martes, 15 de enero de 2013

Prejuicios.

Mancillé tu nombre, creyéndome en el derecho de destruir todo lo que construiste. La serenidad que transmitías me escandalizaba y... yo que sé. Mis labios se adelantaron a mi mente. Te odié. Te odié con tal fuerza que habría sido capaz de destruir la pared que se hallaba junto a mi mesa. No quise pensar. Mis dedos trazaron todos los caminos para construir una frase que hiciese temblar. Que te hundiera. Que te quemase hasta hacerte huir de este mundo en el que no quería verte. Me adelanté. Debí reflexionar antes. El anhelo de algo que perdí lo representabas tú al completo, sin censuras. Cuando lo comprendí ya era tarde. Cuando la historia de tu vida entera, sin fragmentos, llegó a mis manos en forma de reclamación de esa gente que te quiere, me arrepentí. No debí convertirme en lo que nunca quise ser. Pero... ¡maldita sea! Estos celos y esta ira que recorrieron mi sangre cuando te oí por primera vez... cuando vi esa cara que me pareció forzada, sin ninguna sinceridad en su gesto. ¡Ay! Qué cosas trae la vida.

 Joven, sigue adelante. Mi mente fría sabe comprender ahora el dolor que expresaba tu cara. Ahora sé distinguir los matices de esa voz que pedía a gritos paz, y que en mí, desencadenaron equivocamente el infierno.


Firmado "Un muchacho que no entendió y probablemente, siga sin entender del todo"