jueves, 20 de junio de 2013

Declaración de intenciones.

No creo que sea muy difícil de comprender. Quiero libertad. Quiero atisbar el horizonte, decidir ir hacia él y que nadie me siga, ni tire el ancla de mi barco para que no llegue. No me apetece mirar los lugares y que de pronto me lleguen recuerdos de cosas que pudieron ser y no fueron. Me gusta sentarme en un sofá cerca del sol y leer un libro sin que mi móvil suene. Adoro dar un paseo, ir a clases y volver tranquilamente en el autobús sin hablar con nadie. Me encanta decidir qué voy a hacer durante el día, no que me lo organicen. Cuando suena la música quiero bailar y gritar la letra sin que nadie me de un codazo y me diga: "Eh, que nos están mirando". Quiero mirar a un chico y soñar con que sea un personaje de mis libros. Me gusta sentir y no pensar que está mal. Que está mal percibir la belleza de otras personas, que está mal sentirse deseada, que está mal girarse de vez en cuando y decir "echo de menos lo que perdí". Odio que todo el mundo vaya de frente y olvide lo de atrás. Me enerva que parezca un pecado tener dudas, porque soy la persona más insegura del planeta y joder, que me apetece pensar las cosas y decir "me equivoqué". No pienso estar condicionada. No quiero decirte que me caes bien cuando eres odioso. No me da la gana seguirte en twitter y aceptarte en mis redes sociales porque te he visto unas cuantas veces durante un año. Me gusta pensar y saber que no le debo nada a nadie, porque lo que se me ha dado se ha entregado con toda la buena voluntad del mundo. Quiero enamorarme, llorar, sufrir. No quiero condiciones. Quiero crecer. No me gusta decidir qué tengo que hacer porque el futuro se me eche encima. Solo... solo me necesito a mí misma ahora mismo. Sin dar explicaciones. Sin censuras. Solo quiero vivir sin miedo a decir algo que pueda herir a todo el mundo. Odio que se cuelguen de mí, que se creen tales dependencias que una no pueda ser sincera y decir: hoy no puedo verte, hoy no me apetece hablar contigo. Parece que estamos obligados a corresponder a todo, y ese es el problema. Yo quiero ayudar sin que se me obligue. De por sí me sale solo tender la mano cuando alguien se ha caído. Te abrazaré cuando estés triste, pero por favor. No me atosiguéis, no pretendáis saber dónde estoy, qué como y a qué hora me acuesto. No me controléis. Soy independiente y me gusta estar a este lado del espejo, en mi mundo. Parece que todo el mundo quiere invadir al resto de personas, como si se fueran a ahogar en un vaso de agua si no hay nadie cerca. 

Quiero que la gente entienda que aunque ellos no quieran tener un espacio propio, yo sí. Respeto que no queráis sentaros un momento en silencio y reflexionar, o simplemente salir a pasear en soledad. Me siento totalmente atada de pies y manos con la actitud de la gente hacia los que consideran amigos, parejas o conocidos, como si hacer lo que debería surgir, salir de nosotros... fuera una obligación.


No dejéis que un gesto bonito, una llamada inesperada o un "¿estás bien?" se reciban porque vosotros lo habéis pedido. Dejad un poco de margen. Los que os quieren estarán ahí, pese a todo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cadencia

Te vi de lejos y parecías una bonita melodía.  
Qué decepción cuando tú interior resultó ser un poco contemporáneo. 
Intenté interpretarte y en un compás determinado mis dedos no pudieron seguir tu tempo. Iba demasiado rápido aunque, ¡no me rendí! 
Te practiqué  e intenté aprenderte de memoria. 
Fallé.
 ¡Qué más dará!
Siempre supe que tu acorde final no sería más que una amalgama chirriante de disonancias.

Tenías forma de Raphsodia y resultaste ser, tristemente...
RUIDO

lunes, 13 de mayo de 2013

Un poema tan asimétrico como su mensaje.

Qué agonía es esta de suponer. 
De creer y no saber. 
Qué vaivén de imágenes me trastocan ahora el alma. 
¡Desgraciado temor!
Locura es esta confianza atrofiada, 
que me martiriza las costillas. 
Cómo duelen los pasos inciertos.
Una y otra vez me hicieron tropezar.
Abridme las puertas del cielo. 
Quiero descubrir desde allá arriba la verdad.
Quitadme este velo invisible que me ciega
y arrancadme las alas sin más.
No contaré a nadie lo que vi.
Nadie debe saberlo jamás.

viernes, 10 de mayo de 2013

Paranoia.

