domingo, 30 de abril de 2017

O

Oye, que he decidido que eres un poco egoísta,
Y que no me ha convencido tu discurso de sacrificio,
Porque yo también tengo ombligo.

martes, 25 de abril de 2017

Perspectiva y orgullo.

A veces me pregunto...
¿Quién sería yo, si me conociera a través de ti?
¿Quién sería yo narrada por la boca de algún herido, ofendido, olvidado, perdido?

A veces me pregunto si ese alguien sería capaz de contar la verdad por encima de sí mismo.
Si explicaría lo que soy, lo que quise ser, lo que fui, contando también lo que significaba para mí.
Si el nudo de versos y prosa que se crearían con la perspectiva por delante podrían asemejarse un poco a la realidad,
y si me dejarían conocerme, por fin, a través de otra persona.

Escher

lunes, 13 de marzo de 2017

Yuanfen

Sólo se puso detrás de mí, como un recuerdo, como una sombra.

Se puso detrás sin rozarme siquiera, pero el calor de un escalofrío lento y conocido reptó por mi espalda y mi nuca. Clavé los pies en el suelo para no moverme y que no notara ese imán que siempre me inclinaba hacia donde estaba. Cerré los ojos mientras seguía escuchándole hablar de cosas sin sentido, cosas tan lejanas a ese momento que mi mente sólo traducía las palabras en zumbidos apagados. 

Mis dedos ardían. Ladeé la cabeza, buscándole. Noté su olor y el calor que desprendía su cuerpo. Se estaba riendo. Entonces se llevó su risa a otra sala y noté la vibración que me tenía hipnotizada huyendo de mí, siguiendo su estela. La habitación se quedó en silencio. Hacía frío. Abrí los ojos y enfoqué la mesa, donde la taza de café me esperaba sobre mis papeles. Recuerdo haber pensado que esa sensación era lo más bonito que había sentido en meses.

sábado, 4 de febrero de 2017

Querida Amanda.

Querida Amanda:

Ignora el papel cubierto de barro y arrugado por la lluvia, pues el camino hasta aquí fue largo y complicado. Si ves manchas de sangre, tranquila, no es mía. Las tropas salieron al alba dispuestas a avanzar varios kilómetros hacia el Norte. Hace unas horas, la mitad de los hombres que partieron han regresado. No te describiré lo que vimos entrando por nuestras puertas. El terreno hasta la capital estaba sembrado de minas.

No puedo entretenerme, pues el mensajero marchará sin tardanza para avisar de lo sucedido. Aquí, en el hospital de Gò Công, estamos seguros, pero no sabemos por cuanto tiempo: se acercan las guerrillas. Hay instantes en los que veo todo pasando a mí alrededor a cámara lenta. Los heridos, las enfermeras. Miro mis manos teñidas de rojo y me estremezco. Me pregunto por qué me ofrecí para venir aquí, a Vietnam, y por qué me alejé de ti… pero en el fondo sé que nos necesitan, y que harían falta muchas manos más para salvar a toda esta gente.

A veces vienen mujeres al hospital Amanda, mujeres mayores, niñas y jóvenes. Siempre que voy a atenderlas temo que uno de esos rostros temerosos sea el tuyo, y luego me tranquilizo pensando que estás a salvo, seguramente peinando a nuestra pequeña y azuzándola para ir al colegio y que no llegue tarde.

Dios mío Amanda. Necesito que seas fuerte por todos nosotros, por nuestra familia y por toda la gente que está sufriendo en esta guerra, pues en ocasiones siento que me fallan las fuerzas. Disfruta de esa paz artificial que da la lejanía y valora todo lo que tienes, lo que vivimos allá cuando todavía llamaba a tu puerta y tu madre me fulminaba con la mirada mientras te resguardabas bajo su ala. Recuerda nuestros paseos a caballo, los que dábamos mientras nuestros padres recogían la cosecha, y también el miedo que pasábamos cuando nos anochecía en el campo, junto al alivio que experimentábamos al encontrar de nuevo el camino de vuelta a casa.

Hace tiempo que no recuerdo esas sensaciones. Todo se vuelve plano cuando estás rodeado por el horror. Mis compañeros dicen que es la forma que tenemos de inmunizarnos mientras observamos las miles de caras contraídas por el dolor de las heridas y por las fiebres, y escuchamos las explosiones que hacen vibrar nuestros pies. A veces parece que no siento nada más que un amor incondicional hacia la pequeña familia que hemos formado, y que quiero creer que viajará a través de los continentes junto con esta carta para que vosotras también lo sintáis.

Te quiero Amanda, te quiero. Si Dios quiere pronto podré regresar y cuidar a las personas a las que me debo. A la niña y, sobre todo, a ti. Piensa en mí y reza, reza para que los batallones nunca vengan al Sur. Reza por mi vida, por esta gente, por el fin de la guerra… y recuerda que pase lo que pase, te llevo conmigo. 


*Este texto fue escrito para el XXI Concurso de Cartas de Covibar el 13 de Febrero de 2016