominar la emoción—. ¿La recuerdas? Te prometí que te llamaría cuando cumpliera cincuenta años pasara lo que pasara entre nosotros. Tenía muchas ganas de… en fin. ¿Te… casaste? ¿Tienes familia?
—Bueno… —Samuel dudó al otro lado de la línea—. Estoy divorciado desde hace un par de años. Siempre supe que no debía de haberme casado pero… pasó. ¿Tú…? ¿Tus hijos? ¿Tuviste hijos?
María soltó una carcajada.
—Por supuesto que no. ¿Yo? ¿Hijos? Lo que te contaba cuando era más joven era cierto. Mi vida familiar no tenía muchas expectativas…
—Siempre estuviste equivocada en eso. Podrías haberlo tenido todo… —susurró Samuel con un deje de melancolía en la voz.
María se vio tentada a mirar atrás, al tiempo que habían pasado juntos antes de distanciarse. Pero sentía que había esperado demasiado ese instante como para derrochar emociones.
—Quizá algún día nos podamos ver para hablar de los viejos tiempos —sugirió con una ligera esperanza, pero la transformación en la voz de Samuel la desarmó por completo.
—No creo que sea una buena idea María —su nombre en sus labios sonaba amargo—. No me malinterpretes. Me alegra mucho saber de ti pero debes entender que aunque ha pasado bastante tiempo… me costó mucho olvidarte. ¿Sabes?
No supo qué decir. Se sintió tonta y mayor. De pronto, el comienzo de la artrosis y un dolor agudo en el cuello se hicieron más presentes. Había estado esperando tanto y con tanta ilusión, que ni siquiera se había planteado la posibilidad de que Samuel, cuya situación familiar la había aliviado sobremanera, no quisiera saber nada de ella.
—Ti-tienes razón. Supongo que… en unos años te tocará llamar a ti. ¿No? —intentó reír, pero su carcajada sonó tensa y rota—. Me ha alegrado volver a oírte… al menos. Adiós Samuel. Sé feliz.
Al chasquido del teléfono al colgarse bruscamente, le siguió el de unos muelles oxidados. Tendida en el sofá de flores, María parecía en shock. Los pies, fríos y húmedos, y los rizos que se le estaban formando, tampoco ayudaban. ¡Cómo había sido tan ingenua pensando que Samuel se alegraría de que volvieran a hablar! Suspiró y miró el sofá donde había tirado de mala manera su correspondencia. Se estiró lo justo para coger el paquete y entretenerse abriéndolo. Era viejo y estaba mojado y muy deteriorado en las esquinas. Miró sin interés la fecha del matasellos con el objetivo de reclamar a Correos su falta de dedicación: Febrero de 1985. ¿Qué demonios…?

“Querida María:
Imagino tu cara al recibir esto y no puedo evitar echarme a reír. Vas a flipar en colores. A día de hoy estás inmersa en la mudanza a tu nueva casa. Espero que para cuando cumplas 50, no se te haya ocurrido cambiarte de nuevo o no veo la manera de que llegues a recibir este pequeño regalo atemporal. (Confío en que Correos haya sabido gestionar este paquete para que esté en manos correctas y llegue el día oportuno.)
 En vista de los últimos sucesos en nuestra pandilla… no parece que nuestra amistad vaya a llegar mucho más lejos. Por eso me he visto obligado a embarcar en un proyecto como este, para evitar futuros orgullos de hombre que me impedirán, muy seguramente, hablarte. Según me siento con mis hermosos 24 años, es muy probable que me vuelva un adulto hastiado y seco. Mi intención a grandes rasgos es solo sacarte una gran sonrisa y felicitarte por mi “yo” del futuro, que según creo, no lo hará por voluntad propia. Ojalá todo fuera de otra manera. Ojalá te confiese lo que me ocurre, nos casemos y estés leyendo esto conmigo de la mano (¡porque espero no haber fallecido tan pronto!). Siempre fuiste muy importante para mí María, y lo seguirás siendo aunque pasen los años y mi corazón se vaya marchitando. Te quiero, en este presente, y te quiero, en  futuro.  No me atrevo a decírtelo ahora y eso hace que me duela hasta mirarte, aunque creo que es posible que tú ya lo sepas. Lee el diario que te escribí y mira las fotos que te envío. Recuerda viejos momentos. Recuérdame.
Pdta.: Llámame María. Cumple tu promesa. Da igual cuanto tiempo haya pasado. Tu voz me rescatará y me hará volver en mí. No te preocupes si en un principio te rechazo. Cuando supere mi miedo te…”

El teléfono comenzó a sonar. La señora Oliviera estiró el brazo con fastidio y respondió con un amargo “Sí, dígame”.
—¿María? —contuvo el aliento mientras terminaba de leer, ya con lágrimas en los ojos.



“… te volveré a llamar, para no dejarte ir de nuevo. Lo prometo.”. 

martes, 2 de abril de 2013

Metafóricamente hablando.

En los dedos de los pies solo notaba el aire cálido de un amanecer, pero mis talones, bien clavados a la tierra, se arañaban con los guijarros del acantilado. Me incliné un poco más para ver la caida. Tuve que apartar las faldas de mi vestido blanco para verlo bien.

-Es un salto arriesgado- pensé.


Recuerdo que no miré atrás. Solo moví los dedos en el aire como tentando a la suerte y preguntándome si conservar lo que dejaría a mi espalda sería más importante que tratar de conseguir lo que me proponía. Más tarde comprendí que la respuesta me daba exactamente igual. Alcé el cuerpo y miré al frente. El sol estaba saliendo. Necesitaba un empujoncito. Cuando los rayos de luz atravesaron una nube que se interponía entre el inmenso astro y yo... me vi cegada momentáneamente. Lo que sucedió después lo sentí con el alma. Me balanceé hacia delante y comencé a caer. El vértigo se hizo peor cuando recuperé la visión  y, por los Dioses, ¡¿quien quería ver en aquella situación?! Cerré los ojos y eché a volar. Eché a... ¿qué? Ah sí. Desee que me nacieran unas preciosas alas doradas, y eso ocurrió. ¿Qué cosas no? Aterricé a la perfección. 


Cuando reconocí la tierra y los árboles, el sonido del riachuelo y el puente de piedras reí. Allí había empezado mi camino. Miré el acantilado que había bajado y supe que nunca más querría volver a subir tan alto. Mi lugar estaba en la ladera, no en la cima. Después de cercionarme de que todo estaba igual que antes plegé las alas y desaparecieron. Había aprovechado mi única oportunidad... a la perfección.