Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
viernes, 28 de febrero de 2020
No es el dónde.
Creía que tomar distancia me vendría bien. Ya no habría calles de recuerdos, ni miedo a salir y ver. Pero mientras escribo esto y casi no puedo ni enfocar la pantalla, me doy cuenta de que da igual dónde esté, porque también lo llevo en mi equipaje y parece que lo arrastraré para siempre. A mí también me hubiera gustado conseguir un baúl para meterlo todo y cerrarlo. Pero todas las cajas que encuentro están sin candado y dejan que se escape, tan nítido como ha permanecido todos estos años, y sin garantía de sustitución.
martes, 31 de diciembre de 2019
Saber dar las gracias.
"Os amo y os doy las gracias,
mamá y papá, porque está claro que he crecido siendo feliz y, en este mundo,
eso ya es una fortuna. Porque, sin vuestra educación, sin mis vivencias con
vosotros y el resto de la familia, sin la forma en la que papá me ha sabido
transmitir su inquietud por aprender y en la que mamá me ha demostrado la
importancia de anclar tu bondad y lealtad a tu corazón, estos relatos jamás
habrían podido ser creados. Me habéis regalado la imaginación, habéis orientado
mi ética y fortalecido mi madurez."
Disponible en físico: https://www.amazon.es/dp/1677932031
Y digital: https://www.amazon.es/dp/B083F3719G
Y digital: https://www.amazon.es/dp/B083F3719G
sábado, 14 de septiembre de 2019
Noto
Noto do lo que haces me da felicidad.
Pero noto que al menos hoy, me quieres más que ayer.
Noto mes otro rumbo.
Lo notaré.
viernes, 30 de agosto de 2019
No sé qué estoy diciendo.
Hay una parte del amor, a la que creo que se le da poca importancia. Al menos, en las películas y libros románticos en los que lo que más destacan, son las palabras bonitas y todo lo relacionado con el físico. Escasas veces he sentido bien representada la reciprocidad en las parejas, y eso me hace pensar si no serán, estos flechazos de cine, un ejemplo nefasto para cualquiera.
Creo que no hay nada que me haya hecho sentir mejor, las veces que he tenido una pareja, que el saber que la persona que tenía en frente no me iba a traicionar jamás, incluso siendo de esas chicas desconfiadas que siempre pensaban que así sería. Había un pajarito que siempre me susurraba: tranquila, es imposible, es buena persona y te adora. Entonces podía por fin cerrar los ojos y dormir. Esa certeza de que no te harían daño, se alcanza muchísimas veces cuando, simplemente, te paras a mirar a los ojos de tu pareja. Te caes en un abismo, pero sabes que no te vas a hacer daño. Confías y ves toda la verdad en ellos.
Siempre recuerdo lo maravilloso que es que alguien te esté abrazando y saber que, en realidad, te protege. Tener la certeza de que si te ocurre algo, que si tienes una de esas desilusiones o tristezas que se te agarran a las entrañas, esa persona va a estar ahí para escucharte sin juzgarte, para arreglar tus rotos y coserte las heridas. Por otro lado, y aquí viene la reciprocidad, nada me ha hecho sentir tan apreciada y tan valiosa como ver que la persona a la que quiero, es capaz de confiar hasta tal punto en mí, que ha volcado también todo su dolor en mí cuando lo necesitaba, para que yo fuera su apoyo.
Me parece que los lazos que se forjan entre dos individuos que saben que, a parte de un amor incondicional, pueden compartir cualquier tipo de sueño, vivencia, preocupación o miedo y encontrar un refugio para las inquietudes el uno en el otro, son los que hacen que una pareja sea inquebrantable.
