lunes, 23 de febrero de 2015

Mejor no.

Mejor no regreses.
No mires el lugar donde he quedado.
No pienses en lo que ya ha pasado.

Mejor no hables.
No sientas que me has salvado.
No dañes más a un corazón desamparado.

Mejor no recuerdes.
No anheles este viaje inesperado.
No comentes a nadie lo que en su día fue sagrado.

Mejor no camines.
No alargues tu mano esperanzado.
No eches de menos un lugar abandonado.

Mejor cierra los ojos.
Mejor olvida lo acordado.
Mejor abraza las cosas nuevas que te han dado.


No preguntes.


Me haces daño.


Si te dieras cuenta de lo que has matado...

jueves, 19 de febrero de 2015

Erosión-----[La esencia de las cosas (III)]

Un paso y estaba dentro de nuevo. Aun con los muros semiderruidos, pude reconocer a la perfección las cuatro paredes que habían supuesto mi confinamiento durante tanto tiempo. 

No sé explicar exactamente qué sentía. Era una mezcla de anhelo y rechazo que me desconcertaba. Los primeros minutos de mi hallazgo, los dediqué a permanecer totalmente quieta y a escuchar el rugido del viento contra la piedra. Después me atreví a dar unos pasos más y a indagar en la zona más profunda de la sala, allí donde el techo aún permanecía intacto. La grava crujía bajo mis pies y me daba ganas de mirar a mis espaldas para no ser sorprendida por alguna entidad silenciosa. Sentí el frío clavarse en mis huesos. Lo ignoré. 

De frente a una pared, contemplaba anonadada las marcas que yo misma había dibujado en mi encierro. Garabatos que marcaban conversaciones, bailes, pensamientos y el propio tiempo. Pasé las yemas por las muescas, como si saludara a un viejo amigo. Suspiré. Había pasado tanto allí, que regresar hacía que pareciera que ni siquiera me había marchado. Me sumí en los recuerdos.

Cuando él habló, no me sobresalté, pues había estado siempre junto a mí.

-Te fuiste en verano- susurró a mi espalda.

-Me fui en verano- afirmé, mientras mis dedos señalaban la fecha exacta escarbada en la roca.

El viento volvió a escucharse junto a un silencio lleno de interrogantes. Él dio dos pasos hacia mí. Tendí la mano sin volverme. Sentí el alivio recorriéndome el brazo cuando noté sus dedos sobre mi palma. Dejé que la sensación de estar junto a él de nuevo me envenenara, porque su presencia representaba las dos caras del dolor. 

-¿Dónde has estado?- pregunté tratando de zafarme de las ideas.

-Esperando a que volvieras.

-Deberías de haber venido conmigo.

-Allí fuera no me necesitabas para nada.

Sus palabras rasgaron algo muy dentro de mí.  Quise girarme con brusquedad y decirle a gritos todo lo que pensaba, pero en vez de eso, tiré de él para mirarle a los ojos y le tomé la cara con suavidad hasta que quedamos a la misma altura. No sé cómo me salió la voz. 

-No tienes ni idea de lo que dices- él guardó silencio, escrutando la verdad en mis ojos. Casi pude ver las llamas asomándose a los suyos-. Ojalá me hubieras acompañado.

Me cogió las manos con lentitud y las apartó para zafarse de mi agarre, pero no me soltó, y eso era precisamente lo que yo habría querido en la eternidad. Hundió los dedos en mi pelo, como para cerciorarse de que era real, y me acarició la cabeza. Busqué su mano con la mejilla y cerré los ojos. Dolía. Él suspiró antes de preguntar.

-¿Por qué has vuelto a este lugar?

Medité unos segundos antes de responder. Detestaba mentir a quien lo sabía todo de mí.

-Necesitaba verlo de nuevo, pero...- miré a mi alrededor con tristeza. 

-Pero ha cambiado.

-Ha cambiado conmigo. Antes solo era una cárcel- observé la luz que entraba por los boquetes, el polvo que se mecía en los rayos de sol, las enredaderas trepando por doquier, los dibujos. Le observé a él y esbocé una sonrisa-, ahora es un lugar que posee belleza. Y una historia. La mía.

Noté que algo en él se calmaba. Tenía miedo por mí. La ternura me invadió. Él bajó las manos mientras sus ojos danzaban. Sabía que había muchas cosas que no nos habíamos dicho, pero eran tan evidentes que no hacía falta mencionarlas en voz alta. Nos adentramos en la habitación y en las palabras.

Unas horas más tarde, una puesta de sol reclamaba nuestra mirada. Sentados sobre una roca que en algún momento había formado parte de una celda sin salida, observábamos el fin de una nueva muesca sobre la pared. Antes de que la tierra se tragara el sol, supe que quería preguntarme algo.

-Dilo, dilo y bailemos una vez más- musité mientras disfrutaba, con los ojos cerrados, del calor de la luz.

Sé que a raíz de mis palabras, su pregunta cambió de forma.

-¿Será nuestro último baile?- dijo mientras yo escuchaba un "¿vas a volver?".

Sonreí con tristeza mientras acariciaba la piedra y el pasado, y respiraba profundamente.

-Este lugar forma parte de mí- hice una pausa, hasta que asimiló lo que significaba aquello-. Regresaré una y otra vez y veré cómo se despedaza y pierde la esencia de lo que era. Me marcharé pensando que ese será su fin, pero con los años miraré atrás y volveré a buscar su origen. Formularé preguntas que puede que hayan perdido su respuesta. Vagaré por la piedra destruida y me sentaré aquí mismo, junto a ti, y me preguntarás una y otra vez lo mismo. Yo siempre regresaré, porque no se puede dejar atrás lo que has sido, ni dónde has sido, ni con quién... 

Supe que estaba sonriendo. Le acaricié la cara, y me giré para mirarle.

-No abandoné este lugar huyendo, sino para encontrar otros paisajes distintos. Algunos me arañarán el alma como este, y otros la curarán y la harán más clara. Todos ellos formarán las imágenes que me representarán en el futuro. Los quiero todos, uno por uno, junto a mí. Incluso cuando en mucho tiempo mire atrás y se hayan convertido en cenizas. Te quiero a ti, que representas todas las caídas, todas las angustias, las desconexiones. Lo quiero todo...

-... o tu puzzle estará incompleto.

Me reí.

