sábado, 4 de febrero de 2017

Querida Amanda.

Querida Amanda:

Ignora el papel cubierto de barro y arrugado por la lluvia, pues el camino hasta aquí fue largo y complicado. Si ves manchas de sangre, tranquila, no es mía. Las tropas salieron al alba dispuestas a avanzar varios kilómetros hacia el Norte. Hace unas horas, la mitad de los hombres que partieron han regresado. No te describiré lo que vimos entrando por nuestras puertas. El terreno hasta la capital estaba sembrado de minas.

No puedo entretenerme, pues el mensajero marchará sin tardanza para avisar de lo sucedido. Aquí, en el hospital de Gò Công, estamos seguros, pero no sabemos por cuanto tiempo: se acercan las guerrillas. Hay instantes en los que veo todo pasando a mí alrededor a cámara lenta. Los heridos, las enfermeras. Miro mis manos teñidas de rojo y me estremezco. Me pregunto por qué me ofrecí para venir aquí, a Vietnam, y por qué me alejé de ti… pero en el fondo sé que nos necesitan, y que harían falta muchas manos más para salvar a toda esta gente.

A veces vienen mujeres al hospital Amanda, mujeres mayores, niñas y jóvenes. Siempre que voy a atenderlas temo que uno de esos rostros temerosos sea el tuyo, y luego me tranquilizo pensando que estás a salvo, seguramente peinando a nuestra pequeña y azuzándola para ir al colegio y que no llegue tarde.

Dios mío Amanda. Necesito que seas fuerte por todos nosotros, por nuestra familia y por toda la gente que está sufriendo en esta guerra, pues en ocasiones siento que me fallan las fuerzas. Disfruta de esa paz artificial que da la lejanía y valora todo lo que tienes, lo que vivimos allá cuando todavía llamaba a tu puerta y tu madre me fulminaba con la mirada mientras te resguardabas bajo su ala. Recuerda nuestros paseos a caballo, los que dábamos mientras nuestros padres recogían la cosecha, y también el miedo que pasábamos cuando nos anochecía en el campo, junto al alivio que experimentábamos al encontrar de nuevo el camino de vuelta a casa.

Hace tiempo que no recuerdo esas sensaciones. Todo se vuelve plano cuando estás rodeado por el horror. Mis compañeros dicen que es la forma que tenemos de inmunizarnos mientras observamos las miles de caras contraídas por el dolor de las heridas y por las fiebres, y escuchamos las explosiones que hacen vibrar nuestros pies. A veces parece que no siento nada más que un amor incondicional hacia la pequeña familia que hemos formado, y que quiero creer que viajará a través de los continentes junto con esta carta para que vosotras también lo sintáis.

Te quiero Amanda, te quiero. Si Dios quiere pronto podré regresar y cuidar a las personas a las que me debo. A la niña y, sobre todo, a ti. Piensa en mí y reza, reza para que los batallones nunca vengan al Sur. Reza por mi vida, por esta gente, por el fin de la guerra… y recuerda que pase lo que pase, te llevo conmigo. 


*Este texto fue escrito para el XXI Concurso de Cartas de Covibar el 13 de Febrero de 2016

2 comentarios:

  1. Devastador con la esperanza colgando de un hilo. Sublime.

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  2. Sin duda alguna, un soldado cuando está en una situación así, se le pasa por la cabeza todo lo que se está perdiendo por estar ahí, y le gusta pensar que hará cuando vuelva y eso le da fuerzas para tirar para hacia delante y sobre todo sobrevivir, el que pierde esa ilusión lo ves que se deja morir y arrastras por sus compañeros, y acaba siendo una carga.
    Muy grande el texto.

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