La penumbra llega demente, tibia y perpetua a la sala. Se desliza con parsimonia y otea la Nada. Exhala. Alza la mirada y proclama: "rebelaos ante el fin de la luz o he aquí mi trono, he aquí mi legado, he aquí mi imperio." Eleva su copa en un brindis incompleto y la vuelca. La sangre serpentea sobre el mármol blanco de una gran escalinata. Qué grotesco. Qué desafiante. Ese fue el momento exacto en el que sentí la presencia de La Muerte.
viernes, 28 de febrero de 2014
miércoles, 26 de febrero de 2014
Sujeta ranas.
"-¿Estás seguro de que es él? -dije mirándole con suspicacia. Parecía muy convencido.
-Estoy seguro.
-Ella no parece muy segura- miré a la rana arrugando la nariz. Las manos del joven la
sujetaban frente a mi cara.
-Vamos... ¡No tengo todo el día! ¡Bésala de una vez!- me puse bizca mientras miraba al pobre
animal y, con un gruñido, cerré los ojos y apreté los labios. Al final me eché hacia atrás y
aparté la boca.
-Sinceramente... esa corona no me convence -dije insegura y vi cómo mi amigo dejaba
a la rana en el suelo con un sonoro suspiro.
-Bien, entonces prueba conmigo - le miré interrogante-. Quién sabe. ¿Y si tu príncipe soy yo?
Bésame a mí, ¿no? Al "sujeta ranas".
Fue la primera vez que reí en todo el día."
PDT: Escrito el 21 de Septiembre de 2010, 16 años. Me ha parecido suficientemente tierno como para publicarlo aquí.
viernes, 14 de febrero de 2014
Rendición
-No consigo llenar del todo los pulmones. Siento que a veces me falta el aire- susurró mirando al horizonte.
Tenía las piernas recogidas bajo los brazos y la barbilla apoyada sobre las rodillas. Parecía pequeña, más frágil y más pensativa que nunca. Recuerdo que hacía frío. Había sentido su llamada, y ella me había traído a su realidad. A veces me necesitaba en sueños. A veces ni siquiera me hacía acudir, pero la sentía pensándome. En aquella ocasión quería hablar con alguien y la soledad le pesaba demasiado. No necesitaba que yo dijera nada. Sólo que la observase mientras hablaba, mientras sacaba la verdad de donde fuera que la hubiera mantenido escondida. Sólo necesitaba decir algo en voz alta y que no fuera en vano.
Suspiró, y bajó los pies al suelo a la vez que su mirada se apartaba del más allá. Se dejó caer contra el respaldo del banco que habíamos ocupado, y encerró su mano izquierda con la derecha para darse calor. Comprendí que estaba buscando las palabras apropiadas para un comienzo.
-¿Nunca has sentido que las cosas que tocas se despedazan?- era una pregunta que no esperaba respuesta. Una introducción. Un dedo cruzando la línea invisible que separa una confesión del silencio. Se humedeció los labios y se removió en el asiento. Inclinó la cabeza a un lado y a otro, preguntándose si debía continuar-. Cada vez que quiero algo... cada vez que amo algo, que consigo tenerlo y después decido dejarlo marchar, sale de mis manos deteriorado, mustio, sin vida. Desaparece siendo distinto a cómo lo conocí.
Dejé de respirar unos instantes, pero no me di cuenta. La joven mirada de aquella que me invocaba día tras día se había endurecido. "Se odia a sí misma" comprendí. Ella deslizó los ojos por sus manos mientras jugaba con un anillo giratorio. Le daba vueltas y miraba sus adornos como si no los hubiera visto nunca. Sin embargo, yo sabía que su mente estaba en otra parte.