-Eso es. Tan incompleto que ni tú sabrás encontrarme de nuevo.

Nos miramos con complicidad. La oscuridad terminó por apoderarse de las ruinas. Sentí sus dedos alrededor de mi muñeca y la música imaginaria elevándome. Bailamos una vez más. Esta vez porque sí, simplemente porque queríamos hacerlo. Al final del día, ambos brindamos para que de cada uno de mis viajes, pudiera traer nuevos sentimientos que esbozar en el aire.




*La esencia de las cosas (I) http://garabatolvidado.blogspot.com.es/2013/10/aparecio-en-aquel-bar-de-mala-muerte-y.html
**Reconstrucción-----[La esencia de las cosas (II)] http://garabatolvidado.blogspot.com.es/2014/06/reconstruccion-la-esencia-de-las-cosas.html

jueves, 5 de febrero de 2015

Fresas con azúcar. Caca seria 2.0.

Nueva entrada. Estoy en otro atasco literario. Más que atasco es como un millón de ideas buenas estrellándose unas contra otras y formando miles de galaxias entre las que no quiero elegir. Como las otras veces que me ha ocurrido esto, he decidido abrir una página en blanco y garabatear mientras como fresas.

Hace un mes que no intentaba nada como esto. Odio las cribas que tengo que hacer para escoger una temática apropiada para un relato. Por eso a veces es mejor escribir sobre NADA y, al menos, sentir que el agobio que siento cuando ninguna idea se transforma en ALGO, disminuye.


Han pasado muchas cosas. Las más llamativas las escribo en un lugar paralelo para recordarme que estoy viviendo, y que a veces, los demonios también me llevan a mí. No puedo enseñaros ese rincón, pero está bien que sepáis que existe. Creo que siento todo demasiado fuerte, sobre todo cuando vivo épocas de encierro autoimpuesto para sacar adelante mis proyectos. Ahí es cuando siento todo en dimensiones universales, pienso de más y, si no lo escribo, no parece que ocurra nada en absoluto. Mi salud mental a veces me preocupa, aunque creo que está mejor que nunca. 


He aprendido sobre mí mucho, simplemente, hablando con gente nueva, gente que conoces por casualidad, gente con la que intercambias dos palabras. De todas las personas con las que me he cruzado en los últimos tiempos he sacado algo útil. He medido mis reacciones, he estudiado cómo me afectaban sus preguntas e incluso cómo cosas que había defendido durante mucho tiempo comenzaban a tomar otra forma o a parecerme ideas menos convincentes que anteriormente. 


Soy más consciente de mí misma. De los límites que tengo y de la gente con la que no quiero compartir cosas. En quién se puede confiar y qué cosas es necesario pulir con ayuda de terceros. Me gusta el cambio, al menos cómo percibo lo que soy ahora. No quiero que estas nuevas dimensiones afecten a lo que percibe el resto sobre mí. Creo que me siento contenta con mi parte social, incluso si esta es más reservada de lo que sería normal, porque aun siendo un poco piedra como era antes, era feliz con lo que podía dar, mostrar y hacer. Me sentía a gusto.


Sé que puedo llegar a estar orgullosa de mí. Nunca se puede alcanzar la perfección como ser humano, pero me gustaría pensar que en ningún momento voy a decepcionarme a mí misma y a traicionar mis principios pese a que las cosas se pongan difíciles. Que me convertiré en lo que quiero ser y siempre aspiraré a alcanzar la mejor versión de mí. Estoy en camino y creo que he escogido los atajos correctos incluso cuando ha habido gente dispuesta a imponerme los caminos que ellos creían mejores para mí. 


Seguiré informando al respecto. Quizás descubra nuevas cosas por estos lares.


Por ahora aquí os dejo otra entrada de esas que tiraría a la papelera... pero oye, que a quien tienen que servir es a mí, no a vosotros... y vaya si lo hacen.


Alba




domingo, 11 de enero de 2015

Reflexiones del subsuelo. Divagaciones amorfas de un día raro.

(Mi narrativa ingeniosa está estancada. Si esperáis un relato de los de antaño... no. No es la entrada adecuada... hoy solo vengo a hablar).

Quienes me conocen, saben que normalmente vivo en el metro. Recorro Madrid a diario. De punta a punta, de estación a estación, de vagón a vagón  y siempre bajo tierra. Alguien decidió hace tiempo que en días festivos, merecía la pena aumentar el tiempo de espera entre metro y metro para ahorrar. El resultado actual es una aglomeración de gentío, libre de trabajos y deseosa de movimiento, en cada recoveco del subsuelo.


Esta mañana, después de correr con desesperación y arañar minutos como podía, he llegado al andén de la línea de metro que me correspondía coger y, qué sorpresa. Me ha recibido un grandioso cartel que rezaba: PRÓXIMO TREN  EN 12 MINUTOS. 


¡¿CÓMO?! Supongo que el asombro está justificado. No obstante, yo, que vivo en el metro, sé a lo que me arriesgo cuando tengo que viajar en transporte público en un fin de semana. Mientras otras personas se quedaban mirando el cartel con odio, yo me abría paso para sentarme en uno de los fríos bancos de hierro del andén. 


Si os parecéis a mí y visualizáis los relatos mientras los leéis, seguro que os dais cuenta de la situación global. Estaba en una estación de metro, bajo tierra, con las vías frente a mí vacías y doce minutos por delante. Los que sois como yo sabréis cuan largos son doce minutos para una mente creativa. Atrasando un despertador 12 minutos se puede crear y destruir un universo mental. En 12 minutos de lectura se puede disolver un personaje, o dos, o tres. En 12 minutos puede concluir una historia de amor, se puede fraguar una amistad eterna... Y bueno, en menos también, pero la cuestión es que yo tenía 12 minutos y, para alguien que piensa demasiado, el tiempo NUNCA pasa rápido. Al menos, en soledad.


La cuestión es que mi imaginación no tiene límites. ¿Sabéis lo de los atentados, amenazas de bomba y demás? El primer minuto lo he dedicado a cerciorarme de que ninguna de las personas que pisaban el andén parecía sospechosa. También me aseguraba de que nadie abandonaba un equipaje, bolso o mochila y salía corriendo. Todo en orden.


Los dos siguientes minutos, percatándome de que todos los asientos de la estación habían sido ocupados, los pasé alerta por si alguna persona mayor necesitaba que levantara mi culo del asiento y le cediera mi sitio. Hace mucho que asumí que el resto del universo no suele vivir en la realidad como para tener esos detalles.