Yo que sé. Me ha pillado desprevenida. Hacía tiempo que no sentía ese... ese desasosiego de hace un par de años. Quiero creer que estoy estresada por los exámenes y que el mundo se me ha venido encima en dos días al ver que no podía sostener todo a la vez. Pero quizás la realidad es que he estado metida en el corazón de piedra durante una larga temporada. Ayer pasaron cosas raras a mi alrededor. Me han despertado. Hoy ni siquiera he tenido clase, pero cuando he salido a la calle por motivos más tontos que nunca todo parecía cambiado. El olor de Madrid era idéntico al de otro lugar en un verano que ha traído a mi orilla una botella con sentimientos depresivos. No recuerdo por qué estuve triste ese verano. Fue hace demasiado tiempo. La cuestión es que ese olor era el mismo. Hacía sol, pero olía a lluvia y a sal. He enfocado los ojos hacia la gente y les he visto correr aquí y allá por obligación. Después me he sentado aquí a hacer tres trabajos de los cuales dos no los he terminado. ¿Por qué? Porque hoy todos mis sentidos están al 110%. No me centro. He vuelto a abrir esa puerta interdimensional que me permite centrarme en cosas cotidianas sin importar lo que ocurre alrededor. Escucho música, descubro letras, le doy vueltas a las cosas del presente y del pasado y miro más allá de mi nacimiento. Me pregunto por qué existo.

He escuchado dos canciones y me he puesto a llorar. He descubierto un grupo nuevo y me he puesto a leer tirada en la alfombra. Me he enamorado de autores que están muertos viendo estúpidas fotos en blanco y negro y después se me han aparecido frases depresivas perfectas para ser retwitteadas. Finalmente no he publicado ninguna, pero la creatividad ha llegado a mis dedos y aquí estoy.


Se me va el tiempo y sigo en un blog abandonado porque lo necesito. Así de simple. Ni siquiera estoy pensando lo que estoy escribiendo. Si alguien entendiera la avalancha que se me ha caído encima, me encadenaría hasta que me serenase. Sé que no voy a releer toda esta parrafada porque la borraré y me la comeré con patatas. Pues no señores. Aquí estoy, con el chip de escritura automática puesto escribiendo como una desquiciada.


Hoy es otro día raro. Mañana lo voy a pasar mal por no aprovechar esta última hora de la madrugada, pero simplemente, hoy no puedo seguir. Desconecto de todo arte que me evoque recuerdos. Las obligaciones no pueden tener el control de nuestra vida.

miércoles, 24 de abril de 2013

Mi relato para el Certámen XI de literatura.



TE PROMETÍ… (Galardonado con el premio "Mejor relato de autor local 2013)