No puedo expresar el daño que se siente cuando te abres en canal para la otra persona como diciendo: eh, aquí estoy, esta soy toda yo y mis defectos. Y, sin embargo, a ti solo te dejan atisbar una cálida pero opaca fracción de hueso, músculo, tendones y piel. No hay forma de ver la verdad tras sus pupilas. Insatisfacción, como si no hubieras pasado la prueba. Como si no fueras suficiente. Como si te hubieran elegido de rebote. Impotencia por no ser útil para ayudar a quien amas.
Deberíamos saber apreciar esa complicidad que nace entre dos personas, por si algún día no está. Al menos, valorarla un poco mejor que la ficción edulcorada de la que nos nutrimos para llenar nuestros boquetes. Porque es de lo mejor que le puede pasar a alguien que siente amor.
Creo que no hay nada que me haya hecho sentir mejor, las veces que he tenido una pareja, que el saber que la persona que tenía en frente no me iba a traicionar jamás, incluso siendo de esas chicas desconfiadas que siempre pensaban que así sería. Había un pajarito que siempre me susurraba: tranquila, es imposible, es buena persona y te adora. Entonces podía por fin cerrar los ojos y dormir. Esa certeza de que no te harían daño, se alcanza muchísimas veces cuando, simplemente, te paras a mirar a los ojos de tu pareja. Te caes en un abismo, pero sabes que no te vas a hacer daño. Confías y ves toda la verdad en ellos.
Siempre recuerdo lo maravilloso que es que alguien te esté abrazando y saber que, en realidad, te protege. Tener la certeza de que si te ocurre algo, que si tienes una de esas desilusiones o tristezas que se te agarran a las entrañas, esa persona va a estar ahí para escucharte sin juzgarte, para arreglar tus rotos y coserte las heridas. Por otro lado, y aquí viene la reciprocidad, nada me ha hecho sentir tan apreciada y tan valiosa como ver que la persona a la que quiero, es capaz de confiar hasta tal punto en mí, que ha volcado también todo su dolor en mí cuando lo necesitaba, para que yo fuera su apoyo.
Me parece que los lazos que se forjan entre dos individuos que saben que, a parte de un amor incondicional, pueden compartir cualquier tipo de sueño, vivencia, preocupación o miedo y encontrar un refugio para las inquietudes el uno en el otro, son los que hacen que una pareja sea inquebrantable.
No puedo expresar el daño que se siente cuando te abres en canal para la otra persona como diciendo: eh, aquí estoy, esta soy toda yo y mis defectos. Y, sin embargo, a ti solo te dejan atisbar una cálida pero opaca fracción de hueso, músculo, tendones y piel. No hay forma de ver la verdad tras sus pupilas. Insatisfacción, como si no hubieras pasado la prueba. Como si no fueras suficiente. Como si te hubieran elegido de rebote. Impotencia por no ser útil para ayudar a quien amas.
Deberíamos saber apreciar esa complicidad que nace entre dos personas, por si algún día no está. Al menos, valorarla un poco mejor que la ficción edulcorada de la que nos nutrimos para llenar nuestros boquetes. Porque es de lo mejor que le puede pasar a alguien que siente amor.
viernes, 20 de abril de 2018
Distancias
Es solo que echo mucho de menos.
Y que siento un boquete dentro de mí.
Por eso me gustaría que el poco tiempo que tenemos,
lo aprovecháramos en nosotros.
viernes, 29 de diciembre de 2017
Occhiolism
- Es hora del reinicio.
No me hacía falta mirarle para saber que tenía las manos metidas en los bolsillos y la espalda apoyada en la pared como si tal cosa. Bufé y él se rió.
- ¿Has configurado todo?
- Sí.
- ¿Te has acordado de preservar tu marca?
- Sí.
Le miré a los ojos ceñuda, poniendo en duda su palabra y regañándole al mismo tiempo por su actitud despreocupada. Era un tema serio.
- Si reinicio el ciclo y no has hecho lo que te dije, tu vida se acabará. Básicamente en dos segundos te esfumarás de la realidad - intenté remarcar cada palabra.
