domingo, 11 de enero de 2015

Reflexiones del subsuelo. Divagaciones amorfas de un día raro.

(Mi narrativa ingeniosa está estancada. Si esperáis un relato de los de antaño... no. No es la entrada adecuada... hoy solo vengo a hablar).

Quienes me conocen, saben que normalmente vivo en el metro. Recorro Madrid a diario. De punta a punta, de estación a estación, de vagón a vagón  y siempre bajo tierra. Alguien decidió hace tiempo que en días festivos, merecía la pena aumentar el tiempo de espera entre metro y metro para ahorrar. El resultado actual es una aglomeración de gentío, libre de trabajos y deseosa de movimiento, en cada recoveco del subsuelo.


Esta mañana, después de correr con desesperación y arañar minutos como podía, he llegado al andén de la línea de metro que me correspondía coger y, qué sorpresa. Me ha recibido un grandioso cartel que rezaba: PRÓXIMO TREN  EN 12 MINUTOS. 


¡¿CÓMO?! Supongo que el asombro está justificado. No obstante, yo, que vivo en el metro, sé a lo que me arriesgo cuando tengo que viajar en transporte público en un fin de semana. Mientras otras personas se quedaban mirando el cartel con odio, yo me abría paso para sentarme en uno de los fríos bancos de hierro del andén. 


Si os parecéis a mí y visualizáis los relatos mientras los leéis, seguro que os dais cuenta de la situación global. Estaba en una estación de metro, bajo tierra, con las vías frente a mí vacías y doce minutos por delante. Los que sois como yo sabréis cuan largos son doce minutos para una mente creativa. Atrasando un despertador 12 minutos se puede crear y destruir un universo mental. En 12 minutos de lectura se puede disolver un personaje, o dos, o tres. En 12 minutos puede concluir una historia de amor, se puede fraguar una amistad eterna... Y bueno, en menos también, pero la cuestión es que yo tenía 12 minutos y, para alguien que piensa demasiado, el tiempo NUNCA pasa rápido. Al menos, en soledad.


La cuestión es que mi imaginación no tiene límites. ¿Sabéis lo de los atentados, amenazas de bomba y demás? El primer minuto lo he dedicado a cerciorarme de que ninguna de las personas que pisaban el andén parecía sospechosa. También me aseguraba de que nadie abandonaba un equipaje, bolso o mochila y salía corriendo. Todo en orden.


Los dos siguientes minutos, percatándome de que todos los asientos de la estación habían sido ocupados, los pasé alerta por si alguna persona mayor necesitaba que levantara mi culo del asiento y le cediera mi sitio. Hace mucho que asumí que el resto del universo no suele vivir en la realidad como para tener esos detalles.


Ese pensamiento me llevó a la idea de "claro, no se dan cuenta de nada porque están con la cabeza metida en el móvil", así que perdí otro par de minutos en contar cuántas personas tenían los ojos en una pantalla. Catorce. Doce móviles y dos ebooks. Llegados a este punto, suspiré.


Eché un vistazo a la estación. Me percaté de la diferencia de las baldosas entre unos andenes y otros. Me aseguré de que estaba en el andén del sentido correcto. Volví a  hacer una panorámica para asegurarme de que no había ningún terrorista cerca de mí. Sin novedades. Pasé un minuto de ansiedad cuando, un hombre de mirada despistada, decidió esquivar a un grupo de niños por la parte más cercana a las vías. Pisaba la línea amarilla que señala peligro por caída. Me disgusté. Le miré fijamente, en tensión,  lista para saltar sobre él si tropezaba. No ocurrió nada. Me volví a fundir con el banco de metal.


Mi mente comenzó a divagar. "¿Qué haría si hubiera una emergencia? ¿Cuál es la puerta más cercana? ¿Y si ese tío con cara de mala leche es un ladrón? Tiene una viejecita a su lado. ¿Si le roba el bolso corro tras él? Ah, qué difícil es todo. Hay que tener valor para ser un héroe. ¡Cómo molaría que el chico que está a mi lado me dijera algo! Está leyendo. Me cae bien. ¿Qué libro es? Oh, una revista de coches. Genial. ¿Qué clase de persona puede tragarse un bodrio como ese? ".



Entonces el tren de la vía de enfrente llegó. No me percaté de su sonido, pero sus luces me cegaron unos instantes. Al irse, dejó tras de sí vacío. Miré mi andén repleto de gente aburrida, sumida en sus vidas y cabreada por la de cosas que podrían estar haciendo en esos doce minutos perdidos. Después miré frente a mí, la imagen idéntica pero sin humanos con auras destructivas. Mi mente llegó a unas cuantas conclusiones. Quizás se conviertan en textos.


Volví a mirar el reloj. Cuatro minutos. Hundí los dedos en los agujeros del banco y pensé en lo triste que sería que se me atascaran allí. Los saqué con cuidado y me crucé de brazos. El andén al otro lado de las vías permanecía desierto. El sonido de mi dimensión pareció apagarse. Mis ojos no veían humanos, solo una construcción creada para la espera sin gente que aguardara en ella. Si no venía alguien a esperar al andén, nadie cogería nunca los trenes que pasaran por esa estación. Oportunidades perdidas. Más piezas en mi mente chocando unas contra otras e intentando encajar. "Hay que ir a los andenes", pensé. Dado que estaba un poco embotada por la hora que era, decidí apartar la vista del abismo de las ideas. No iba a sacar conclusiones cerradas, sino trazos inconexos que me trastornarían y no me dejarían concentrarme el resto del día. 