Ese pensamiento me llevó a la idea de "claro, no se dan cuenta de nada porque están con la cabeza metida en el móvil", así que perdí otro par de minutos en contar cuántas personas tenían los ojos en una pantalla. Catorce. Doce móviles y dos ebooks. Llegados a este punto, suspiré.


Eché un vistazo a la estación. Me percaté de la diferencia de las baldosas entre unos andenes y otros. Me aseguré de que estaba en el andén del sentido correcto. Volví a  hacer una panorámica para asegurarme de que no había ningún terrorista cerca de mí. Sin novedades. Pasé un minuto de ansiedad cuando, un hombre de mirada despistada, decidió esquivar a un grupo de niños por la parte más cercana a las vías. Pisaba la línea amarilla que señala peligro por caída. Me disgusté. Le miré fijamente, en tensión,  lista para saltar sobre él si tropezaba. No ocurrió nada. Me volví a fundir con el banco de metal.


Mi mente comenzó a divagar. "¿Qué haría si hubiera una emergencia? ¿Cuál es la puerta más cercana? ¿Y si ese tío con cara de mala leche es un ladrón? Tiene una viejecita a su lado. ¿Si le roba el bolso corro tras él? Ah, qué difícil es todo. Hay que tener valor para ser un héroe. ¡Cómo molaría que el chico que está a mi lado me dijera algo! Está leyendo. Me cae bien. ¿Qué libro es? Oh, una revista de coches. Genial. ¿Qué clase de persona puede tragarse un bodrio como ese? ".



Entonces el tren de la vía de enfrente llegó. No me percaté de su sonido, pero sus luces me cegaron unos instantes. Al irse, dejó tras de sí vacío. Miré mi andén repleto de gente aburrida, sumida en sus vidas y cabreada por la de cosas que podrían estar haciendo en esos doce minutos perdidos. Después miré frente a mí, la imagen idéntica pero sin humanos con auras destructivas. Mi mente llegó a unas cuantas conclusiones. Quizás se conviertan en textos.


Volví a mirar el reloj. Cuatro minutos. Hundí los dedos en los agujeros del banco y pensé en lo triste que sería que se me atascaran allí. Los saqué con cuidado y me crucé de brazos. El andén al otro lado de las vías permanecía desierto. El sonido de mi dimensión pareció apagarse. Mis ojos no veían humanos, solo una construcción creada para la espera sin gente que aguardara en ella. Si no venía alguien a esperar al andén, nadie cogería nunca los trenes que pasaran por esa estación. Oportunidades perdidas. Más piezas en mi mente chocando unas contra otras e intentando encajar. "Hay que ir a los andenes", pensé. Dado que estaba un poco embotada por la hora que era, decidí apartar la vista del abismo de las ideas. No iba a sacar conclusiones cerradas, sino trazos inconexos que me trastornarían y no me dejarían concentrarme el resto del día. 


Volví a observar a mis cansados camaradas de metro. Sus caras parecían a punto de derretirse de aburrimiento. Entonces me sentí como en una película. Mantuve un poco la mirada en un punto indefinido, como haciéndome la despistada, pero sabía que alguien me estaba observando. Me sabía el bucle de movimientos para no parecer brusca a la hora de dar con tu acechador. Bajaba la vista al suelo, como pensativa. Mis manos jugaban unos instantes con un anillo mientras me mordía el labio. Entonces despertaba de mi ensoñación y miraba el reloj del andén sin leer siquiera la hora... y por último, mis ojos resbalaban por las personas hasta clavarse en unos ojos mucho más sabios que los míos. Una señora mayor, no tan mayor como para cederle el asiento, me miraba con media sonrisa. Me pregunté si le recordaría a alguien, o si le habría conmovido mi perplejidad ante el vacío que teníamos enfrente y que me había absorbido unos instantes. Tenía una melena gris muy larga, y un aura diferente al resto de la gente. Esa fue la información que pude acumular en los segundos que me paré a analizar. No quería incomodarle. Si quería mirarme, podía sin problemas.


El asiento en el que me sentaba comenzó a vibrar. Mis pies temblaron. Vi la luz en el túnel y con un rugido que me pilló por sorpresa, llegó el tren. Las chispas que salían de los cables me aturdieron unos segundos. La gente se apelmazó en las puertas de los vagones. Les miré condescendientemente mientras permanecía sentada. Si no dejaban salir a los pasajeros del interior, ni uno de ellos podría pasar dentro jamás. 


Una melena gris me obstaculizó la visión. Por encima del hombro, la señora que me había observado antes, seguía contemplando mi espacio vital... Pero esta vez lo entendí. Entendí qué es lo que le había llamado la atención. En mi regazo, yacía el libro que estaba leyendo, marcado con un montón de post-its fosforescentes en las páginas que me gustaban. No era mi libro, no tenía permiso para doblarlas. Aquella señora me miraba simplemente porque era la única humana de aquel andén que tenía un libro de verdad entre las manos. Además, mi aspecto de "persona adolescente que escucha heavy metal y se dirige a clase de baile", no debía de cuadrar en su mente con "persona seria y suficientemente madura como para interesarse por Un mundo feliz". Me pilló mirándola mientras nos apretujábamos en el vagón. Le sonreí. Me sonrió. Nos entendimos. Las puertas se cerraron frente a nosotras sin darme tiempo a recordar la angustia que me producía la llegada de un nuevo tren a la estación en la que me encontraba.


viernes, 9 de enero de 2015

Déjame entrar.

A la vista estaba que tenía un problema. 
Oh sí. 
Un ENORME problema. 
Concretamente, un muro de cuatro metros de altura. 

Con ambas manos apoyadas en la cintura, respirando con dificultad y con una cantidad extraordinaria de herramientas a los pies, no podía más que alzar el mentón y plantearme por última vez si sería más productivo intentar saltar mi obstáculo antes que perder más fuerzas intentando derribarlo.

Llené los carrillos de aire y los hinché tanto que pareció que me estallarían. 
Frustración.
Desesperación pura y dura.
Solté el aire.

-Oh, ¡maldito estúpido muro cabezón! Te creé para que ellos no pudieran entrar, no para que yo no pudiera salir- mascullé mientras bajaba los brazos y me acercaba al muro dispuesta a patearlo.