Me sostuvo la mirada. Vi el inicio de una sonrisa en el hoyuelo de su mejilla. Entorné los ojos y enseguida vino hacia mí para reconciliarse. Me solté de sus manos. Se rió y me buscó hasta que me tuvo entre sus brazos y me dejé hacer. Aun estaba enfadada. Intenté mirarle seria. Seguía sonriendo. Suspiré y me apoyé contra él.
- Es sólo que no quiero que desaparezcas.
- Ya no puedo irme a ningún sitio - dijo mientras hundía los dedos en mi pelo - estoy dentro de tus recuerdos.
Me alzó la mano derecha y juntos hundimos el botón correspondiente. Antes de soltarlo, cambié la cabeza de lado para no ver lo que iba a suceder.
- No es suficiente - murmuré abrazándole aun más fuerte y dejando nuestro destino en manos de la Nada.
Cuando todo dejó de temblar y la sala en la que estábamos ya no era acero y cemento sino campo, y sonaba agua corriendo río abajo y no máquinas y monitores, aun había alguien que seguía protegiéndome contra sí. En realidad era él y no yo quien más miedo tenía de dejar de existir y abandonarme, y era algo que jamás podría llegar a concebir.
No me hacía falta mirarle para saber que tenía las manos metidas en los bolsillos y la espalda apoyada en la pared como si tal cosa. Bufé y él se rió.
- ¿Has configurado todo?
- Sí.
- ¿Te has acordado de preservar tu marca?
- Sí.
Le miré a los ojos ceñuda, poniendo en duda su palabra y regañándole al mismo tiempo por su actitud despreocupada. Era un tema serio.
- Si reinicio el ciclo y no has hecho lo que te dije, tu vida se acabará. Básicamente en dos segundos te esfumarás de la realidad - intenté remarcar cada palabra.
Me sostuvo la mirada. Vi el inicio de una sonrisa en el hoyuelo de su mejilla. Entorné los ojos y enseguida vino hacia mí para reconciliarse. Me solté de sus manos. Se rió y me buscó hasta que me tuvo entre sus brazos y me dejé hacer. Aun estaba enfadada. Intenté mirarle seria. Seguía sonriendo. Suspiré y me apoyé contra él.
- Es sólo que no quiero que desaparezcas.
- Ya no puedo irme a ningún sitio - dijo mientras hundía los dedos en mi pelo - estoy dentro de tus recuerdos.
Me alzó la mano derecha y juntos hundimos el botón correspondiente. Antes de soltarlo, cambié la cabeza de lado para no ver lo que iba a suceder.
- No es suficiente - murmuré abrazándole aun más fuerte y dejando nuestro destino en manos de la Nada.
Cuando todo dejó de temblar y la sala en la que estábamos ya no era acero y cemento sino campo, y sonaba agua corriendo río abajo y no máquinas y monitores, aun había alguien que seguía protegiéndome contra sí. En realidad era él y no yo quien más miedo tenía de dejar de existir y abandonarme, y era algo que jamás podría llegar a concebir.
miércoles, 4 de octubre de 2017
jueves, 29 de junio de 2017
Autoencadenarse
Le miré con la esperanza de que olvidara su pregunta, de que quizás estuviera tanteando el terreno. Cómo podía explicarle a un desconocido que jamás, bajo ninguna circunstancia, podríamos estar juntos.
"No eres tú, soy yo", qué cliché tan extendido.
"No pierdas el tiempo conmigo", qué dramático, qué fácil interpretarlo como una autoflagelación.
"No soy quien crees que soy", demasiado existencial, buscando crear interés.
"No soy quien crees que soy", demasiado existencial, buscando crear interés.
"No duraríamos", jugando con la probabilidad.
"No lo podrías entender", ¡explícamelo!
"No saldrá bien", y aun no lo has intentado.
Mis labios seguían sellados mientras buscaba las palabras adecuadas para contestar. Sentía que cualquier cosa que mencionase, su orden, alteraría el mensaje. Suspiré alto, bajé la mirada, arrugué la nariz buscando una forma de ser sincera y de no destruir una ilusión.