- A veces pienso que podría hacer algo al respecto, que quizás hay algo en mí que está mal. Que tal vez ame las cosas de una forma tan efímera que ni siquiera merece la pena mencionarlo en voz alta- negó con la cabeza y arrugó el ceño-. A veces me da miedo. Me doy miedo. ¿Cómo construyen el resto de personas esos templos infranqueables para su amor? ¿Cómo logran que no se derrumben pese al tiempo, las dudas... pese a la vida? ¿Por qué siento que esas fortalezas no son para mí? Nunca voy a saber crear algo tan resistente como para que las cosas que deseo no caigan al olvido, a la nada.
Pestañeó repetidamente y pude sentir en mis propios ojos el escozor de las lágrimas. Desvié la mirada de su rostro. No sabía cómo consolarla. Las palabras eran tan duras que podría haberlas palpado en el ambiente. Tomé una pequeña flor que había crecido a nuestros pies, bajo el banco, y se la dejé con cuidado sobre el regazo. Ella la miró con ternura y esbozó una sonrisa triste. Tomó la flor entre sus manos y ésta comenzó a crecer. Se hizo grande, hermosa, y envolvió con sus raíces las pequeñas manos de la joven.
-Yo no sé querer - desenredó las raíces de la flor hasta que fue capaz de sacar las manos y acariciar sus pétalos con cuidado-. La gente que no sabe querer no debería dejar que las personas que sí saben hacerlo se le acerquen, ¿entiendes? Porque se enredan en ti. Se aferran a lo que eres, a lo que ofreces, a lo que significas para ellas. Se crea una dependencia que tú nunca vas a poder atisbar, que tú nunca vas a comprender, que tú nunca...- se le quebró la voz-, que tú nunca vas a tener.
Alzó la cabeza y cerró los ojos cuando el viento le acarició las mejillas. Quise decirle que no debía pensar así, que esa sensación se iría cuando creciera. Que cuando dejara el pasado atrás y aprendiera a quebrar la coraza que cubría su corazón quizás entendiera que los sentimientos más grandes despiertan sólo en el momento adecuado. No me atreví.
-No puedo ofrecer garantías de permanecer en ninguna parte. A veces el sol se va y a veces siento que soy yo la que no debe quedarse. Siento voces quebradas llamándome, rogando que me quede junto a ellas y, sin embargo, cuando miro atrás no veo a nadie por quien luchar. ¿Puede ser ese el problema?- abrió los ojos y barrió el horizonte con el alma. Aguardó unos instantes, se maldijo a sí misma y después continuó-. No. La realidad es que he conocido a gente por la que merecería la pena pelear. Simplemente he logrado vivir sin tenerlos junto a mí. ¿Suena tan horrible como yo lo siento? Probablemente sí. Porque he podido dejarlos atrás y sobrevivir sin más.
Suspiró y, apartando la flor de su regazo, metió las manos en los bolsillos y se levantó. Por primera vez en aquella hora, se giró para mirarme, pero sus ojos me atravesaban como puñales. Ardían, ardían con la rabia que sólo un ser humano puede provocarse a sí mismo. Quise abrazarla.
-¿Y tú? ¿Me amas a caso? - se acercó dos pasos. Sus preguntas directas al alma, como cristales de nieve. Temblé mientras alzaba la vista para mirarla a los ojos. No articulé palabra. Le temblaban las manos-. ¿Me amas? ¿Te has enamorado de mí? Sí... lo veo. Lo siento aquí- se llevó el dedo a las costillas, apuntando a un rincón de sí misma que yacía resguardado por cuatro torres y diez mil soldados. Su rostro se descompuso de tristeza-. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has dejado que ocurra? Ahora tendré que dejarte ir a ti también. ¿A caso no has entendido nada de lo que he dicho?- me miraba con angustia. Quizás me quisiera golpear para hacerme entender por qué no debía quererla. Se inclinó lo necesario para estar a la altura de mis ojos y me besó con desesperación. Fueron dos segundos que me dejaron lo suficientemente aturdido como para no perseguirla y continuar con aquello. Se incorporó con los ojos cerrados y negó con la cabeza. "No ha sentido nada", intuí-. No puedo hacerlo- masculló sin embargo-. Y tú... tú ni siquiera existes.