En un sofá de flores negras sobre fondo blanco, la postura de la señora Oliviera era ante todo, forzada. Hacía una hora que le dolía el lumbago y diría que todas las cervicales, pero seguía con los ojos, abiertos como platos, enfocados hacia el preciado reloj de cuco del salón. En el último minuto, aún con los brazos entumecidos por la espera, sus manos se cerraron sobre el delantal y lo arrugaron con inquietud. El ansiado momento llegó, y no fue precisamente silencioso. Un pájaro salió y entró haciendo crujir su mecanismo al ritmo de doce campanadas producidas por el péndulo del reloj. Cuando la calma llegó de nuevo, la señora Oliviera se levantó de su asiento poco a poco, haciendo crujir los muelles del sillón. De pronto, sus labios se curvaron en una sonrisa. El grito que tuvo lugar segundos después, bien pudo haber despertado a todo el vecindario. María Oliviera se subió tan bruscamente al sofá que éste se vio obligado a protestar. Saltó de aquí para allá, como una niña, con los brazos en alto y el pelo volando tras ella. Derrapó en la cocina y atrapó un mechero con el que encendió la vela que había sobre la tarta que se autoregaló. Su deseo lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo y, aunque estaba sola, cuando sopló sobre el número 50 miró alrededor imaginando aplausos y vítores. Más tarde se dedicó a canturrear canciones del pasado y proclamó a los cuatro vientos que era su cumpleaños.
Cuando la vecina aporreó la pared, dio por concluida su celebración y afrontó lo que venía a continuación. Su cara se esculpió mientras recorría de nuevo el pasillo y se sentaba en su magullado sofá de flores. Estiró la mano y marcó, en un teléfono vintage, nueve dígitos con exasperante lentitud. Justo antes de dejar que la rueda del aparato girara para confirmar el último número, se arrepintió. Se preguntó si no sería ya demasiado tarde para llamar. Observó el reloj con tristeza y se dijo que, si había aguardado 27 años a ese momento, bien podría resistirse unas horas más. Su gata Joline, como apoyándola en su decisión, se restregó contra sus piernas y la invitó a irse a la cama, pero la señora Oliviera no durmió esa noche.
Al día siguiente amaneció nublado. María arrastró unas graciosas zapatillas de gato por el pasillo, con las cuales Joline no tuvo piedad.
—Gata tonta. No son tus enemigos, en absoluto —masculló su dueña con desesperación mientras sacudía las piernas.
María se sentó en la mesa de la cocina y desayunó un trozo de su tarta de cumpleaños. Estaba esperando a que el bizcocho muriera ahogado en la leche, cuando recordó de golpe todo lo que no había podido solucionar esa misma noche.
Joline la regañó cuando atravesó el pasillo como una centella y le pisó la cola, y el auricular del teléfono casi se le cae de las manos cuando volvió a marcar aquel número que tan bien recordaba pese al tiempo.
—¿Si?
—Bu-buenos días. ¿Es…? ¿Está Samuel? —oyó cómo la interlocutora titubeaba al otro lado de la línea.
—¿María? —se le encogió el corazón.
—Sí. Soy… soy yo.
—¡Oh Dios mío! Querida, ¡cuánto tiempo sin oír tu voz! La última vez que nos vimos apenas habías terminado la carrera.
—Sí… la verdad es que ha pasado tiempo desde aquello.

María se había quedado de piedra. La voz rasgada y triste que la atendía no podía ser la madre de Samuel. Agitó la cabeza para centrarse y asimiló que habían pasado nada más y nada menos que 27 años, y Mariela debía de tener casi noventa. María se llevó una mano al pelo, que ya tenía alguna que otra cana, y lo retorció sin saber bien qué decir, abrumada.
—Samuel ya no vive aquí. ¡Has llamado a la casa antigua! Sigues siendo tan despistada como antaño —oyó con estupefacción lo que quedaba de la risa de Mariela—. ¡Llama a su número de teléfono o a la casa del pueblo! Ya sabes.
No. Lo cierto es que no sabía, pero le daba vergüenza confesarle a Mariela, cuya amistad en el pasado había sido muy estrecha, que no contaba con ningún tipo de dirección o teléfono que perteneciera a su hijo. Tras una breve conversación, la señora Oliviera sintió que había perdido fuelle. Depositó con cuidado el teléfono en su sitio y se sentó a meditar. Minutos después varios vecinos vieron a una especie de esquizofrénica trastabillar por las escaleras, con una bata sobre el pijama, unas llaves tintineando en  la mano… y unas maltrechas zapatillas gatunas.
                                                                      

Tommy, aficionado a la fórmula 1 y a las batallitas online, era el encargado del correo aquel sábado. Produciendo un sonido desagradable con su chicle mientras arrastraba con parsimonia un carrito repleto de cartas, paquetes y publicidad, entró en el portal número 13 cuando el portero le abrió. Lo que no se esperaba encontrar a la entrada de la urbanización era a una señora cruzada de brazos bajo la lluvia, mirándolo fijamente. Tommy cambió el peso de una pierna a otra, intimidado, antes de atreverse a abrir su carrito y comenzar a repartir el correo con normalidad. De vez en cuando echaba una ojeada, preocupado por aquella señora loca que llevaba unas… ¿Qué demonios? ¡Unas pantuflas de gato! A lo mejor le ahogaba con el cinturón de su bata y le robaba todas las cartas. Sí, debía de ser la cotilla del vecindario. Si no, no se explicaba su presencia a esas horas, en el exterior, calada y en pijama. Pasados cinco minutos de tenso silencio, interrumpido solamente por el deslizar de los sobres dentro de los buzones, se escucharon unas zapatillas chapoteando con un continuo plof en el agua. Tommy observó a la señora Oliviera con cautela. Se había acercado y leía por encima de su hombro los nombres de los paquetes que llevaba, mientras golpeaba rítmicamente el suelo con aquellos gatos que parecían inflados por el agua.
—¿Busca algo?
—¿Tiene algo para mí? —le interrogó con tono inocente.
Tras compartir su nombre y recibir un paquete y dos sobres con un logotipo bancario, María Oliviera todavía permanecía cotilleando en su carrito. Tommy tapó con los brazos lo que le quedaba por entregar con evidente fastidio. Zigzagueó con sorpresa cuando la señora Oliviera vio algo, se abalanzó sobre él y le arrebató de las manos uno de los voluminosos tomos que iba a depositar en los buzones. La vio alejarse a trompicones mientras trataba de despegarse de los labios la pompa de chicle que se le había estallado con el susto.
                                                                  
