Solo te sentirás insignificante,
cuando te contemples desde los ojos celestiales,
en vez de desde los de quien te ama.
Solo te sentirás insignificante,
cuando te contemples desde los ojos celestiales,
en vez de desde los de quien te ama.
Hace mucho que no la eligen. Y si la eligen, nunca es entera, si no en cachitos o para instantes. Sin embargo, a cada decepción recupera la ilusión. "Esta vez me toca. Hoy seguro que soy yo". No ha terminado ni de pensar en sus divagaciones y ya tiene otro "no" en la cara. Y cree que ha pasado mucho tiempo y que ya es hora de su turno, que obviamente por probabilidad y sentido común, debería de escuchar algo positivo a la próxima, tener éxito. Pero se da de bruces una y otra vez contra la misma pared. Toda la voluntad para luchar, derramada por el suelo.
Cuando el desgaste es absoluto y la ilusión se ha disipado, se recluye ensimismada, porque no entiende nada. Y en alguna parte del mundo, justo cuando ya no está entre las opciones, cuando es demasiado tarde... de pronto, alguien la echa de menos. Y ya no la puede escoger.
Un virus. Un virus. Es un virus. Esa cosa que aún muchos dudan de si considerarlo un ser vivo. Y claro que no lo ves, no lo ves pero se mueve, juguetón, y va resbalando de cuerpo en cuerpo.
Ponte la mascarilla. La llevas. La llevas. ¡Me queda grande!
Sepárate un poco más mientras coméis algo. El gel.
¿Ha tocado la mesa? ¿Ha tocado las aceitunas?
Qué paranoia. Todas las vidas torcidas.
"¿Y cómo sabes que no te ha alcanzado?", nos preguntamos mientras se ríe y se ríe de nosotros.
Cuando le veía, le salían las historias por las venas.
Cuando preguntaba, solo recibía frases incompletas por respuesta.
Cuando se sentía acompañada, quizás estaba sola.
Parece que fue ayer cuando buscaba tu mano para no resbalar frente a unas cascadas, o cuando el mar nos miró con cierta envidia mientras la arena de su playa se reía de mí. Ahora que ha pasado el tiempo, la verdad es que siento cierta carga a cada paso. Ya no son solo ellos los que nos han observado sin pestañear. En cada aventura nos han espiado tanto árboles como montañas, y siempre cielos vacíos o llenos de estrellas. Es el peso de su anhelo silencioso el que me hace entrelazar mis dedos contigo ahora y pensar: qué suerte que aún me sigas sosteniendo.