La vi alejarse a grandes zancadas de mí. Me dejó allí tirado, desmadejado en aquel solitario banco con los sentidos protestando porque no entendían nada. Solo sabía que aquella sería la última vez que ella me llamaría y me convocara para estar a su lado. La intuí saliendo del parque y resguardándose entre sábanas para llorar. Sentí una turbación extraña dentro de mí. Miré a mi derecha y encontré la flor que le había regalado. Se había marchitado. Cuando comencé a desvanecerme, me la llevé conmigo para evitar olvidar.
Tenía las piernas recogidas bajo los brazos y la barbilla apoyada sobre las rodillas. Parecía pequeña, más frágil y más pensativa que nunca. Recuerdo que hacía frío. Había sentido su llamada, y ella me había traído a su realidad. A veces me necesitaba en sueños. A veces ni siquiera me hacía acudir, pero la sentía pensándome. En aquella ocasión quería hablar con alguien y la soledad le pesaba demasiado. No necesitaba que yo dijera nada. Sólo que la observase mientras hablaba, mientras sacaba la verdad de donde fuera que la hubiera mantenido escondida. Sólo necesitaba decir algo en voz alta y que no fuera en vano.
Suspiró, y bajó los pies al suelo a la vez que su mirada se apartaba del más allá. Se dejó caer contra el respaldo del banco que habíamos ocupado, y encerró su mano izquierda con la derecha para darse calor. Comprendí que estaba buscando las palabras apropiadas para un comienzo.
-¿Nunca has sentido que las cosas que tocas se despedazan?- era una pregunta que no esperaba respuesta. Una introducción. Un dedo cruzando la línea invisible que separa una confesión del silencio. Se humedeció los labios y se removió en el asiento. Inclinó la cabeza a un lado y a otro, preguntándose si debía continuar-. Cada vez que quiero algo... cada vez que amo algo, que consigo tenerlo y después decido dejarlo marchar, sale de mis manos deteriorado, mustio, sin vida. Desaparece siendo distinto a cómo lo conocí.
Dejé de respirar unos instantes, pero no me di cuenta. La joven mirada de aquella que me invocaba día tras día se había endurecido. "Se odia a sí misma" comprendí. Ella deslizó los ojos por sus manos mientras jugaba con un anillo giratorio. Le daba vueltas y miraba sus adornos como si no los hubiera visto nunca. Sin embargo, yo sabía que su mente estaba en otra parte.
- A veces pienso que podría hacer algo al respecto, que quizás hay algo en mí que está mal. Que tal vez ame las cosas de una forma tan efímera que ni siquiera merece la pena mencionarlo en voz alta- negó con la cabeza y arrugó el ceño-. A veces me da miedo. Me doy miedo. ¿Cómo construyen el resto de personas esos templos infranqueables para su amor? ¿Cómo logran que no se derrumben pese al tiempo, las dudas... pese a la vida? ¿Por qué siento que esas fortalezas no son para mí? Nunca voy a saber crear algo tan resistente como para que las cosas que deseo no caigan al olvido, a la nada.
Pestañeó repetidamente y pude sentir en mis propios ojos el escozor de las lágrimas. Desvié la mirada de su rostro. No sabía cómo consolarla. Las palabras eran tan duras que podría haberlas palpado en el ambiente. Tomé una pequeña flor que había crecido a nuestros pies, bajo el banco, y se la dejé con cuidado sobre el regazo. Ella la miró con ternura y esbozó una sonrisa triste. Tomó la flor entre sus manos y ésta comenzó a crecer. Se hizo grande, hermosa, y envolvió con sus raíces las pequeñas manos de la joven.
-Yo no sé querer - desenredó las raíces de la flor hasta que fue capaz de sacar las manos y acariciar sus pétalos con cuidado-. La gente que no sabe querer no debería dejar que las personas que sí saben hacerlo se le acerquen, ¿entiendes? Porque se enredan en ti. Se aferran a lo que eres, a lo que ofreces, a lo que significas para ellas. Se crea una dependencia que tú nunca vas a poder atisbar, que tú nunca vas a comprender, que tú nunca...- se le quebró la voz-, que tú nunca vas a tener.