           
En un tercero, María Oliviera mordía con desesperación el envoltorio de una guía telefónica. Cuando el plástico cedió y por fin se halló calada pero feliz, con el teléfono pitando en su oído, pareció que todo había merecido la pena… hasta que Samuel respondió.
—¿Samuel? —silencio al otro lado de la línea.
—¿Sí? —preguntó una voz grave. Lo oyó carraspear— ¿Quién llama?
—Oh, vamos… —masculló María decepcionada—. ¿No sabes quién soy?
—Si es usted la señora que me llama cada día de cada mes, incluso un día festivo como hoy, 30 de marzo, le repito que… —silencio, y segundos después un gruñido—. María. ¿Verdad? No puedo creerlo.
—¿Cómo estás?
—Hace tanto tiempo que…  ¿Pero cómo? No creí que volviéramos a… ¡Feliz cumpleaños! Yo…
—Hicimos una promesa hace mucho tiempo —le interrumpió intentando dominar la emoción—. ¿La recuerdas? Te prometí que te llamaría cuando cumpliera cincuenta años pasara lo que pasara entre nosotros. Tenía muchas ganas de… en fin. ¿Te… casaste? ¿Tienes familia?
—Bueno… —Samuel dudó al otro lado de la línea—. Estoy divorciado desde hace un par de años. Siempre supe que no debía de haberme casado pero… pasó. ¿Tú…? ¿Tus hijos? ¿Tuviste hijos?
María soltó una carcajada.
—Por supuesto que no. ¿Yo? ¿Hijos? Lo que te contaba cuando era más joven era cierto. Mi vida familiar no tenía muchas expectativas…
—Siempre estuviste equivocada en eso. Podrías haberlo tenido todo… —susurró Samuel con un deje de melancolía en la voz.
María se vio tentada a mirar atrás, al tiempo que habían pasado juntos antes de distanciarse. Pero sentía que había esperado demasiado ese instante como para derrochar emociones.
—Quizá algún día nos podamos ver para hablar de los viejos tiempos —sugirió con una ligera esperanza, pero la transformación en la voz de Samuel la desarmó por completo.
—No creo que sea una buena idea María —su nombre en sus labios sonaba amargo—. No me malinterpretes. Me alegra mucho saber de ti pero debes entender que aunque ha pasado bastante tiempo… me costó mucho olvidarte. ¿Sabes?
No supo qué decir. Se sintió tonta y mayor. De pronto, el comienzo de la artrosis y un dolor agudo en el cuello se hicieron más presentes. Había estado esperando tanto y con tanta ilusión, que ni siquiera se había planteado la posibilidad de que Samuel, cuya situación familiar la había aliviado sobremanera, no quisiera saber nada de ella.
—Ti-tienes razón. Supongo que… en unos años te tocará llamar a ti. ¿No? —intentó reír, pero su carcajada sonó tensa y rota—. Me ha alegrado volver a oírte… al menos. Adiós Samuel. Sé feliz.
Al chasquido del teléfono al colgarse bruscamente, le siguió el de unos muelles oxidados. Tendida en el sofá de flores, María parecía en shock. Los pies, fríos y húmedos, y los rizos que se le estaban formando, tampoco ayudaban. ¡Cómo había sido tan ingenua pensando que Samuel se alegraría de que volvieran a hablar! Suspiró y miró el sofá donde había tirado de mala manera su correspondencia. Se estiró lo justo para coger el paquete y entretenerse abriéndolo. Era viejo y estaba mojado y muy deteriorado en las esquinas. Miró sin interés la fecha del matasellos con el objetivo de reclamar a Correos su falta de dedicación: Febrero de 1985. ¿Qué demonios…?

