Me siento hoja seca.
El peciolo quebradizo, el color abatido.
La más leve brisa me hace temblar.
Llevo avisando de mi caída demasiado tiempo.
Tú sigues soplando.
Me siento hoja seca.
El peciolo quebradizo, el color abatido.
La más leve brisa me hace temblar.
Llevo avisando de mi caída demasiado tiempo.
Tú sigues soplando.
La energía que desprendía traspasaba las paredes. Era una ola de calma casi susurrante, que se arrastraba por todos los recovecos de la habitación. Cuando se reía, pequeñas ráfagas de electricidad te pinchaban, buscando puntos débiles. Era contagioso, un evento imposible de pasar desapercibido.
La luz de la habitación iba cambiando. Atardecía. El tiempo desaparecía rápidamente. Sus "¿estás mejor?" se oían distantes, como pequeñas gotas de lluvia lamiendo un cristal roto. No se enteraba de que lo amortiguaba todo, como la hierba naciente en un campo abatido por las tormentas. Allí yo solo me sentía tierra; profunda, resistente e imperturbable. Y todo me olía a petricor. Y estaba en paz.
A la cuarta vez que me cambió la disposición de la habitación, me enfadé de verdad. Se afligió bastante y prometió no volver a hacerlo, pero recriminándome a la vez que yo tenía mucho carácter, cosa que en absoluto es cierta. Hoy ha olvidado sus palabras por quinta vez. He estallado en argumentos sobre por qué necesito mi espacio personal mientras vivamos bajo el mismo techo. Me controlo a nivel infinito a pesar de que me gustaría que se cayese el cielo, simplemente, porque estoy discutiendo con mamá y la quiero demasiado. No obstante, en su mente, yo estoy montando un numerito realmente exagerado. Estoy segura.
Ella defiende una y otra vez que esta es su casa y que mi cuarto está mejor así (como sea que ella lo ponga). Nunca quiere entender ni ceder, pero esta vez quiero que me escuche. Hablo y hablo, nos pisamos. Soy más directa, para que esta vez cale el mensaje. Se ha puesto triste, casi haciendo un puchero medio enfadada medio queriendo mandarme a la porra, y ha refunfuñado que está cansada porque siempre me cabreo por tonterías. No quiere entender que esos siempre, son el mismo enfado. Siempre es la misma circunstancia, en diferentes tiempos y perspectivas, la que me saca las uñas para defender mi territorio.
Prefiere no asumir que estoy rozando los treinta años y que ya sé elegir mi vida sin su ayuda. Que es hora de que se baje levemente del escenario para dejarme elegir. Que sé lo que quiero, y que necesito tener control sobre una pequeña porción de mi entorno. Al menos, sobre mis cosas. Mi privacidad es algo imprescindible, incluso si tengo que volver a casa una y otra vez porque el sueldo no da para nada. Está molesta y ya no me oye y, como me da pena, no quiero seguir discutiendo. Discutir con mamá es extenuante, porque no quiero hacerla daño. Si tan solo supiera lo que me controlo... pero no lo sabe. Y volverá a errar. Porque para mis padres nunca seré suficientemente mayor.
Cómo odia los enfrentamientos. Tiene miedo. Tanto, tanto miedo, que le castañean los dientes. Relee otras veinte veces lo que ha escrito. Un poco agresivo. Le da una vuelta de tuerca. Qué blando. Es que en realidad fue bastante fuerte. Lo cambia de nuevo. Se plantea si con el tiempo que ha pasado, merecerá la pena tanto quebradero de cabeza. Total, ya no es cosa suya. ¿O sí lo es? ¿Son cosa suya las personas del futuro? ¿Va con ella mirar a otro lado y que las cosas injustas sigan siendo igual para siempre?
Piensa un rato que se antoja eterno y al final, aprieta el botón "enter". Qué de temblores. Pero no pasa nada en absoluto. Al menos, no inmediatamente.
"Corre, email", piensa. "Llega lejos y que sea yo la única que no sepa que te han leído. Por lo menos, para mi salud mental."
Se sentó en el empedrado del soportal, justo al borde de donde acababa el tejadillo que la protegía de la lluvia. Un centímetro más lejos de su nariz, una cortina de pequeñas gotas caía con rectitud furiosa hasta el suelo. No sabía que el agua terminaría siguiendo la pendiente de las grietas y alcanzaría su refugio serpenteando por el grabado de las baldosas, precisa hasta mojar su pantalón, así que permaneció allí quieta y confiada más tiempo de la cuenta.
Se sentía un poco como antaño. Adormilada y sin muchas ganas. El tiempo había decidido ir más despacio y dejar espacio para que todo se masticase a la perfección. Suspiró varias veces y bostezó. Bostezó mil veces, como sin aire.
Notaba distorsionado todo aquello que había dado sentido a su trayectoria hasta aquel entonces, como si de nuevo se hubieran cambiado los raíles de su tren. Y ya no sabía qué importaba y qué no, ni qué esperar de lo que pensaba conocer. Ni tan siquiera estaba segura de qué quería hacer en los minutos siguientes.
Se vio movida por otro instinto que nada tenía que ver con lo que quería o había decidido. Dio un respingo al notar el agua calar sus piernas, y luego sus muslos. Masculló unas cuantas palabrotas mientras se sacudía, pero estaba calada y tuvo que girar sobre sus pasos y regresar a casa. A veces es la vida la que no nos deja permanecer estáticos mucho tiempo. Si no tomas tus decisiones, otros las tomarán por ti. Y en ocasiones, tampoco lo vamos a negar, esa inercia es la que nos hace seguir adelante.
confirmamos temores
que supusimos reales
en algún momento lejano,
pero que no han perdido importancia
al ser la leña que lanzará el tiempo
para poner a prueba la confianza
y resquebrajar el orgullo
de compartir aventuras.