Alzó la cabeza y cerró los ojos cuando el viento le acarició las mejillas. Quise decirle que no debía pensar así, que esa sensación se iría cuando creciera. Que cuando dejara el pasado atrás y aprendiera a quebrar la coraza que cubría su corazón quizás entendiera que los sentimientos más grandes despiertan sólo en el momento adecuado. No me atreví.
-No puedo ofrecer garantías de permanecer en ninguna parte. A veces el sol se va y a veces siento que soy yo la que no debe quedarse. Siento voces quebradas llamándome, rogando que me quede junto a ellas y, sin embargo, cuando miro atrás no veo a nadie por quien luchar. ¿Puede ser ese el problema?- abrió los ojos y barrió el horizonte con el alma. Aguardó unos instantes, se maldijo a sí misma y después continuó-. No. La realidad es que he conocido a gente por la que merecería la pena pelear. Simplemente he logrado vivir sin tenerlos junto a mí. ¿Suena tan horrible como yo lo siento? Probablemente sí. Porque he podido dejarlos atrás y sobrevivir sin más.
Suspiró y, apartando la flor de su regazo, metió las manos en los bolsillos y se levantó. Por primera vez en aquella hora, se giró para mirarme, pero sus ojos me atravesaban como puñales. Ardían, ardían con la rabia que sólo un ser humano puede provocarse a sí mismo. Quise abrazarla.
-¿Y tú? ¿Me amas a caso? - se acercó dos pasos. Sus preguntas directas al alma, como cristales de nieve. Temblé mientras alzaba la vista para mirarla a los ojos. No articulé palabra. Le temblaban las manos-. ¿Me amas? ¿Te has enamorado de mí? Sí... lo veo. Lo siento aquí- se llevó el dedo a las costillas, apuntando a un rincón de sí misma que yacía resguardado por cuatro torres y diez mil soldados. Su rostro se descompuso de tristeza-. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has dejado que ocurra? Ahora tendré que dejarte ir a ti también. ¿A caso no has entendido nada de lo que he dicho?- me miraba con angustia. Quizás me quisiera golpear para hacerme entender por qué no debía quererla. Se inclinó lo necesario para estar a la altura de mis ojos y me besó con desesperación. Fueron dos segundos que me dejaron lo suficientemente aturdido como para no perseguirla y continuar con aquello. Se incorporó con los ojos cerrados y negó con la cabeza. "No ha sentido nada", intuí-. No puedo hacerlo- masculló sin embargo-. Y tú... tú ni siquiera existes.
La vi alejarse a grandes zancadas de mí. Me dejó allí tirado, desmadejado en aquel solitario banco con los sentidos protestando porque no entendían nada. Solo sabía que aquella sería la última vez que ella me llamaría y me convocara para estar a su lado. La intuí saliendo del parque y resguardándose entre sábanas para llorar. Sentí una turbación extraña dentro de mí. Miré a mi derecha y encontré la flor que le había regalado. Se había marchitado. Cuando comencé a desvanecerme, me la llevé conmigo para evitar olvidar.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Alcohol defectuoso.
"El joven toma la botella de whiskey y se aleja del grupo de adolescentes que, como él, han decidido
ir a las afueras de la ciudad para celebrar cierto cumpleaños, de cierta persona, que casi nadie conoce.
Pensó que sería un buen día. De hecho, lo fue hasta que a mitad de la reunión, apareció ella con él. Su
sorpresa, sin embargo, fue menor que su dolor... parecido al de dos cuerdas estirando de sus costillas hacia
lados diferentes. A partir de ese momento, el humo de los cigarrillos era casi tóxico para respirar y los
decibelios de la fiesta excesivos para sus oídos. Por ello, acabó tirado en la hierba, apartado del resto,
botella de alcohol en mano... pero con el paso de las horas comprendió que ni todos los litros de whiskey
que podría beberse conseguirían calmar un ápice de la desilusión que sentía."
ir a las afueras de la ciudad para celebrar cierto cumpleaños, de cierta persona, que casi nadie conoce.