"Estoy demasiado rota".
lunes, 13 de marzo de 2017
Yuanfen
Sólo se puso detrás de mí, como un recuerdo, como una sombra.
Se puso detrás sin rozarme siquiera, pero el calor de un escalofrío lento y conocido reptó por mi espalda y mi nuca. Clavé los pies en el suelo para no moverme y que no notara ese imán que siempre me inclinaba hacia donde estaba. Cerré los ojos mientras seguía escuchándole hablar de cosas sin sentido, cosas tan lejanas a ese momento que mi mente sólo traducía las palabras en zumbidos apagados.
Mis dedos ardían. Ladeé la cabeza, buscándole. Noté su olor y el calor que desprendía su cuerpo. Se estaba riendo. Entonces se llevó su risa a otra sala y noté la vibración que me tenía hipnotizada huyendo de mí, siguiendo su estela. La habitación se quedó en silencio. Hacía frío. Abrí los ojos y enfoqué la mesa, donde la taza de café me esperaba sobre mis papeles. Recuerdo haber pensado que esa sensación era lo más bonito que había sentido en meses.
sábado, 4 de febrero de 2017
Querida Amanda.
Querida
Amanda:
Ignora
el papel cubierto de barro y arrugado por la lluvia, pues el camino hasta aquí
fue largo y complicado. Si ves manchas de sangre, tranquila, no es mía. Las
tropas salieron al alba dispuestas a avanzar varios kilómetros hacia el Norte. Hace
unas horas, la mitad de los hombres que partieron han regresado. No te
describiré lo que vimos entrando por nuestras puertas. El terreno hasta la
capital estaba sembrado de minas.
No
puedo entretenerme, pues el mensajero marchará sin tardanza para avisar de lo
sucedido. Aquí, en el hospital de Gò
Công, estamos seguros, pero no sabemos por cuanto tiempo: se acercan las
guerrillas. Hay instantes en los que veo todo pasando a mí alrededor a cámara
lenta. Los heridos, las enfermeras. Miro mis manos teñidas de rojo y me
estremezco. Me pregunto por qué me ofrecí para venir aquí, a Vietnam, y por qué
me alejé de ti… pero en el fondo sé que nos necesitan, y que harían falta muchas
manos más para salvar a toda esta gente.
A veces vienen mujeres al hospital Amanda,
mujeres mayores, niñas y jóvenes. Siempre que voy a atenderlas temo que uno de esos
rostros temerosos sea el tuyo, y luego me tranquilizo pensando que estás a
salvo, seguramente peinando a nuestra pequeña y azuzándola para ir al colegio y
que no llegue tarde.
Dios mío Amanda. Necesito que seas fuerte por
todos nosotros, por nuestra familia y por toda la gente que está sufriendo en
esta guerra, pues en ocasiones siento que me fallan las fuerzas. Disfruta de esa
paz artificial que da la lejanía y valora todo lo que tienes, lo que vivimos
allá cuando todavía llamaba a tu puerta y tu madre me fulminaba con la mirada
mientras te resguardabas bajo su ala. Recuerda nuestros paseos a caballo, los
que dábamos mientras nuestros padres recogían la cosecha, y también el miedo
que pasábamos cuando nos anochecía en el campo, junto al alivio que
experimentábamos al encontrar de nuevo el camino de vuelta a casa.
Hace tiempo que no recuerdo esas sensaciones.
Todo se vuelve plano cuando estás rodeado por el horror. Mis compañeros dicen
que es la forma que tenemos de inmunizarnos mientras observamos las miles de caras
contraídas por el dolor de las heridas y por las fiebres, y escuchamos las
explosiones que hacen vibrar nuestros pies. A veces parece que no siento nada
más que un amor incondicional hacia la pequeña familia que hemos formado, y que
quiero creer que viajará a través de los continentes junto con esta carta para
que vosotras también lo sintáis.