Cuando ya tenía un pie listo para ser lanzado contra la pared, escuché a Gabriel entrar.

-¿Aún sigues aquí?- sonaba como alguien intentando controlar la risa.

-¿A caso no me ves?- bufé mientras desechaba la idea de que me viera destruir mi propia pierna contra la piedra.

Gabriel se rió entre dientes y dejó una bandeja en el suelo.

-Te he traído algo de comer.

-¿Y también has traído una grúa para ayudarme?- esta vez se carcajeó abiertamente.

-No.

-¿No vas a ayudarme?

-Quizás.

Miré a Gabriel arqueando las cejas. Después le pegué un puñetazo en el hombro. Volvió a reírse.

-Te ayudaré en lo que pueda.

-Con eso no vale.

-Te sacaré de aquí.

-Eso está mejor.

Recuerdo que esos días trabajamos duro. O quizás solamente hablamos. Hablábamos durante horas. Nos apoyábamos en el muro. Lo golpeábamos al son de canciones que nos inventábamos. Lo acariciábamos mientras jugábamos a encontrarnos. No sé en qué momento se abrió la puerta. Quizás nunca lo hizo y, simplemente, la piedra se desgastó al son de nuestros secretos. Me lancé hacia la luz. 

Creo que no fui consciente de lo que hacía. Supongo que la desesperación por derribar la barrera me cegó. Gabriel me impulsó fuera del muro, pero él se quedó atrás, fuera de mi alcance. Cuando mis pies pisaron el exterior, el frío me arañó la espalda. Gabriel no estaba al otro lado. Estábamos el mundo y yo.

-¿Gabriel?- me entró un ataque de pánico y me asomé a la puerta. Oscuridad. Vértigo- ¡¿GABRIEL?!

El eco se burló de mí repitiendo su nombre. Cuanto más consciente era de mi nueva situación, más deseaba regresar. Mientras me dejaba caer frente a la puerta que me había dejado salir, una voz resonaba en el muro. "Gabriel, por favor, déjame entrar".

lunes, 15 de diciembre de 2014

La dimensión tierna.

Cuando le vi, hacía horas que el sol se había caído del cielo y las farolas habían adoptado su luz. Suponía que aquello era la despedida. Sabía que se marchaba desde hacía días, pero no había sido tan consciente de aquel hecho hasta el momento en el que me había cruzado con él en medio del frío. 

Mientras mis ojos luchaban por captar el detalle de sus facciones, el silencio se hacía más patente. La realidad es que él y yo no teníamos mucho en común. Tampoco nos conocíamos desde hacía tanto. Ni siquiera le habría podido llamar amigo. Sin embargo, había algo en su persona que me hacía sentir una conexión. Nuestro encuentro fortuito aquella noche nunca podría haberse imaginado de tales dimensiones. De aquella intensidad.


-Te vas.


-Sí, mañana.


-¿Estas nervioso? -se encogió de hombros. Esbocé una sonrisa mientras metía las manos en los bolsillos-. Seguro que te irá bien.


¿Qué podía decir? Supongo que otras personas habrían esperado un "avísame cuando regreses" o un "espero que nos veamos pronto" pero, como he mencionado antes, nosotros sólo éramos dos desconocidos. La cuestión es que percibía el peso de su mirada. No sé si me estoy explicando. Percibía esa fuerza con la que alguien te puede llegar a prestar atención. Esa extraña energía que te atraviesa por dentro cuando las pupilas de otro ser te <<miran>>. Mirar de verdad. Revolverte por dentro. Buscarte a través de piel, músculo y hueso. Eso tan poco común en la sociedad actual, hacía que yo, a su vez, le observase con interés. Con preguntas. Con anhelo. El desconocimiento junto con todos los sentimientos que me provocaba su mera presencia estallaban en mi pecho. 


Recuerdo el momento exacto en el que se suponía que debíamos despedirnos. También recuerdo cómo aquel instante se sentía terriblemente equivocado. Él seguía mirándome, esperando. Cara a cara, vaho contra vaho atravesando el hielo y chocando en la oscuridad. Tan serio. Tan sereno. Alguien con quien no podría haber hablado de nada pero que podría haberlo cambiado todo.


Entonces sentí el tirón. Era necesario llenar el vacío y acabar con el vértigo que amenazaba con apoderarse de nosotros. Solté todo el aire. No había sonrisas, ni señales que anunciaran lo que me disponía a hacer. Di un paso hacia delante y dejé caer la cabeza contra su abrigo. Podría haberme apartado perfectamente, y después haber soltado alguna frase de disculpa mientras desaparecía para siempre. Alguna estúpida normal social habría calificado mi movimiento como una ocupación indebida de la burbuja existencial de un desconocido. Un gesto demasiado confiado, una invasión en toda regla. 


Pero fue entonces cuando confirmé que él también era parte de aquella pequeña sección de humanos que atrapaban las cosas que importaban de verdad en la vida. Que había sentido esa otra dimensión. Me rodeó con los brazos con suavidad y me dejó estar allí un rato, como si permanecer apoyada sobre él  fuera terriblemente acertado. Como si hubiera sido precisamente eso lo que una civilización paralela hubiera esperado de mí. Entonces, por primera vez, supe que entre nosotros esa era, exactamente, la situación correcta.

jueves, 20 de noviembre de 2014

La magia que se disipa.

Llevo tiempo percibiendo que la magia ha expirado.
No sé si conseguiré explicarme en las breves lineas que planteo escribir hoy.


Desde que puedo considerarme una persona íntegra y suficientemente madura, he deseado, aun sabiendo que el mundo no guarda tantos secretos fantásticos como de niña quería, que existieran pequeños momentos que pusieran en duda todo lo que había aprendido.


Reconozco que he leído mucho, y que he naufragado repetidas veces en películas e historias de las que no me pertenecía ni la décima parte. Supongo que ésto ha colaborado en el hecho de que, situación que vivo, situación que tiendo a retorcer hasta atisbar una continuación "de libro". Es algo que mi mente hace por inercia.


A veces me despierto y una parte de mí, un lugar de mi mente que no quiere perder la ilusión, se pregunta si no será ese mismo día en el que descubra un hada en la ventana, un cubierto moviéndose sólo, o un ser de otro planeta infiltrado entre la multitud.