“Querida María:
Imagino tu cara al recibir esto y no puedo evitar echarme a reír. Vas a flipar en colores. A día de hoy estás inmersa en la mudanza a tu nueva casa. Espero que para cuando cumplas 50, no se te haya ocurrido cambiarte de nuevo o no veo la manera de que llegues a recibir este pequeño regalo atemporal. (Confío en que Correos haya sabido gestionar este paquete para que esté en manos correctas y llegue el día oportuno.)
 En vista de los últimos sucesos en nuestra pandilla… no parece que nuestra amistad vaya a llegar mucho más lejos. Por eso me he visto obligado a embarcar en un proyecto como este, para evitar futuros orgullos de hombre que me impedirán, muy seguramente, hablarte. Según me siento con mis hermosos 24 años, es muy probable que me vuelva un adulto hastiado y seco. Mi intención a grandes rasgos es solo sacarte una gran sonrisa y felicitarte por mi “yo” del futuro, que según creo, no lo hará por voluntad propia. Ojalá todo fuera de otra manera. Ojalá te confiese lo que me ocurre, nos casemos y estés leyendo esto conmigo de la mano (¡porque espero no haber fallecido tan pronto!). Siempre fuiste muy importante para mí María, y lo seguirás siendo aunque pasen los años y mi corazón se vaya marchitando. Te quiero, en este presente, y te quiero, en  futuro.  No me atrevo a decírtelo ahora y eso hace que me duela hasta mirarte, aunque creo que es posible que tú ya lo sepas. Lee el diario que te escribí y mira las fotos que te envío. Recuerda viejos momentos. Recuérdame.
Pdta.: Llámame María. Cumple tu promesa. Da igual cuanto tiempo haya pasado. Tu voz me rescatará y me hará volver en mí. No te preocupes si en un principio te rechazo. Cuando supere mi miedo te…”

El teléfono comenzó a sonar. La señora Oliviera estiró el brazo con fastidio y respondió con un amargo “Sí, dígame”.
—¿María? —contuvo el aliento mientras terminaba de leer, ya con lágrimas en los ojos.


“… te volveré a llamar, para no dejarte ir de nuevo. Lo prometo.”. 

martes, 2 de abril de 2013

Metafóricamente hablando.

En los dedos de los pies solo notaba el aire cálido de un amanecer, pero mis talones, bien clavados a la tierra, se arañaban con los guijarros del acantilado. Me incliné un poco más para ver la caida. Tuve que apartar las faldas de mi vestido blanco para verlo bien.

-Es un salto arriesgado- pensé.


Recuerdo que no miré atrás. Solo moví los dedos en el aire como tentando a la suerte y preguntándome si conservar lo que dejaría a mi espalda sería más importante que tratar de conseguir lo que me proponía. Más tarde comprendí que la respuesta me daba exactamente igual. Alcé el cuerpo y miré al frente. El sol estaba saliendo. Necesitaba un empujoncito. Cuando los rayos de luz atravesaron una nube que se interponía entre el inmenso astro y yo... me vi cegada momentáneamente. Lo que sucedió después lo sentí con el alma. Me balanceé hacia delante y comencé a caer. El vértigo se hizo peor cuando recuperé la visión  y, por los Dioses, ¡¿quien quería ver en aquella situación?! Cerré los ojos y eché a volar. Eché a... ¿qué? Ah sí. Desee que me nacieran unas preciosas alas doradas, y eso ocurrió. ¿Qué cosas no? Aterricé a la perfección. 


Cuando reconocí la tierra y los árboles, el sonido del riachuelo y el puente de piedras reí. Allí había empezado mi camino. Miré el acantilado que había bajado y supe que nunca más querría volver a subir tan alto. Mi lugar estaba en la ladera, no en la cima. Después de cercionarme de que todo estaba igual que antes plegé las alas y desaparecieron. Había aprovechado mi única oportunidad... a la perfección.

martes, 15 de enero de 2013

Prejuicios.