Te quiero, Amanda, te quiero. Si Dios quiere
pronto podré regresar y cuidar a las personas a las que me debo. A la niña y,
sobre todo, a ti. Piensa en mí y reza, reza para que los batallones nunca
vengan al Sur. Reza por mi vida, por esta gente, por el fin de la guerra… y
recuerda que pase lo que pase, te llevo conmigo.
*Este texto fue escrito para el XXI Concurso de Cartas de Covibar el 13 de Febrero de 2016
#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=HJRCDsvmZ1g
#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=HJRCDsvmZ1g
viernes, 2 de octubre de 2015
Retorno.
Ojalá aves migratorias.
Ojalá mustio el Sur, Norte, Este y Oeste.
Ojalá el fin en el origen.
El último en el primero.
Ojalá
un
un
bis.
domingo, 7 de junio de 2015
Marcada.
-¿Puedo?
Asintió con timidez. Di la vuelta a su alrededor y, una vez a su espalda, aparté el pelo para dejar a la vista su hombro y deslizar los dedos sobre él con cuidado. Al descender la tela que lo cubría, una cicatriz quedó al descubierto. Pasé los dedos por encima.
-¿Por qué?
-Violencia.
Emití un sonido grave. Besé la marca y volví a situarme frente a ella. La observé con cariño. Alcé la mano y toqué con suavidad un pequeño círculo que se distinguía en su brazo.
- ¿Por qué?
-Enfermedad.
Me agaché para posar los labios allí también. Cuando me incorporé ella se mordía el labio inferior. Sus mejillas se habían teñido de color. Le acaricié la cara, allá donde el rojo era más patente.
-¿Por qué?
-Sentimientos - y sonrió.
Asintió con timidez. Di la vuelta a su alrededor y, una vez a su espalda, aparté el pelo para dejar a la vista su hombro y deslizar los dedos sobre él con cuidado. Al descender la tela que lo cubría, una cicatriz quedó al descubierto. Pasé los dedos por encima.
-¿Por qué?
-Violencia.
Emití un sonido grave. Besé la marca y volví a situarme frente a ella. La observé con cariño. Alcé la mano y toqué con suavidad un pequeño círculo que se distinguía en su brazo.
- ¿Por qué?
-Enfermedad.
Me agaché para posar los labios allí también. Cuando me incorporé ella se mordía el labio inferior. Sus mejillas se habían teñido de color. Le acaricié la cara, allá donde el rojo era más patente.
-¿Por qué?
-Sentimientos - y sonrió.
martes, 14 de abril de 2015
Silencios.
Un zumbido al otro lado de la línea.
Silencio.
Una respiración entrecortada.
Silencio.
Bocanadas de aire que no liberan sus palabras.
Silencio.
Se apaga la esperanza.
...
Silencio, sí.
Y también "tequieros" que no reciben su llamada.
lunes, 15 de diciembre de 2014
La dimensión tierna.
Cuando le vi, hacía horas que el sol se había caído del cielo y las farolas habían adoptado su luz. Suponía que aquello era la despedida. Sabía que se marchaba desde hacía días, pero no había sido tan consciente de aquel hecho hasta el momento en el que me había cruzado con él en medio del frío.
Mientras mis ojos luchaban por captar el detalle de sus facciones, el silencio se hacía más patente. La realidad es que él y yo no teníamos mucho en común. Tampoco nos conocíamos desde hacía tanto. Ni siquiera le habría podido llamar amigo. Sin embargo, había algo en su persona que me hacía sentir una conexión. Nuestro encuentro fortuito aquella noche nunca podría haberse imaginado de tales dimensiones. De aquella intensidad.
-Te vas.
-Sí, mañana.
-¿Estas nervioso? -se encogió de hombros. Esbocé una sonrisa mientras metía las manos en los bolsillos-. Seguro que te irá bien.