Tranquilos. Sé que nada de esto sucederá jamás, pero esa llama ínfima que me abraza a veces, me hace feliz y, lo más importante, me hace preguntarme cosas. Me hace imaginar.


Hace unos años tiré todas mis ideas locas y paranoicas a la papelera. Fue un tiempo un poco apagado y no me apetecía seguir esperando milagros absurdos. Pero... sorpresa. Volví a leer. Ese año leí como una demente, me sumergí en innumerables tramas de cine y, cada vez que volvía a la realidad, todo se veía diferente.


Descubrí que no quería exactamente una historia de libro. Quería conocer personas y quería ver esa chispa pequeña e insignificante que separa una conversación banal de una profunda. Quería ver cómo se entretejían los hilos hasta que dos seres humanos decidían desenredarlos y hacer preguntas, e indagar y descubrir y darse cuenta de que los colores que pintaban dos mundos distintos a veces se parecen demasiado.


No sé si me estoy explicando bien. Ya sabéis que a veces divago y mis textos se vuelven completamente indescifrables. La cuestión es que cada vez valoro más un tipo de magia que ha quedado en el olvido. Ahora las personas se conocen y parece que intercambiar cuatro palabras varía el mundo entero. Todo es superficial, perezoso y absurdo. Ya no quedan silencios bonitos, de esos en los que casi se puede escuchar un interruptor encenderse y dos humanos descubrirse. Pero lo peor no es que no se vivan esos momentos. Lo peor es que la gente ya no aspira a crearlos, ni a tenerlos, ni los desea, ni los comprende, porque muchas personas ni siquiera han tenido la oportunidad de vivir uno de esos instantes tan maravillosos. Qué triste.



La magia ha expirado y no sé si tiene arreglo.
Pero supongo que siempre habrá un par de almas descarriadas, como la mía, que decidan mantenerla en el camino... para iluminarlo todo.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La llave que adopté.

En un pantalón de verano que me disponía a guardar hasta el próximo año, encontré por casualidad un pequeño objeto que, de no haber sido por el peso que añadía a la prenda, habría pasado totalmente desapercibido. Deslicé la mano al interior de uno de sus bolsillos y mis dedos rozaron algo frío y metálico. Deposité mi hallazgo sobre la ropa que ya había doblado y ordenado meticulosamente y observé con curiosidad. Sobre el fondo azul de una de mis sudaderas de  tamaño gigante, la llave que había encontrado destacaba como una estrella en la noche. Sin embargo, la notaba un poco apagada. 

Recordaba vagamente cuándo había llegado a mí, y también su procedencia. También la tonta ilusión del principio, ésa con la que la había manipulado y observado hasta saciar toda mi curiosidad y terminar memorizando su forma. Desgraciadamente, la llave había quedado huérfana hacía varios meses. La cerradura en la que encajaba, había desaparecido sin previo aviso. No había ni rastro de ella, salvo flashes que me hacían recordar su silueta y levemente lo que había tras las puertas que abría. El tiempo iba limando los recuerdos y, a veces, sentía que me inventaba la mitad de los secretos que había custodiado. Aquella llave se había quedado sin empleo y estaba destinada a perecer en el olvido.

Suspiré. Tomé la llave con cuidado y volví a mirarla con tanto anhelo como antes. La hice girar sobre mis dedos y medité sobre qué era lo que se debía hacer cuando una llave ya no podía abrir las puertas para las que había estado destinada. Pobre llave. Abandonar algo que había sido tan valioso me parecía demasiado cruel. Fue entonces cuando tomé una decisión. Me acerqué a un espejo y, tras pensarlo unos instantes, giré la cabeza y situé la llave sobre mi cuello. Estaba segura de que quedaría bien.

Cerré los ojos y ligué la llave a mí. Absorbí todo lo que me había enseñado, toda la información que me había traído, los recuerdos, los misterios que había guardado y todo aquello que había descubierto gracias a ella. Sentí una fuerte quemazón. Retiré la llave y abrí un ojo sin estar muy segura de qué era lo que había hecho. Sonreí al ver los resultados. Detrás de mi oreja derecha, acariciando mis venas, la silueta de una pequeña cerradura se había tatuado a la perfección. La llave brillaba en mi mano, lista para ejercer su misión una vez más. 

Me pregunté qué partes de su vida habría depositado en mí y cuales se habrían solapado con todo lo que llevaba tiempo guardado en mi interior. Una parte de mí me decía que había tomado una buena decisión y que era imposible que mi nueva adquisición me fuera a hacer algún mal. Acaricié el dibujo con cariño y después me levanté la manga para descubrir otra silueta similar sobre mi muñeca. Esta otra llevaba toda la vida conmigo. Era la marca con la que había nacido. Una cerradura más grande y enrevesada, desde la que despegaban unas ramificaciones simulando una enredadera. Hacía tiempo que nadie la abría y, por eso, parecía expectante, como si en cualquier momento un milagro pudiera tener lugar a su alrededor y ella fuera a poder, por fin, abrir sus puertas de par en par.

Sentí una chispa de tristeza. No recordaba dónde había depositado la llave de aquella otra compañera mía, pero suponía que pronto, muy pronto, alguien la hallaría y podría descubrir todos sus secretos. Me encogí de hombros, resguardé la cerradura original bajo el jersey y me dispuse a abrir las nuevas puertas que había conseguido. Quería saber qué había de nuevo en mi ser. 

No recuerdo qué ocurrió exactamente cuando hice girar la llave sobre mí. 
Sólo había luz. 
Luces por todas partes y un calor abrasador que me hizo respirar profundamente y sonreír de nuevo. 

jueves, 23 de octubre de 2014

Caca Seria.

Quiero escribir. 
Llevo tiempo queriendo escribir sobre la frustración que siento. 

Me estaba conteniendo porque decía: a ver Alba, este es tu blog, pero la gente que te lee no quiere leer basura de pronto. 
Entonces una parte de mi mente acentuó el "tu", y me di cuenta de que esta página es de mi propiedad y puedo escribir todo lo que me de la gana.
 Incluso si no es algo brillante, meditado y creado por esa parte de mi mente tan artística. 
Incluso si tiene un aspecto amorfo como lo que estáis contemplando.
Incluso si me da por colgar un selfie de mí subida a la lámpara.
O vestida de oso panda.

Y tal.