Pensó que sería un buen día. De hecho, lo fue hasta que a mitad de la reunión, apareció ella con él. Su
sorpresa, sin embargo, fue menor que su dolor... parecido al de dos cuerdas estirando de sus costillas hacia
lados diferentes. A partir de ese momento, el humo de los cigarrillos era casi tóxico para respirar y los
decibelios de la fiesta excesivos para sus oídos. Por ello, acabó tirado en la hierba, apartado del resto,
botella de alcohol en mano... pero con el paso de las horas comprendió que ni todos los litros de whiskey
que podría beberse conseguirían calmar un ápice de la desilusión que sentía."
*Este texto fue redactado el 6 de Noviembre de 2010, cuando tenía 16 años.
Sigue sorprendiéndome lo que escribía.
miércoles, 29 de enero de 2014
La inercia del pensamiento.
Una reflexión muy simple se acaba de abrir paso entre mis pensamientos para asentarse en a penas cinco minutos en mis dedos y plasmarse en esta hoja en blanco. Sin revisar, redactada mediante escritura automática, aquí la dejo:
Cuando alguien nos pregunta: ¿serías capaz de hacerlo? Siempre nos situamos en un contexto virtual que se aleja mucho de la realidad. Por eso, nuestras respuestas nunca son sinceras del todo. Nunca decimos con la piel erizada, con el vértigo en los ojos, lo que realmente nos produce imaginarnos en la situación que nos plantean con esas preguntas esporádicas. Todas ellas nos incitan a plantearnos ambientes hipotéticos, la mayoría de ellos que nos proponen un reto personal. ¿Serías capaz de saltar desde un puente? ¿Comerías un escarabajo? ¿Robarías si no tuvieras dinero ni para comer? y la más inquietante de todas... ¿Serías capaz de matar a alguien?
Apoltronada como estoy en mi butaca, frente al ordenador, todas estas preguntas me han golpeado como un mazo. Muchas de ellas las he respondido con anterioridad, bien en Ask, bien en persona a amigos, familiares... ya sabéis. La gente cree que te conoce cuando sabe datos absurdos sobre ti, y tú te sientes más cerca de ellos cuando logras responder al tercer grado al que te someten. No obstante, he intentado responder para mí misma varias de esas preguntas, sólo por aburrimiento, lo confieso, en la tranquilidad de mi retiro. Me he inquietado al darme cuenta de que ningunas de las veces me había planteado REALMENTE el estar en cualquiera de esas situaciones. Me explico. ¿Serías capaz de saltar desde un puente? Sí (he hecho rápel varias veces y no debe ser muy diferente) ¿Comerías un escarabajo? No lo creo (a no ser que tuviera necesidad extrema de hacerlo) ¿Robarías si no tuvieras ni para comer? No, intentaría salir de mi situación de otra manera. ¿Serías capaz de matar a alguien? ¡NO!
Bien. Os he dado las respuestas más comunes a estas preguntas, junto con pensamientos fugaces que suelen aparecer en nuestra mente cuando en un solo instante, tu interlocutor espera una respuesta rápida y convincente. Ahora es cuando os pido que os paréis a pensar en ellas detenidamente. Ah, no. Estáis haciendo lo mismo que cuando os pregunta vuestro amigo y espera esa breve respuesta. Os imagináis levemente la escena, como en las películas. Nunca, nunca, usáis el presente temporal para situaros.