¿Qué podía decir? Supongo que otras personas habrían esperado un "avísame cuando regreses" o un "espero que nos veamos pronto" pero, como he mencionado antes, nosotros sólo éramos dos desconocidos. La cuestión es que percibía el peso de su mirada. No sé si me estoy explicando. Percibía esa fuerza con la que alguien te puede llegar a prestar atención. Esa extraña energía que te atraviesa por dentro cuando las pupilas de otro ser te <<miran>>. Mirar de verdad. Revolverte por dentro. Buscarte a través de piel, músculo y hueso. Eso tan poco común en la sociedad actual, hacía que yo, a su vez, le observase con interés. Con preguntas. Con anhelo. El desconocimiento junto con todos los sentimientos que me provocaba su mera presencia estallaban en mi pecho.
Recuerdo el momento exacto en el que se suponía que debíamos despedirnos. También recuerdo cómo aquel instante se sentía terriblemente equivocado. Él seguía mirándome, esperando. Cara a cara, vaho contra vaho atravesando el hielo y chocando en la oscuridad. Tan serio. Tan sereno. Alguien con quien no podría haber hablado de nada pero que podría haberlo cambiado todo.
Entonces sentí el tirón. Era necesario llenar el vacío y acabar con el vértigo que amenazaba con apoderarse de nosotros. Solté todo el aire. No había sonrisas, ni señales que anunciaran lo que me disponía a hacer. Di un paso hacia delante y dejé caer la cabeza contra su abrigo. Podría haberme apartado perfectamente, y después haber soltado alguna frase de disculpa mientras desaparecía para siempre. Alguna estúpida normal social habría calificado mi movimiento como una ocupación indebida de la burbuja existencial de un desconocido. Un gesto demasiado confiado, una invasión en toda regla.
Pero fue entonces cuando confirmé que él también era parte de aquella pequeña sección de humanos que atrapaban las cosas que importaban de verdad en la vida. Que había sentido esa otra dimensión. Me rodeó con los brazos con suavidad y me dejó estar allí un rato, como si permanecer apoyada sobre él fuera terriblemente acertado. Como si hubiera sido precisamente eso lo que una civilización paralela hubiera esperado de mí. Entonces, por primera vez, supe que entre nosotros esa era, exactamente, la situación correcta.
Mientras mis ojos luchaban por captar el detalle de sus facciones, el silencio se hacía más patente. La realidad es que él y yo no teníamos mucho en común. Tampoco nos conocíamos desde hacía tanto. Ni siquiera le habría podido llamar amigo. Sin embargo, había algo en su persona que me hacía sentir una conexión. Nuestro encuentro fortuito aquella noche nunca podría haberse imaginado de tales dimensiones. De aquella intensidad.
-Te vas.
-Sí, mañana.
-¿Estas nervioso? -se encogió de hombros. Esbocé una sonrisa mientras metía las manos en los bolsillos-. Seguro que te irá bien.
¿Qué podía decir? Supongo que otras personas habrían esperado un "avísame cuando regreses" o un "espero que nos veamos pronto" pero, como he mencionado antes, nosotros sólo éramos dos desconocidos. La cuestión es que percibía el peso de su mirada. No sé si me estoy explicando. Percibía esa fuerza con la que alguien te puede llegar a prestar atención. Esa extraña energía que te atraviesa por dentro cuando las pupilas de otro ser te <<miran>>. Mirar de verdad. Revolverte por dentro. Buscarte a través de piel, músculo y hueso. Eso tan poco común en la sociedad actual, hacía que yo, a su vez, le observase con interés. Con preguntas. Con anhelo. El desconocimiento junto con todos los sentimientos que me provocaba su mera presencia estallaban en mi pecho.