Por eso estoy aquí. 
Porque quería dejar algo escrito y aporrear las teclas y quedarme a gusto. 
Me apetecía muchísimo explicar algunas cosas que se me están pasando por la cabeza estas semanas,
 lo que ocurre es que no se consolidan en algo visible para mi mente creativa 
y no puedo sacar del vacío más absoluto un texto en condiciones.  


VOY A EXPLOTAR. 


Quiero un relato. 
Quiero una chispa. 
Quiero adueñarme del pasado y recuperar lo que me pertenecía y se ha quedado atrás.
Lo que han dejado atrás...
Lo que has dejado atrás.

¿Lo que he dejado...?

Bah.

Ahí queda esta mierda.

viernes, 3 de octubre de 2014

El último ladrillo.

Dos hombres ataviados con gabardinas grises, se resguardaban bajo un paraguas al borde de una acera recién arreglada. El cemento relucía entre las grietas de los nuevos adoquines y se oscurecía con las gotas de lluvia que escupía el cielo. El único lugar que permanecía seco se encontraba a los pies de los dos señores, que mantenían su mirada imperturbable fija en la casa frente a la que se hallaban.

A través de los barrotes de la intimidante puerta principal que unas gárgolas custodiaban sobre unas columnas, observaban el movimiento de una melena rubia que comenzaba a oscurecerse poco a poco bajo la lluvia. La dueña de la casa se encontraba en el jardín, ajena a su público, ajena a que se estaba calando, ajena, simplemente, al universo. Arrodillada en el césped, cubierta de barro, golpeaba unas vallas blancas para terminar de fijarlas al suelo y cercar del todo el terreno. En el porche de la casona en la que estaba trabajando (la cual había comenzado a construirse hacía apenas dos meses), aun se veían latas de pintura, montones de ladrillos sin usar, sacos de yeso apilados frente a troncos de madera recién cortados y miles de herramientas que habían sido, en su mayoría, terminadas de utilizar.


-No creo que lo logre- comentó uno de los individuos mientras afilaba el extremo de su bigote.


-Va por buen camino- gruñó el de la derecha, espiando a través de unas diminutas gafas a la mujer.


La chica, efectivamente, no parecía percatarse de la lluvia, ni de sus vaqueros totalmente embarrados, ni de sus manos llenas de rasguños. El hombre la admiraba en secreto. Con el ceño fruncido y el labio inferior aprisionado entre los dientes, no se rendía con el martillo y los clavos. Cuando ancló bien una valla a otra, volvió al porche y cogió la brocha. Las paredes de fuera comenzaron a adquirir color a cada pincelada. La lluvia aguaba lo pintado y teñía los brazos de la muchacha con ríos arco iris. No le importaba.


-Está empeñada en acabar de construir la dichosa casa.


-Mansión.


-Casa.


-Mansión. Es una jodida mansión. Enorme. Sobrecogedora- el hombre del bigote arrugó la frente y negó con la cabeza. Fue a decir algo, pero su compañero fue más rápido-. Acéptalo de una maldita vez. Es la casa que nunca jamás en tu vida podrás tener.


El hombre se recolocó el sombrero de copa y bufó.


-Es imposible que la haya construido ella sola. Seguro que el interior es una birria.


-Estás celoso.


-¡No estoy celoso!


-Vimos ayer por la mañana el interior a través de los ventanales de la parte de atrás, y ambos estuvimos de acuerdo en que era una obra de arte. Hay casas preciosas que son un caos por dentro. Hay casas horribles cuyo interior concuerda perfectamente con lo que esperas al ver la fachada, y hay casas preciosas por dentro y por fuera. Y deberías admirar que una sola persona haya sido capaz de algo así. Todos desearíamos crear algo tan bello.  


-¡Pamplinas!


El individuo del bigote se vio impulsado fuera del paraguas. Se resguardó con toda la dignidad que le quedaba en su gabardina y se cruzó de brazos, comenzando a calarse él también.


-¡Vete al infierno!- su compañero no le miraba. Seguía con los ojos clavados en la muchacha. Le hizo un gesto con su mano libre para que se callara-. Eres lo peor. Me marcho al coche. Ahí te quedas. Congélate si quieres, pasmarote.


Ante el sonido de una puerta de automóvil cerrando de un portazo, el hombre que quedaba frente a las inmensas puertas de hierro suspiró. Se giró un momento para otear ambos lados de la acera. La noche se tendía sobre sus cabezas y nadie quería estar fuera de su casa. Cuando volvió a enfocar los jardines de la mansión, se encontró con unos ojos enormes observándole con una sonrisa tímida.


-Hola- dijo la muchacha a la que había estado espiando desde hacía meses. Apoyaba la cara entre dos barrotes y esbozaba la sonrisa más tímida y bonita que había visto jamás.


Apenas pudo balbucear unas palabras para responder.


-Voy a organizar una fiesta para inaugurar mi nueva casa- comentó con toda normalidad. Las gotas de lluvia rodaban por sus mejillas.


El hombre, sintiéndose un grosero todo seco bajo el paraguas, se acercó a la verja y trató de levantar el paraguas y pasarlo sobre ella para cubrir a la joven... pero algo se lo impidió. Una fuerza invisible impulsaba el objeto hacia atrás y hacía imposible completar la maniobra, como si las gárgolas de las columnas hubieran extendido una cúpula alrededor de toda la propiedad. Bajó el brazo con lentitud, extrañado. La muchacha miró hacia arriba y se sonrojó al comprender la intención del hombre.


-Disculpe- susurró desviando la mirada. Se encogió de hombros, como si todo su ser le pidiera perdón- aún no estoy lista para dejar que entren aquí.


Se inclinó un poco hacia la derecha, lo justo para ver el coche aparcado tras el hombre y el pasajero que, alucinado ante el hecho de ver a la joven hablando por primera vez, había vuelto a salir del coche y se apoyaba en la puerta de este, mesándose el bigote y observando a cierta distancia, casi con miedo, lo que sucedía.


-No-no-o tiene por qué disculparse. Este es su...- el individuo agitó la mano en busca de la palabra.


-¿Territorio?


-Imperio- dijo casi a la vez.


-Mi imperio- repitió la chica masticando la palabra. Sonrió- sí. Creo que me gusta.


Rebuscó en sus bolsillos y sacó un papel algo húmedo y arrugado.


-Tome, es la invitación oficial.


