domingo, 4 de noviembre de 2018

Dimito.

Golpear la mesa con la palma abierta 2017 veces y que, aunque duela, se termine rompiendo. Es lo que siento que me va a desahogar cuando no consigo sacar ni siquiera 2 palabras bien hiladas de lo que son tus adentros.

Y es que no tengo suficiente con 7 días mal compartidos y otros 24 a saltos de 10 minutos, donde la atención da tumbos por otros lares. Necesito respuestas a mis pocas preguntas directas, para saber que hay algo más que 91 días en visto y 2 palabras repetidas hasta desgastarlas. Así que voy a reducir mi malgasto de energía hasta obtener, no un cambio de personalidad, ni de actitud, sino una apertura en la indiferencia. Quiero creerme que importamos y que el concepto de 1 y medio cobra sentido. 

viernes, 12 de octubre de 2018

Inrecíproco

Cuando se asomó a su mundo, se dio cuenta de que no tenía acceso a la mitad de su realidad.

lunes, 1 de octubre de 2018

Me toca a mí.

- Ya no te quiero.

Lo llevaba esperando meses y, aun así, me petrificó el corazón. Le miré de reojo, pero enseguida volví la vista a la acera, y traté de seguir caminando. "Ahora no, por favor", pensé. Noté que se quedaba parado y tiraba de mi mano. Frené y observé nuestros dedos, aún entrelazados, suspendidos entre nosotros. Exhalé todo el aire que me quedaba en los pulmones, formando una nube de vaho que tembló al salir de mi boca.

- Vale - murmuré.

En medio de la noche, con el frío calando los huesos y únicamente las luces de las farolas alumbrándonos, se quedó callado. Deslicé con cuidado mi mano hacia abajo, para deshacer lo único que continuaba uniéndonos en aquel instante. Fijé la vista en algún punto indeterminado entre su barbilla y el último botón de la cazadora que llevaba, y esperé.

- ¿Eso es lo único que vas a decir? - preguntó.

Me sorprendió que estuviera desconcertado. Él sólo había dicho que no me quería y a mi me parecía más que suficiente. Me encogí de hombros.

- No me quieres - decirlo hería casi tanto como tratar de bloquear mi caída en picado -, y he hecho todo lo que he podido para mantener tus "te quiero". Ya no me queda nada más que ofrecerte.

Alcé la vista el tiempo justo como para ver que sus labios se separaban para replicar algo, pero que después se volvían a sellar herméticamente. Esperaba un gran discurso, lo reconozco. El típico "no eres tú, soy yo", o cualquier otra excusa barata que suavizase un poco el golpe. Pero ahí estaba. La persona a la que quería, con la que quería pasar el resto de mi vida, en blanco. 

Sonreí con tristeza. Lo más duro no había sido eso. No. Una ruptura es solo una instantánea en un álbum que ha ido capturando cómo se apagaba el brillo en una mirada, la ilusión por un "nosotros". El final era solo un diminuto punto en una frase llena de historias. No podía ganar esta guerra. Quizás por eso me alejé tan rápido como me fue posible del campo de batalla. No tenía sentido luchar. Lo último que le dejé susurrar antes de darme la vuelta, fue un "vale", que resonó en la calle como haciéndose eco de mi propia aceptación.

- No, no ha valido. No te he valido - farfullé antes de adentrarme en las sombras de la noche.


sábado, 15 de septiembre de 2018

Solo un ratito.

Creo que hay unos minutos en nuestra vida, en los que las personas buenas nos merecemos poder ser malos. Odiar sin tapujos, tener celos, enfadarnos por injusticias, romper cosas y desear lo peor y, después, volver al cauce de la bondad. Porque oye, a veces ser de este bando es bastante complicado. A veces tanta paciencia pasa factura... Y el mundo es muy jodido de aguantar, sinceramente.


viernes, 14 de septiembre de 2018

domingo, 9 de septiembre de 2018

Sí que importa

En el silencio de mis labios, pero hablando con la mirada, 
sólo te estaba preguntando si al menos a mí me creías. 
Con un poco de lejanía y reposo de las ideas, 
confiaba en que en algún momento, 
no solo quisieras ser mi apoyo, 
sino el de todas nosotras.

Porque cada pérdida importa.
Y no es sólo la estadística inmediata, 
la del zoom al 180% de amplitud en tu pantalla.
Es que la suma de todos los pequeños porcentajes,
convierte la muerte y la violencia en un dato escalofriante,
que arranca el alma a una persona y la vida a los de su alrededor.


jueves, 16 de agosto de 2018

ZERO

Y ahí delante, como hacía 3 años, el muro de cuatro metros me miraba altivo. Era la primera imagen que vi después de hablar con el Oráculo, y era la primera edificación que la subrealidad me mostraba después de su absoluta desaparición. Fue una lástima que todos los lugares que había conocido tuvieran que ser borrados, pero que, sin embargo, los recuerdos siguiesen anclados a mí.