Volví a observar a mis cansados camaradas de metro. Sus caras parecían a punto de derretirse de aburrimiento. Entonces me sentí como en una película. Mantuve un poco la mirada en un punto indefinido, como haciéndome la despistada, pero sabía que alguien me estaba observando. Me sabía el bucle de movimientos para no parecer brusca a la hora de dar con tu acechador. Bajaba la vista al suelo, como pensativa. Mis manos jugaban unos instantes con un anillo mientras me mordía el labio. Entonces despertaba de mi ensoñación y miraba el reloj del andén sin leer siquiera la hora... y por último, mis ojos resbalaban por las personas hasta clavarse en unos ojos mucho más sabios que los míos. Una señora mayor, no tan mayor como para cederle el asiento, me miraba con media sonrisa. Me pregunté si le recordaría a alguien, o si le habría conmovido mi perplejidad ante el vacío que teníamos enfrente y que me había absorbido unos instantes. Tenía una melena gris muy larga, y un aura diferente al resto de la gente. Esa fue la información que pude acumular en los segundos que me paré a analizar. No quería incomodarle. Si quería mirarme, podía sin problemas.


El asiento en el que me sentaba comenzó a vibrar. Mis pies temblaron. Vi la luz en el túnel y con un rugido que me pilló por sorpresa, llegó el tren. Las chispas que salían de los cables me aturdieron unos segundos. La gente se apelmazó en las puertas de los vagones. Les miré condescendientemente mientras permanecía sentada. Si no dejaban salir a los pasajeros del interior, ni uno de ellos podría pasar dentro jamás. 


Una melena gris me obstaculizó la visión. Por encima del hombro, la señora que me había observado antes, seguía contemplando mi espacio vital... Pero esta vez lo entendí. Entendí qué es lo que le había llamado la atención. En mi regazo, yacía el libro que estaba leyendo, marcado con un montón de post-its fosforescentes en las páginas que me gustaban. No era mi libro, no tenía permiso para doblarlas. Aquella señora me miraba simplemente porque era la única humana de aquel andén que tenía un libro de verdad entre las manos. Además, mi aspecto de "persona adolescente que escucha heavy metal y se dirige a clase de baile", no debía de cuadrar en su mente con "persona seria y suficientemente madura como para interesarse por Un mundo feliz". Me pilló mirándola mientras nos apretujábamos en le vagón. Le sonreí. Me sonrió. Nos entendimos. Las puertas se cerraron frente a nosotras sin darme tiempo a recordar la angustia que me producía la llegada de un nuevo tren a la estación en la que me encontraba.


viernes, 9 de enero de 2015

Déjame entrar.

A la vista estaba que tenía un problema. 
Oh sí. 
Un ENORME problema. 
Concretamente, un muro de cuatro metros de altura. 

Con ambas manos apoyadas en la cintura, respirando con dificultad y con una cantidad extraordinaria de herramientas a los pies, no podía más que alzar el mentón y plantearme por última vez si sería más productivo intentar saltar mi obstáculo antes que perder más fuerzas intentando derribarlo.

Llené los carrillos de aire y los hinché tanto que pareció que me estallarían. 
Frustración.
Desesperación pura y dura.
Solté el aire.

-Oh, ¡maldito estúpido muro cabezón! Te creé para que ellos no pudieran entrar, no para que yo no pudiera salir- mascullé mientras bajaba los brazos y me acercaba al muro dispuesta a patearlo.

Cuando ya tenía un pie listo para ser lanzado contra la pared, escuché a Gabriel entrar.

-¿Aún sigues aquí?- sonaba como alguien intentando controlar la risa.

-¿A caso no me ves?- bufé mientras desechaba la idea de que me viera destruir mi propia pierna contra la piedra.

Gabriel se rió entre dientes y dejó una bandeja en el suelo.

-Te he traído algo de comer.

-¿Y también has traído una grúa para ayudarme?- esta vez se carcajeó abiertamente.

-No.

-¿No vas a ayudarme?

-Quizás.

Miré a Gabriel arqueando las cejas. Después le pegué un puñetazo en el hombro. Volvió a reírse.

-Te ayudaré en lo que pueda.

-Con eso no vale.

-Te sacaré de aquí.

-Eso está mejor.

Recuerdo que esos días trabajamos duro. O quizás solamente hablamos. Hablábamos durante horas. Nos apoyábamos en el muro. Lo golpeábamos al son de canciones que nos inventábamos. Lo acariciábamos mientras jugábamos a encontrarnos. No sé en qué momento se abrió la puerta. Quizás nunca lo hizo y, simplemente, la piedra se desgastó al son de nuestros secretos. Me lancé hacia la luz. 

Creo que no fui consciente de lo que hacía. Supongo que la desesperación por derribar la barrera me cegó. Gabriel me impulsó fuera del muro, pero él se quedó atrás, fuera de mi alcance. Cuando mis pies pisaron el exterior, el frío me arañó la espalda. Gabriel no estaba al otro lado. Estábamos el mundo y yo.

-¿Gabriel?- me entró un ataque de pánico y me asomé a la puerta. Oscuridad. Vértigo- ¡¿GABRIEL?!

El eco se burló de mí repitiendo su nombre. Cuanto más consciente era de mi nueva situación, más deseaba regresar. Mientras me dejaba caer frente a la puerta que me había dejado salir, una voz resonaba en el muro. "Gabriel, por favor, déjame entrar".