Aquí y ahora, donde estáis, se abre un agujero de 30 metros de profundidad a vuestros pies, con agua arrastrándose con furia al fondo, erosionando los bordes que forman su cauce. Cierra los ojos, toca tu propia mano. Estás ahí, ahora, y solo una barandilla te separa del vacío. Ahora sí. ¿Saltarías desde un puente? Nunca te has planteado esa atmósfera en realidad, y probablemente tampoco las otras tres que he propuesto al azar para ilustrar esta reflexión. Todas las acciones hipotéticas que te han puesto sobre la mesa las has imaginado siempre en un contexto fantasioso, idílico o desagradable, dependiendo de prejuicios de otras personas, moral barata vendida por la sociedad o experiencias anteriores que hayas tenido. Pasa con los miedos. Pasa con el amor. "No voy a subirme al ascensor porque me da claustrofobia", y te imaginas encerrado en un metro cuadrado aguardando a que se abran unas diminutas puertas y te liberen. "Si me declaro me va a rechazar" e imaginas sus ojos mirándote con superioridad y a ti, boqueando como un pececillo haciendo un absoluto ridículo con tus tartamudeos. Lidiar con un temor determinado es muy duro, pero en cuanto comprendes esta simple idea que trato de explicar, tendrás el poder sobre cualquier terror. Cualquiera.
¿Comerías un escarabajo? ¿Robarías si no tuvieras ni para comer? ¿Sigues teniendo la misma respuesta en tu mente después de situarte en la realidad en ese escenario? No, ¿verdad? Pasemos al último nivel. ¿Serías capaz de matar a alguien? Imagina a una persona ante tus ojos. No quieres matarla sin motivo, por supuesto. La violencia gratuita no va contigo. ¿Qué ha podido hacer ese ser para molestarte lo suficiente como para querer asesinarlo? Puede que muchos nunca lleguéis a esta conclusión. Puede que sea yo la única que ha conseguido salir del pensamiento virtual y dejarme corroer por la rabia, por la impotencia, y por una ira que no creí que me caracterizara. ¿Serías capaz de matar a alguien? Si hubiera hecho verdadero daño a alguien a quien realmente quiero, sí. Sin dudarlo. Y con esta simple reflexión, fue como encontré una parte de mí que no conocía, y que hasta ese momento había construido con un espejismo de mi reflejo. Ahora que todos habéis entendido lo que quería decir, haceros una última pregunta... ¿Cómo fue capaz él, ella, de hacerlo? Cuántas veces nos lo habremos preguntado y qué hipócritas fuimos juzgando, ¿verdad?
Cuando alguien nos pregunta: ¿serías capaz de hacerlo? Siempre nos situamos en un contexto virtual que se aleja mucho de la realidad. Por eso, nuestras respuestas nunca son sinceras del todo. Nunca decimos con la piel erizada, con el vértigo en los ojos, lo que realmente nos produce imaginarnos en la situación que nos plantean con esas preguntas esporádicas. Todas ellas nos incitan a plantearnos ambientes hipotéticos, la mayoría de ellos que nos proponen un reto personal. ¿Serías capaz de saltar desde un puente? ¿Comerías un escarabajo? ¿Robarías si no tuvieras dinero ni para comer? y la más inquietante de todas... ¿Serías capaz de matar a alguien?
Apoltronada como estoy en mi butaca, frente al ordenador, todas estas preguntas me han golpeado como un mazo. Muchas de ellas las he respondido con anterioridad, bien en Ask, bien en persona a amigos, familiares... ya sabéis. La gente cree que te conoce cuando sabe datos absurdos sobre ti, y tú te sientes más cerca de ellos cuando logras responder al tercer grado al que te someten. No obstante, he intentado responder para mí misma varias de esas preguntas, sólo por aburrimiento, lo confieso, en la tranquilidad de mi retiro. Me he inquietado al darme cuenta de que ningunas de las veces me había planteado REALMENTE el estar en cualquiera de esas situaciones. Me explico. ¿Serías capaz de saltar desde un puente? Sí (he hecho rápel varias veces y no debe ser muy diferente) ¿Comerías un escarabajo? No lo creo (a no ser que tuviera necesidad extrema de hacerlo) ¿Robarías si no tuvieras ni para comer? No, intentaría salir de mi situación de otra manera. ¿Serías capaz de matar a alguien? ¡NO!