El hombre la tomó con sumo cuidado, tratando de no rozar la mano pequeña y blanquecina que había atravesado los barrotes para entregársela.


-¿Por qué... ? ¿Por qué estamos invitados?  ¿Por qué antes no...?


-Supongo que no es la primera vez que me visitan. ¿No es así?- el hombre asintió-. Creo que todo ser vivo que haya presenciado la construcción de mi nuevo hogar tiene derecho a visitarlo cuando le plazca. ¿No cree que es lo justo?


-Sí pero... ¿por qué ahora?


-¿Usted habría enseñado su obra medio derruida?


-No señorita.


-No es una buena idea mostrar algo inacabado, algo fragmentado, algo impropio de lo que en realidad se quiere enseñar. Mi "imperio" necesitaba una urgente reconstrucción y remodelación- la joven se dio la vuelta y observó la casa. Después, más para ella que para otra persona, susurró-. Creo que por fin está lista para abrir sus puertas. Y para dejar pasar a quien quiera entrar, ver y buscar respuestas.


-¿Respuestas?


La muchacha se giró de nuevo hacia el hombre.


-¿Cómo?


-Usted ha dicho...


-Ah, sí, sí- volvió a sonreír a modo de disculpa-. Respuestas. A veces la gente busca respuestas en las casas ajenas, ¿sabe? Antes no podrían haber encontrado nada en ésta. La había convertido en una especie de bunker. Pero ya no será necesario que la cúpula permanezca. Me he esforzado mucho. Está lista para ser mostrada.


Y sin despedirse, con aires misteriosos sin pretenderlo, volvió a internarse en la mansión y desapareció tras una puerta. El hombre, paralizado por la extraña situación, despertó de su ensoñación con un empujón de su gordo amigo.


-¿Qué te ha dado? ¿QUÉ TE HA DADO?


El papel que la joven le había entregado permanecía estrujado en su mano, como si no fuera con él.


-¡Ábrelo maldito estúpido! ¿A qué estás esperando?- se lo quitó de las manos.


El hombre, con movimientos lentos, sólo alcanzó a toquetearse las gafas mientras volvía a la realidad y enfocaba la vista hacia el papel que su acompañante desdoblaba.


"Quedan cordialmente invitados a la inauguración de mi nuevo hogar.

Su constante preocupación por el rumbo que tomaría mi proyecto les otorga un lugar de honor en este maravilloso día. Busquen las llaves de la entrada en los alrededores. Si miran con el corazón, no les será complicado hallarla. Cuando la encuentren, todas mis puertas estarán abiertas para ustedes. Sin excepción. Ha sido una reconstrucción lenta y paulatina, con altibajos en algunos periodos, pero al fin, creo que he logrado terminarla. 

Bienvenidos a este comienzo. Sobre todo, bienvenidos seáis los que ansiabais ver más allá de la fachada cuando observasteis cómo colocaba el primer armazón para los cimientos.


Atentamente: La emperatriz de La Torre de Marfil".



sábado, 27 de septiembre de 2014

Nómadas.

-Yo a ti te conozco.

-Es posible- susurró.

-¿No eres la protagonista de la película esa que dejé a medias el otro día?

-La misma.

-¡¿Qué demonios haces aquí?!

Ella sonrió avergonzada. Se encogió de hombros.

-Huir, supongo- musitó mientras se echaba a un lado. 

-No lo entiendo. ¿Cómo...? ¿Por qué?- le preguntó mientras se sentaba a su lado.

-La historia no iba a acabar muy bien. Era mejor retirarse a tiempo.

-Pero... ¿y la película? ¿Qué va a pasar con ella ahora?- notó su reticencia a hablar. La tomó la mano y apretó levemente-. Vamos, necesito saber lo que ha sucedido para comprender.

Ella apretó los labios y bajó la cabeza. Suspiró. Después alzo la mirada y volvió a sonreír brevemente. Guardó silencio unos minutos más mientras organizaba sus ideas. Cuando comenzó a hablar, su voz inundó la habitación.

-Hay veces que vivimos de historias que no nos pertenecen. Tramas que se nos entregan para que las observemos y las moldeemos, para que veamos en ellas lo que queremos ver de tal manera que sigamos adelante sin mirar atrás. Para que secuestremos pedazos y los utilicemos al construir nuestros propios guiones. Para retocarlas y que fluyan como es debido, y para otras muchas cosas que sólo se averiguan con el paso de los años. 
Hay puntos de esos cuentos en los que llega el momento de tomar decisiones pensando en uno mismo- hizo una pausa al decir esto, y esperó hasta que su interlocutor asimiló sus palabras-. A veces es hora de dejar que la historia sobreviva sin ti, y de dejar que la protagonicen otros. Entonces, cuando llega ese instante, cuando todo tu mundo se derrumba y decides renacer, es cuando hallas el camino hacia la felicidad.

El joven buceó unos segundos en aquella reflexión.

-Entonces... ¿qué ocurre si permaneces mucho tiempo en un lugar que no sientes como tuyo?

Ella se sorprendió por la pregunta y rió con tristeza. 

-¿Si no desapareces a tiempo? Dame la mano- le extendió la palma y posó su puño cerrado sobre ella-. Si no sabes cuándo retirarte de los caminos de otros, esto es todo lo que obtienes.

El chico esperó, pero no notó nada cuando la joven abrió la mano.

-¿Vacío?

-Sí...- susurró mientras asentía- La Nada. Un abismo tan oscuro que termina por arrebatarte todas tus fuerzas...

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tres hechos.

Sientes tus adentros retorciéndose y desordenando el caos. 


Te ves, de pronto, frágil. 

Eres una lámina de vidrio que estalla y que, 



al tocar el suelo, 


convierte sus fragmentos en lágrimas. 


sábado, 16 de agosto de 2014

El esbozo de la muerte

"Tomás. 
57 años.
Soltero.
Desempleado.
Fracasado en todas las facetas humanas.
¿Propósitos en la vida? Morir siendo alguien.
¿Posibilidades? Nulas."