Recuerdo el momento exacto en el que se suponía que debíamos despedirnos. También recuerdo cómo aquel instante se sentía terriblemente equivocado. Él seguía mirándome, esperando. Cara a cara, vaho contra vaho atravesando el hielo y chocando en la oscuridad. Tan serio. Tan sereno. Alguien con quien no podría haber hablado de nada pero que podría haberlo cambiado todo.
Entonces sentí el tirón. Era necesario llenar el vacío y acabar con el vértigo que amenazaba con apoderarse de nosotros. Solté todo el aire. No había sonrisas, ni señales que anunciaran lo que me disponía a hacer. Di un paso hacia delante y dejé caer la cabeza contra su abrigo. Podría haberme apartado perfectamente, y después haber soltado alguna frase de disculpa mientras desaparecía para siempre. Alguna estúpida normal social habría calificado mi movimiento como una ocupación indebida de la burbuja existencial de un desconocido. Un gesto demasiado confiado, una invasión en toda regla.
Pero fue entonces cuando confirmé que él también era parte de aquella pequeña sección de humanos que atrapaban las cosas que importaban de verdad en la vida. Que había sentido esa otra dimensión. Me rodeó con los brazos con suavidad y me dejó estar allí un rato, como si permanecer apoyada sobre él fuera terriblemente acertado. Como si hubiera sido precisamente eso lo que una civilización paralela hubiera esperado de mí. Entonces, por primera vez, supe que entre nosotros esa era, exactamente, la situación correcta.
domingo, 11 de mayo de 2014
Máscaras invisibles.
Interrumpió su relato, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para continuar. Su interlocutor suspiró con cansancio.
Ella esbozó una sonrisa condescendiente. Sabía que él tenía razón.
-No es cierto- masculló, a pesar de todo.
Desde donde estaba situada, vio cómo él bajaba la cabeza y volvía a suspirar. Trataba de no echarse a reír y negar con la cabeza a partes iguales. Era un gesto que denotaba su desesperación unida a una inusitada tristeza. Vio cómo apoyaba los antebrazos en el alfeizar de la ventana y abría las manos hacia arriba. Rendición.
<<"Lo sabe. Lo sabe todo. Es demasiado inteligente.>>
Mientras pensaba en ello, observó cómo se giraba hacia ella y se encogía de hombros. Cuando sus miradas se cruzaron, los de él tenían un matiz extraño. Una invitación silenciosa. El escrutinio de quien teme estar equivocado en sus cavilaciones. Se estaba replanteando la situación. Al comprender aquello, la joven estuvo a punto de perder la compostura... y bajó la mirada, incapaz de sostenerla más tiempo. El silencio filtró la respiración entrecortada del muchacho. Alivio.
<<"Con un solo gesto, le acabo de confirmar todas sus suposiciones".>>
Volvieron a mirarse una vez más antes de que ella saliera de la habitación, avergonzada, contrariada, sin mirar atrás. Se maldijo a sí misma varias veces. Al otro lado de la sala, un joven se mordía los labios para dejar de sonreír. Victoria, clamaba.
viernes, 17 de enero de 2014
Ñoñerías.
Las malas lenguas dicen que confesar la verdad, te hace quitarte un peso de encima. Mientras te observaba sentada frente a mí, en un banco lacerado por el tiempo y anclado a ninguna parte, la sensación angustiosa que te oprime el estómago antes de decir algo importante seguía allí. No tenía nada más que pronunciar, y por eso te miraba sin apartar los ojos de tu rostro. Por eso no me movía. Se suponía que te tocaba a ti reaccionar... pero no lo hacías. La tirantez de mis entrañas se hizo más intensa, y maldije en voz baja a todos los falsos oráculos que hablaban sobre la sinceridad y la gran importancia que tenía hacer uso de ella para sentirnos plenos. Yo sólo podía percibir un miedo atroz golpeando ritmicamente mi pecho.