Bien. Os he dado las respuestas más comunes a estas preguntas, junto con pensamientos fugaces que suelen aparecer en nuestra mente cuando en un solo instante, tu interlocutor espera una respuesta rápida y convincente. Ahora es cuando os pido que os paréis a pensar en ellas detenidamente. Ah, no. Estáis haciendo lo mismo que cuando os pregunta vuestro amigo y espera esa breve respuesta. Os imagináis levemente la escena, como en las películas. Nunca, nunca, usáis el presente temporal para situaros.
Aquí y ahora, donde estáis, se abre un agujero de 30 metros de profundidad a vuestros pies, con agua arrastrándose con furia al fondo, erosionando los bordes que forman su cauce. Cierra los ojos, toca tu propia mano. Estás ahí, ahora, y solo una barandilla te separa del vacío. Ahora sí. ¿Saltarías desde un puente? Nunca te has planteado esa atmósfera en realidad, y probablemente tampoco las otras tres que he propuesto al azar para ilustrar esta reflexión. Todas las acciones hipotéticas que te han puesto sobre la mesa las has imaginado siempre en un contexto fantasioso, idílico o desagradable, dependiendo de prejuicios de otras personas, moral barata vendida por la sociedad o experiencias anteriores que hayas tenido. Pasa con los miedos. Pasa con el amor. "No voy a subirme al ascensor porque me da claustrofobia", y te imaginas encerrado en un metro cuadrado aguardando a que se abran unas diminutas puertas y te liberen. "Si me declaro me va a rechazar" e imaginas sus ojos mirándote con superioridad y a ti, boqueando como un pececillo haciendo un absoluto ridículo con tus tartamudeos. Lidiar con un temor determinado es muy duro, pero en cuanto comprendes esta simple idea que trato de explicar, tendrás el poder sobre cualquier terror. Cualquiera.
¿Comerías un escarabajo? ¿Robarías si no tuvieras ni para comer? ¿Sigues teniendo la misma respuesta en tu mente después de situarte en la realidad en ese escenario? No, ¿verdad? Pasemos al último nivel. ¿Serías capaz de matar a alguien? Imagina a una persona ante tus ojos. No quieres matarla sin motivo, por supuesto. La violencia gratuita no va contigo. ¿Qué ha podido hacer ese ser para molestarte lo suficiente como para querer asesinarlo? Puede que muchos nunca lleguéis a esta conclusión. Puede que sea yo la única que ha conseguido salir del pensamiento virtual y dejarme corroer por la rabia, por la impotencia, y por una ira que no creí que me caracterizara. ¿Serías capaz de matar a alguien? Si hubiera hecho verdadero daño a alguien a quien realmente quiero, sí. Sin dudarlo. Y con esta simple reflexión, fue como encontré una parte de mí que no conocía, y que hasta ese momento había construido con un espejismo de mi reflejo. Ahora que todos habéis entendido lo que quería decir, haceros una última pregunta... ¿Cómo fue capaz él, ella, de hacerlo? Cuántas veces nos lo habremos preguntado y qué hipócritas fuimos juzgando, ¿verdad?
viernes, 24 de enero de 2014
Mirar atrás.
"La lluvia intenta susurrarme las palabras correctas, pero no soy capaz de oír.
La gente habla y la entiendo, pero sé que el verdadero sentido de todo esto no me lo
pueden explicar en este idioma.
Alzo la vista, lectora, y miro al cielo. Recorro con los dedos su blanca caligrafía.
No lo entiendo.
Frente a mí, una rosa nace y extiende sus pétalos como si me fuera a abrazar...
pero no es a mí a quien espera.
pero no es a mí a quien espera.
La lluvia lame su seno hasta que se estremece.
Ninguna gota parece percatarse de sus espinas, pero ahí están para que yo
no pueda buscar en ella la razón de su esplendor.
no pueda buscar en ella la razón de su esplendor.
