Lleva mucho sin llover y tienes nostalgia del olor de los días tranquilos. La chaqueta que te abraza y te resbala por un hombro. Los calcetines gordos y la leche con vainilla templada. El moño mal sujeto. El sol no aplaca su intensidad, pero la piscina está cerrada y ninguna de estas cosas ha llegado todavía. El tiempo intermedio entre dos paisajes. Un péndulo imparable.
Siempre estás llena de suspiros. Una mañana llega el más grande de ellos, pero no es tuyo. Entra por la ventana y te revuelve el pelo. Azota las cortinas. Cierras las manos sobre la barandilla y lo hueles. La primera sopa del vecindario. La ropa mojada que no se seca tan fácilmente.
El sauce llorón ya no está quieto. Las hojas han comenzado a quedarse sin vida y cuando por fin pones un pie en la calle, animada por un par de mocasines a estrenar, notas en la piel bronceada que la temperatura ha bajado. Respiras. Respiras. Echas a andar y lo miras todo de nuevo. Por fin, durante unas horas, parece que realmente no tienes nada más que hacer.
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