Te apartaste un mechón de los ojos con suma lentitud y subiste las piernas al borde del banco, formando un ovillo de perfección que se antojaba exótico en un lugar tan común como el que estábamos.Tus dedos trazaban círculos sobre la tela de los vaqueros que llevabas, y tu mirada los seguía con atención artificial. Comprendí que lo que pretendías era evitar mis ojos escrutándote y pensé: "la he hecho buena". Tragué saliva y clavé las uñas en la madera de aquel estúpido banco, luchando conmigo mismo para no sacarte las palabras zarandeándote. En aquel momento, habría pagado por leer la mente y escribir sobre tus pensamientos un final perfecto para aquella historia, pero esos eran solo los deseos de alguien desesperado. Entonces no aguanté más. No soportaba ver perdidos tus ojos por más tiempo. Se me escaparon las palabras.
-No tienes que decir nada- susurré-. Solo quería que lo supieras.
No hizo ningún movimiento, y sentí que algo se iba apagando en mi interior. Maldije diez mil veces a todos los dioses, al aire, a la tierra, al fuego y al agua.
-No te preocupes, en serio - no me atreví a tocarla ni para darle un poco de consuelo, así que comencé a levantarme con la intención de darle un poco de espacio-. Ha sido una tontería por mi...
De repente una mano pequeña y cálida se cerró sobre mi muñeca y me detuvo. Miré el rostro de la joven con sorpresa, y descubrí las lágrimas que sus ojos intentaban contener a duras penas. De sopetón, me encontré con su voz acariciando mis oídos.
-Yo también a ti- y esa fue la frase que, saltándose mi ridículo monólogo, tiró por tierra horas y días de imaginación desenfrenada en los que había tratado de adivinar cuál sería la respuesta que obtendrían mis palabras si me atrevía a pronunciarlas.
No podía dejar de mirarla, y entonces ella, en un gesto perezoso, se levantó para estar a mi altura, se secó las lágrimas como la valiente que yo siempre supe que era, y me sonrió. Supuse que era su forma de disculparse por la agonía del silencio que había abierto un abismo entre nosotros durante varios minutos... pero nada de eso importaba ya. Solo estaba ella. Ella y su aroma, ella y su cara de niña buena. Ella y sus rarezas, su ternura, sus ojos curiosos. Daba igual lo demás. Era ella y el conglomerado de piezas que la formaban lo que me hizo respirar y desterrar de mi vida el peso que me había incordiado durante meses. Ni la sinceridad, ni una confesión a tiempo, hubieran podido actuar como una panacea más efectiva que el amor.
miércoles, 2 de octubre de 2013
El Hada de las Palabras
El Hada de las Palabras perfecciona sus poemas escuchando a los hombres, pero cuando quiere unir dos almas susurra con malicia unos cristalinos versos en sus oídos. Los manipula y les hace pensar que el azar ha puesto las mismas palabras en sus mentes, en individuos lejanos e incompatibles. Que por ende, creatividad tan brillante debe realizar el camino formando una sola esencia. Así se crea el destino. Surge de un engaño tan vil que ni las propias hadas podrían haberlo ideado.
jueves, 23 de agosto de 2012
Acertada
Ahora sé que si te lo dice el corazón, vas a estar acertado.
Que hay que superar la trampa de la cobardía,
pese a que te enrede con sus manos y te impida alzar la mirada.
Que tu subconsciente puede ver más allá de una faceta
y que, mientras el tiempo espera proporcionarte carcajadas al abrir
los ojos,
tu alma te sorprenderá con una coraza que tu mente no habría podido construir.
Asimilación
Duele, ¿no es cierto?
Sientes el corazón astillado, profundamente herido.
Las tripas se te desgarran con ira.
Te hierve el orgullo... pero cuando tu mente por fin se torna hielo,
lo admites.
"Era lo mejor para mí."
Sientes el corazón astillado, profundamente herido.
Las tripas se te desgarran con ira.
Te hierve el orgullo... pero cuando tu mente por fin se torna hielo,
lo admites.
"Era lo mejor para mí."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