Mancillé tu nombre, creyéndome en el derecho de destruir todo lo que construiste. La serenidad que transmitías me escandalizaba y... yo que sé. Mis labios se adelantaron a mi mente. Te odié. Te odié con tal fuerza que habría sido capaz de destruir la pared que se hallaba junto a mi mesa. No quise pensar. Mis dedos trazaron todos los caminos para construir una frase que hiciese temblar. Que te hundiera. Que te quemase hasta hacerte huir de este mundo en el que no quería verte. Me adelanté. Debí reflexionar antes. El anhelo de algo que perdí lo representabas tú al completo, sin censuras. Cuando lo comprendí ya era tarde. Cuando la historia de tu vida entera, sin fragmentos, llegó a mis manos en forma de reclamación de esa gente que te quiere, me arrepentí. No debí convertirme en lo que nunca quise ser. Pero... ¡maldita sea! Estos celos y esta ira que recorrieron mi sangre cuando te oí por primera vez... cuando vi esa cara que me pareció forzada, sin ninguna sinceridad en su gesto. ¡Ay! Qué cosas trae la vida.

 Joven, sigue adelante. Mi mente fría sabe comprender ahora el dolor que expresaba tu cara. Ahora sé distinguir los matices de esa voz que pedía a gritos paz, y que en mí, desencadenaron equívocamente el infierno.


Firmado "Un muchacho que no entendió y probablemente, siga sin entender del todo"

viernes, 7 de septiembre de 2012

Tarta de sentimientos

Dicen que en algunas personas, los sentimientos se aferran y dejan su semilla incluso una vez olvidados. Dicen que tomar decisiones difíciles lija algunos resquicios y oculta con nuevos inquilinos huecos del corazón. Capa sobre capa el polvo de lo que fue tu furia, de lo que fue tu amor, de lo que fue tu vergüenza, se mezcla. Los recuerdos suelen soplar y removerlo todo en secreto, hasta que uno de ellos comienza a destacar y te golpea. 

Algunas veces una imagen me atormenta. No puedo hacer otra cosa que dejar que la impotencia me consuma. No tengo derecho a pedir explicaciones, porque es tarde. No tengo derecho a esperar que lo que ocurra suceda de forma silenciosa para que en el desierto donde habitan los restos de mis sentimientos no aparezcan dunas. Pero mientras trato de lidiar con lo que una vez fue y lo que no puede resurgir... me pregunto. ¿Podré dejarlos ir alguna vez? ¿Me acompañarán toda mi vida? Y esas preguntas revolotean en mi mente como mariposas hechas de cenizas.

viernes, 24 de agosto de 2012

El mismo de siempre

Supongo que estoy en ese momento de la vida en el que quieres decir: "Aquí estoy".
Te levantas moviéndote al ritmo de una canción descarada y alzas los brazos como si la vida no fuera contigo. Planeas el día y te imaginas pisando fuerte y dejando huellas profundas sobre el polvo... pero cuando llega el momento pensado te vuelves pequeña y prefieres dejarte querer. Pasa el día y sigues quieta, observando, relatando historias que pasaron hace tiempo. Nadie repara en que haya algo nuevo y llamativo en ti... y se va el sol. No obstante, cuando dejas aquella habitación, siempre queda alguien, sin que te des cuenta, buscando tu rastro. El mismo de siempre...




jueves, 23 de agosto de 2012

Acertada


Ahora sé que si te lo dice el corazón, vas a estar acertado. 



Que hay que superar la trampa de la cobardía,



pese a que te enrede con sus manos y te impida alzar la mirada.



Que tu subconsciente puede ver más allá de una faceta 


y que, mientras el tiempo espera proporcionarte carcajadas al abrir 


los ojos, 


tu alma te sorprenderá con una coraza que tu mente no habría podido construir.





Asimilación




Duele, ¿no es cierto?


Sientes el corazón astillado, profundamente herido.


Las tripas se te desgarran con ira. 


Te hierve el orgullo... pero cuando tu mente por fin se torna hielo,

lo admites.


"Era lo mejor para mí."