Otra de las cosas que me parecía extraña era que el maldito muro se hubiese regenerado. Allí parada observando las piedras que lo conformaban, me pregunté si sería ese el epicentro de mi propio mundo, sin yo saberlo. En fin. A veces creamos cosas que ni siquiera nosotros logramos comprender del todo.

La verdad es que fijándome bien, no era exactamente el mismo muro que recordaba haber dejado atrás. Estaba deteriorado, como si de 2015 a 2018 hubiera sufrido más que en un espacio al aire libre realista. Las enredaderas eran lo más llamativo. Tuve que escarbar y apartarlas para encontrar la maldita puerta, ese boquete extraño por el que había logrado salir y, cuando dí con él, los laterales estaban tan desgastados como el resto. Me agaché para entrar en cuclillas por el pequeño agujero. Notaba cierta resistencia en el aire, como si no me quisiera dejar entrar. De hecho, la última vez se había cerrado por completo. ¿Qué estaba pasando?

Luché contra la atmósfera opresora, contra la desaparición de la luz. Los sentimientos se iban amortiguando. Respiré. Necesitaba mantenerlos conmigo, me concentré en que no desaparecieran. Necesitaba entrar, y no sabía por qué. No había otro sitio al que ir, todo era Nada en la subrealidad, y yo tenía que seguir el Camino.

Arrastré las manos por el suelo y sentí arena seca, fina, entre los dedos. Avancé a ciegas y, de pronto, noté la humedad del ambiente cambiar. Di un paso más y mi pie quedó colgando. Debía de haber atravesado la muralla. Traté de recordar cómo era el interior, pero mi salida de aquel lugar había sido extraña, sentía la memoria espesa y vaga cuando trataba de crear una imagen sobre el suceso. ¿Había habido alguien allí conmigo? ¿Qué?

Bajé desconcertada del túnel y caí de bruces al suelo por no calcular bien la distancia del salto. No se veía nada y no me gusta la oscuridad. Me levanté apresuradamente y palpé el muro detrás de mí. Pensé en él como el Sur. Traté de avanzar recto, moviendo las manos por delante de mí, procurando no chocar. Mi pie topó con una esquina. Mi mano derecha siguió la pared que había aparecido. Algo tiraba de mí. ¿Dónde estoy? ¿Por qué he vuelto? Estaba haciendo una curva. Noté aire frío en la cara, y de pronto en mi espalda, y rugió y me empujó por un recorrido que no entendía. Se apagó como una llama y me dejó en una sala blanca que me arañó los ojos con su resplandor. Aparté la vista y me tapé con el brazo huyendo de la quemazón, pero como todo en esta vida, te acostumbras rápido a los cambios. Conseguí enfocar la mirada.

No estaba en una sala blanca, me equivocaba. Todo estaba igual de oscuro que al principio, salvo por una extraña mesa en el centro de la estancia, que parecía más bien una cueva dentro de un laberinto. Desde mi perspectiva, sólo veía los pies de alguien que yacía tendido sobre ella, inmóvil. Supuse que tendría que haber sentido miedo, pero estaba vacía salvo por un eco palpitante que había conseguido salvar en la travesía.

Me acerqué despacio y empecé a sentir calor. Rodeé la mesa hasta que pude extender un brazo y tocar el cuerpo que allí se exponía. Mis ojos pasearon por los pies descalzos, los pantalones simples y la camisa blanca. Me paré en el cuello y en un colgante que me llamó la atención sin saber porqué, y luego... vi su rostro. No estaba segura de quién era, pero tan pronto como le vi, mi cuerpo no pudo moverse más. Mi mente viajaba por los recuerdos a una velocidad extraordinaria, buscando patrones, coincidencias, nombres. Una luz en todas esas sombras se iluminó. Arrugué el ceño desconcertada. ¿Estoy en otra vida? Tragué saliva y me di cuenta de que sentía de nuevo, de que el frío se había ido. Acerqué mi mano a la del joven, que parecía dormido, en medio de aquella estancia. Un flash terminó por robarme el aliento.

- ¿Gabriel?

Mi voz sonó rugosa y apagada, como si llevase años sin utilizarla. Rebotó en las paredes del interior del muro y volvió a nosotros. Miré la entrada a la cavidad como esperando que apareciera alguien, pero nadie más habitaba los confines de la subrealidad. El chico abrió los ojos despacio, como si llevase dormido una eternidad. Después los cerró de nuevo y me apretó la mano. Recordé algo.

- Me has dejado entrar de nuevo - musité.

Segundos después, una voz familiar me contestaba.

- ¿De nuevo? - sonaba cansado -. Lo has reiniciado todo. Seas quien seas y recuerdes lo que recuerdes... Nunca sucedió.

Solté su mano al instante.

- ¿Sea quien sea?