Tomás arribó en su casa a eso de las siete. Abrió la puerta y, por primera vez desde que vivía allí, no llegó a cerrarla. Así, pensaba, sería más probable que alguien lo encontrara antes de que su cuerpo fuera rígido como las piedras. Quería salir bien en las fotos. Soltó las llaves sobre la mesa de la entrada y subió los escalones con lentitud, como midiendo el espacio de un recorrido que nunca le había interesado en lo más mínimo. La bolsa que llevaba en la mano pesaba, pero transportarla no le resultó incómodo, pues sabía que lo que contenía era el culmen de su magnífica idea. El resto del plan llevaba semanas preparado en una destartalada habitación de su propia casa, aguardando a que su "arquitecto" terminara de ligar todos sus hilos.


Tomás llegó a la sala elegida. Se detuvo justo en medio del marco de la puerta y observó la habitación. Se movió un paso hacia la derecha y volvió a mirar. Hizo un gesto de aprobación. Se quitó la chaqueta de dos tirones y la lanzó al pasillo. Nada de contaminación en su obra.


En el centro de la sala, una rudimentaria cuerda pendía de un gancho anclado recientemente al techo. La soga se mecía como echando de menos un cadáver que la mantuviera en su sitio. A sus pies, una banqueta diminuta esperaba que alguien subiera sobre ella y la desplazara para poner fin a sus días. Debajo, un papel blanco hacía las veces de alfombra, cubriendo una gran sección de la habitación. Los laterales fijados con cinta aislante,  impedían que ondeara a su gusto por el parqué. 


Tomás se arrodilló en una esquina. Sacó de la bolsa tres latas de pintura y, tras abrirlas a golpes, esparció su contenido por el perímetro que rodeaba el papel blanco. Tuvo cuidado de no manchar las esquinas. La madera desnuda se tiñó de rojos, azules y amarillos. Después, Tomás se quitó los zapatos y los calcetines, rodeó aquel desastre con sumo cuidado y se situó en el centro de su obra. Estiró el cuello hasta ver a través de la soga y comprobó que, una vez hiciera a un lado la banqueta, solo las puntas de sus pies rozarían el suelo. Sonrió, satisfecho. Salió del inmenso cuadrado de papel y puso los brazos en jarra. Volvió a inspeccionar la habitación. ¿Se olvidaba de algo? Tenía la soga, tenía el papel, tenía banco, tenía... oh.


Tomás bajó los escalones de dos en dos. Entró en su despacho y tomó un rotulador de un escritorio que nunca más utilizaría. Volvió a subir y volvió a esquivar la pintura esparcida por el suelo. Se arrodilló en una esquina de su construcción y firmó con muchísimo cuidado el papel que cubría la tarima. Miró su reloj de muñeca y escribió la hora que marcaba con cinco minutos de más. Después apuntó la fecha, mencionó algo entre comillas y observó con satisfacción el resultado. Pasó la mano por encima, con el mimo de una despedida, y se incorporó de nuevo.


Se tomó su tiempo para sacar las latas de pintura vacías de la habitación. Tomó la bolsa y cogió lo último que contenía. Un cartel que rezaba "No pisar" donde salía un monigote fregando. Arrugó la nariz. Era lo único que había podido encontrar. Con el rotulador tachó la fregona y ahorcó al monigote con dos trazos gruesos y un redondel. A sus pies, dibujó un cuadrado. Volvió a sonreír. 


Segundos más tarde, un hombre acabado situaba ese mismo cartel en el marco de la puerta, custodiando la entrada a la sala. Se miró en un espejo y desabrochó los dos primeros botones de la camisa. Tenía que ser una muerte perfecta. Estiró el cuello, sacudió las manos y los brazos y miró el reloj. Apretó los labios.


-Allá vamos.


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En un segundo piso, policía, médicos y periodistas se apoltronaban a las afueras de una habitación. Un hombre se había suicidado.

Lejos de haberlo descolgado para dar paz a su cuerpo, el hombre seguía allí, muerto, sonriente y satisfecho. Los flashes no dejaban de deslumbrar la penumbra del patíbulo. Infiltrado entre la muchedumbre, un artista cotizado hablaba con entusiasmo por teléfono.

-Es increíble. Una obra que pasará a la historia. Nadie ha hecho una cosa igual jamás. Valdrá millones de euros. Los coleccionistas se pelearán por tener algo semejante decorando las paredes de sus salones...- dijo antes de colgar el teléfono.


Volvió a recorrer con sus ojos al creador de la maravilla que sería la atracción principal de su museo... o de la casa de algún millonario. Después, deslizó otra vez una mirada lujuriosa por su nuevo tesoro. Quien primero la ve, es quien tiene derecho a reclamarla. 


Sobre un rectángulo blanco de papel, caían aun pequeñas gotas de pintura procedentes de los pies de un muerto. Al borde del mismo, charcos espesos de la misma pintura se comenzaban a secar. De aquellos lagos coloridos, surgían las huellas de unos pies descalzos que nunca más caminarían, y se adentraban en el improvisado lienzo. El artista se imaginó con regocijo la escena. 


Tomás, 57 años, soltero, desempleado, decide acabar con su vida marcando su nombre a fuego en la historia del arte. Camina, con sus pies enfangados en pintura, hacia su muerte. La mirada altiva, una media sonrisa en los labios. Intenta no bajar la vista hacia el papel blanco que está adornando a cada paso. Sube a una banqueta y no le importa mancharla. Mete el cuello en la soga, la aprieta y con todas sus fuerzas, patea el pequeño taburete para que salga del perímetro de su obra maestra, del culmen de su vida. El primer tirón le deja sin aire. Sus pies rozan el suelo, pero no lo suficiente como para eludir la muerte.


El artista sigue los trazos aleatorios que impregnan el papel. Se imagina los pies de Tomás dando tumbos en el aire, corriendo hacia la Nada y dibujando mientras tanto, bajo él, la representación de su propia agonía. Algo aplaude en su interior. Suelta una débil carcajada.


-Es una maravilla- susurra.


-¿Perdone?- un periodista lo examina con desconfianza.


-Nada, nada.


El artista mira el cartel de "No pisar" y trata de esconder la sonrisa. No debe parecer feliz. ¡Está ante un suicidio! Pero oh... qué suicidio tan hermoso. Vuelve a recorrer el cadáver, el traje inmaculado que lleva, contrastando con su tez rojiza, su mueca engreída... sigue sus ojos hasta una esquina del cuadro que sus pies han decorado. Allí, escrito con un rotulador negro, repasa una vez más sus últimas palabras:

Tomás Gómez Ulloa. 16 de Agosto de 2014, 20:17. "El esbozo de la muerte"