Muerde el polvo por una noche (Microrrelato)


Muerde el polvo por una noche (2º premio literario en un certamen escolar)


Abrí la nevera y cogí el brik de zumo. El reloj de la sala dio las nueve en punto y, mientras el cartón se me resbalaba entre los dedos, miré hacia la puerta de la habitación para confirmar mis temores. Sí, allí estaba ella. Aguanté la respiración y avancé sigilosamente  unos pasos, pero un leve movimiento en su mano derecha me indicó que estaba al tanto de mis intenciones. Seguí su mirada y lo vi. No podía ser cierto… ¿Cómo había tenido yo ese descuido? Aquella fiera de largas uñas me miró fijamente. En tres segundos exactos comenzó mi carrera contra reloj frente aquel ave rapaz. No podía permitir que obtuviera el poder del objeto negro y peligroso que ambos acechábamos. No quería pensar en la tortura a la que me sometería otra vez si se hacía con él. Durante unos minutos peleamos por nuestro objetivo, pero yo, hábil y más fuerte que mi contrincante, me hice con la presa y caí exhausto en el sofá con el mando entre las manos. Nada de ballets ni musicales. Hoy… ¡¡TOCA PARTIDO!!

Escrito en Agosto de 2010

miércoles, 22 de agosto de 2012

La compañía de los errantes (Relato corto)




La compañía de los errantes (Galardonado con el premio al Mejor Relato 2012 de Las Rozas)



Sobre el silencio pesado y tenso que aferraba nuestras almas, los cascabeles del gorro de bufón de Paul destacaban sin remedio alguno. Si no hubiera sido por aquel repiqueteo incesante, juraría que se podía haber escuchado el sonido del polvo que levantaban nuestros carromatos al posarse de nuevo sobre el suelo, mientras atravesábamos el pueblo marchito que se había cruzado en nuestro camino como un gato negro sin esperanzas. Toda nuestra compañía había escuchado los tiroteos, los gritos y las puntuales explosiones varios kilómetros atrás. Nadie había pronunciado una palabra. Nadie se había atrevido a sugerir que diéramos marcha atrás. Incluso Trip, nuestro jefe, había olvidado desde entonces su mal genio para encerrarse en sí mismo. No le habíamos vuelto a oír pronunciando una sola palabra desde que desmontamos la última carpa y habíamos decidido seguir adelante hasta llegar a donde estábamos. Sobre la tierra, las huellas de caballos, tanques y miles de soldados, parecían imborrables. A pesar de ser medio día, aquel pueblo parecía sumido en sombras y en una perpetua agonía acallada por el miedo.

Dejé que algunos mechones oscuros se me deslizaran por el rostro mientras lo atravesábamos.  Yo, que había arrastrado el recuerdo de mi pasado como un lastre desde que había llegado al circo, era la única que encajaba allí. Los colores de nuestros carros, trajes y caras, parecían un chiste desesperado en aquel sitio. Ni siquiera mi caballo quería avanzar, obligándome a tirar un poco más fuerte de sus riendas, como si le diera miedo enfrentarse a las caras sucias que poco a poco, se asomaban con temor a las ventanas  o entornaban las puertas. La compañía frenó en seco cuando los rápidos pies de un niño se apresuraron en llegar hasta Paul, y un chirrido de advertencia procedente de una de las casas nos hacía contener el aliento. Observé a Paul, que mantenía una mirada piadosa clavada en el pequeño, mientras éste, a su vez, alzaba su cabeza para observarle con admiración y apretaba los labios. Paul desvió una mirada dubitativa hacia mí, sin saber qué hacer, y más tarde se aventuró a buscar entre los habitantes que nos observaban la procedencia del grito que había frenado nuestro avance. Una leve inclinación de cabeza por parte de una joven harapienta, fue suficiente. Todos vimos cómo Paul hincaba una rodilla en el árido suelo para ponerse a la altura del niño y pronunciaba un suave saludo. El pequeño cambió el peso de una pierna a otra, y se atrevió a alzar su diminuta y sucia mano, para golpear los cascabeles del ridículo sombrero de Paul. El sonido fue como una bocanada de aire fresco, que trajo risas y palabras susurradas por el viento. La tensión que nos atenazaba los pulmones cesó de pronto y todos, circo y pueblo, nos evaluamos con cordialidad. Pese a la distancia, parecía que una especie de hilo se entretejía entre nosotros. Bajo la atenta mirada de su público, Paul se quitó el sombrero y lo colocó sobre la cabeza del chiquillo mientras sus ojos resplandecían de emoción  y, sin más dilación, dejó atrás a la maraña de niños que se abalanzaron para jugar con el afortunado. Mientras la compañía retomaba su paso con los corazones palpitantes, nos mirábamos entre nosotros con un acuerdo silencioso en los ojos. Esa noche, había trabajo que hacer.