El tono de pánico en mi voz debió ponerle en alerta. Miró a su alrededor, miró su mano, la que había estado agarrando, y por último me miró a mí. Se incorporó sobre los antebrazos y yo me fui alejando inconscientemente. Me observaba sin entender mientras yo hacía lo mismo con él, sintiendo que a cada paso que retrocedía una cuerda entre nosotros se tensaba más y más.

- Para - me ordenó, y frené sin rechistar.

No podía respirar. Me quedé inmóvil súbitametne, justo en la brecha entre sentir y no sentir nada. Parecía que de pronto todo iba muy rápido. Las cosas en la subrealidad a veces no funcionaban como era de esperar. El chico dejó los pies colgando de la mesa blanca y bajó, torpe. Acomodó sus pies en el suelo de tierra y vi cómo titubeaba al caminar. Comenzó a alejarse de la luz para venir hasta la penumbra. Se acercó tanto a mí que tuve que mirar hacia arriba.

- ¿Nos conocemos?

Sintió mi dolor. Lo supe por la forma en la que se inclinó de pronto, como si algo le hubiese golpeado. Me miró aún más desconcertado, no por encima. Me miró a las pupilas, atravesó capas y capas de vida. Sintió la conexión. Alargó una mano hacia mí y retrocedí un paso. Su mirada me alertó y me trató de frenar. Supe que si me alejaba más apagaría todo de nuevo. Bajaría los interruptores.

- Déjame verlo.

Levantó las manos en son de paz. Me quedé quieta, temblando, rogando por dentro que se acordase. Que no me dejara sola incluso cuando no recordaba del todo aquel lugar. Se acercó despacio y posó una mano en mi frente. Tras unos segundos la retiró y sentí un chasquido. Cerré los ojos a la vez que él. Sentí el calor. La energía subiendo desde el suelo, utilizando nuestros pies para llegar al cuerpo y canalizarse. Le escuché respirar profundo.

- ¿Una casa añil?
- Sí - y el alivio nos dejó por fin respirar.



No  de

jueves, 9 de agosto de 2018

Futuro pasado.

Hay veces que un pequeño cambio garantiza que todo vaya bien. 
Tener un futuro.

Hay veces que una mala decisión precipita que todo vaya mal.
Tener un pasado.

sábado, 21 de julio de 2018

Still

Si no mueves la cabeza, tus ojos no alcanzan a verlo todo.
Aunque tus otros sentidos te hagan saber que sigue ahí.

domingo, 17 de junio de 2018

Imborrables.

Hay cosas que ya no tienen arreglo y precisamente por eso hacen daño. Porque no se pueden borrar de un plumazo y ya está. Encima, cuando intentas olvidarlas te saludan desde el pasado como... 

"¡Hola! Sigo aquí, tonta del culo. Ocupando mi lugar en la escala temporal de tu vida."

La capacidad de eliminar de la mente sucesos registrados, a voluntad, debe ser un absoluto privilegio.
Sobre todo aquellos que, aunque algunas acciones relacionadas puedan cambiar el giro de los acontecimientos de tu presente, siguen sin arreglarse y arañan aún sin tener las uñas tan afiladas como al principio. 

Jopetas, un poco de piedad para los que recordamos todo.
Nuestro cerebro sí que es "tonto del culo".

domingo, 10 de junio de 2018

Oscilación

Miró el péndulo y pensó que su trayectoria se parecía enormemente a cómo se sentía.
A veces poderosa, íntegra, válida. Otras insuficiente, pequeña y difícil de querer.
En ocasiones segura, confiada e, instantes después, dudosa, con miedo.
Hoy no me van a hacer daño. Sí, sí, seguro que sí.
Superaré el golpe. Me haré invisible con tanto dolor.
Sigo adelante. Me paro.
Verdad. Mentira.
Mejor. Peor.
Presente.
Nadie.

lunes, 4 de junio de 2018

Debe ser la fiebre.

He empezado a imaginarme un futuro precioso, lleno de risas, de pintura en las manos, muebles que mover, espacios que llenar. Me he visto con una vida normal, absolutamente cotidiana, familiar, sin gatos de por medio. Esa "yo" que no existe, me ha sonreído y luego ha seguido acurrucada en el sofá, adormilándose, mientras alguien estaba atento por si quería irse a la cama antes de acabar la película.

Ha sido curioso, no puedo negarlo. Interesante, dadas mis circunstancias.
Pero luego he recordado que esas cosas que se piensan no son algo que podemos escoger y ya está, sino que miles de hilos de vidas que ni conocemos, deben fluir en el mismo sentido para encontrarse con tu camino en el momento oportuno.

Ahora mismo esto no es para mí. Sigo pensando que nunca lo será. Pero me he sorprendido encontrando un resquicio de envidia hacia esa "yo" a la que se le entrecerraban los ojos, en otra realidad.