Cuando acampamos al otro lado del pueblo, y la carpa y los carromatos ocuparon su lugar, la reunión se llevó acabo alrededor de una improvisada hoguera. Los diecinueve bailarines, músicos, payasos, trapecistas y demás, guardamos silencio mientras Trip se obligaba a romper el suyo. Las llamas le iluminaron el rostro cuando sus facciones se contrajeron en una mueca de amargura y su crepitar le dio más solemnidad a sus palabras.

-Esta gente nos necesita. Quiero que esta noche olvidéis lo que os ha traído a este circo, lo que sois y lo que habéis sido- no me hizo falta mirarle para saber que aquello último iba dirigido a mí, la joven que había huido de su casa en busca de un futuro mejor-. Hoy todos vosotros sois los protagonistas del espectáculo. Hoy la guerra quedará atrás porque es nuestra última representación, el último día, el más importante. Quiero que las risas iluminen este lugar. Hoy, tenéis el poder de hacer olvidar el sufrimiento a todas estas personas, y el de traerles un poco de paz a sus corazones.

No hubo aplausos, ni tan siquiera un asentimiento. Cada pausa frenaba nuestro aliento.

-Poneos a trabajar muchachos…- fue el último susurro que oímos salir de los mustios labios de Trip antes de que se sumergiera de nuevo en su pequeña tienda, y volviera a nadar en un río de espesa tristeza del que sólo él podía salir.

El bullicio nos arrastró de pronto como una ola. Mientras vendaba mis pies y mis dedos, ásperos por los constantes ensayos sobre las cuerdas del techo de la carpa, miré pensativa hacia mis compañeros. Todos ellos intercambiaban miradas de ánimo y compartían sus temores. Ese día se esforzaron más que nunca en los maquillajes, calentaron sin la habitual pereza y hasta les vi fruncir el ceño por la concentración. La compañía parecía más unida y más alejada que nunca cuando por fin llegó la hora. Me encontré a Paul en la oscuridad de la noche y ambos la atravesamos en silencio hasta llegar a la carpa.

-¡Suerte hoy en las alturas Den!- me dijo con suavidad.

-Suerte a ti con los chistes…- musité, y vi su perplejidad ante mi  leve sonrisa.

No le di tiempo a decirme nada. Entré en escena ante un público inesperado. No había ni un solo hueco libre en las improvisadas gradas porque todo el mundo había venido a vernos aquella noche. Distinguí al chico de Paul en primera fila, haciendo sonar con una exagerada maniobra los cascabeles del gorro… y volví a sonreír como nunca antes lo había hecho en el circo. El público estaba entregado. En sus caras sucias sus sonrisas destacaban como estrellas que hacían vibrar el aire. En cuanto terminó la última actuación, todos salimos al escenario formando una gran fila. Paul me tomó la mano con fuerza y besó mi mejilla, sin reservas, como si aquel día nos hubiera cambiado a todos. No pude evitar soltar una carcajada.

Miré a mí alrededor y el tiempo pareció pararse mientras trataba de memorizar ese instante. Dejad atrás lo que habéis sido…Una joven del público me miraba fijamente.  Vi cómo aferraba con fuerza la mano de su hijo mayor, y éste, entrelazaba a su vez sus dedos con los de ella. Hoy es el último día…Un anciano golpeaba con su bastón el suelo, y asentía con la cabeza en mi dirección. El más importante”. Las palabras de Trip resonaron en mi cabeza como un eco adormecido,  pero con una claridad sobrecogedora.

Un pueblo vacío nos contemplaba en la distancia. Sus casas terminaban de apagar las llamas y nos traían olores conocidos, mientras sus cenizas revoloteaban antes de caer al suelo. Allí, ningún aparato electrónico había quedado en buen estado tras el paso del ejército. Quizás por eso, ninguno de nosotros oyó los avisos. Los aplausos amortiguaron el sonido de las ruidosas hélices, pero la detonación nos golpeó sin piedad.  Ninguno de nosotros se percató de ella. Las miles de risas que habíamos provocado, cubrieron nuestra muerte de terciopelo, y nos envolvió en una suave y reconfortante paz. Mientras yo flotaba en el aire tuve la certeza de que esa tranquilidad… duraría eternamente.