Empuño la tierra húmeda y la lanzo a mi alrededor.
Ya no estoy.
Ya no me ven.
Ahora sólo soy cenizas.
Ahora sí lo entiendo."
<
resalta especialmente por su calidad literaria, sí que plasma a la perfección una sensación que sigue
persiguiéndome en ocasiones. La incertidumbre. >>
resalta especialmente por su calidad literaria, sí que plasma a la perfección una sensación que sigue
persiguiéndome en ocasiones. La incertidumbre. >>
viernes, 17 de enero de 2014
Ñoñerías.
Las malas lenguas dicen que confesar la verdad, te hace quitarte un peso de encima. Mientras te observaba sentada frente a mí, en un banco lacerado por el tiempo y anclado a ninguna parte, la sensación angustiosa que te oprime el estómago antes de decir algo importante seguía allí. No tenía nada más que pronunciar, y por eso te miraba sin apartar los ojos de tu rostro. Por eso no me movía. Se suponía que te tocaba a ti reaccionar... pero no lo hacías. La tirantez de mis entrañas se hizo más intensa, y maldije en voz baja a todos los falsos oráculos que hablaban sobre la sinceridad y la gran importancia que tenía hacer uso de ella para sentirnos plenos. Yo sólo podía percibir un miedo atroz golpeando ritmicamente mi pecho.
Te apartaste un mechón de los ojos con suma lentitud y subiste las piernas al borde del banco, formando un ovillo de perfección que se antojaba exótico en un lugar tan común como el que estábamos.Tus dedos trazaban círculos sobre la tela de los vaqueros que llevabas, y tu mirada los seguía con atención artificial. Comprendí que lo que pretendías era evitar mis ojos escrutándote y pensé: "la he hecho buena". Tragué saliva y clavé las uñas en la madera de aquel estúpido banco, luchando conmigo mismo para no sacarte las palabras zarandeándote. En aquel momento, habría pagado por leer la mente y escribir sobre tus pensamientos un final perfecto para aquella historia, pero esos eran solo los deseos de alguien desesperado. Entonces no aguanté más. No soportaba ver perdidos tus ojos por más tiempo. Se me escaparon las palabras.
-No tienes que decir nada- susurré-. Solo quería que lo supieras.
No hizo ningún movimiento, y sentí que algo se iba apagando en mi interior. Maldije diez mil veces a todos los dioses, al aire, a la tierra, al fuego y al agua.
-No te preocupes, en serio - no me atreví a tocarla ni para darle un poco de consuelo, así que comencé a levantarme con la intención de darle un poco de espacio-. Ha sido una tontería por mi...
De repente una mano pequeña y cálida se cerró sobre mi muñeca y me detuvo. Miré el rostro de la joven con sorpresa, y descubrí las lágrimas que sus ojos intentaban contener a duras penas. De sopetón, me encontré con su voz acariciando mis oídos.
-Yo también a ti- y esa fue la frase que, saltándose mi ridículo monólogo, tiró por tierra horas y días de imaginación desenfrenada en los que había tratado de adivinar cuál sería la respuesta que obtendrían mis palabras si me atrevía a pronunciarlas.
No podía dejar de mirarla, y entonces ella, en un gesto perezoso, se levantó para estar a mi altura, se secó las lágrimas como la valiente que yo siempre supe que era, y me sonrió. Supuse que era su forma de disculparse por la agonía del silencio que había abierto un abismo entre nosotros durante varios minutos... pero nada de eso importaba ya. Solo estaba ella. Ella y su aroma, ella y su cara de niña buena. Ella y sus rarezas, su ternura, sus ojos curiosos. Daba igual lo demás. Era ella y el conglomerado de piezas que la formaban lo que me hizo respirar y desterrar de mi vida el peso que me había incordiado durante meses. Ni la sinceridad, ni una confesión a tiempo, hubieran podido actuar como una panacea más efectiva que el amor.
lunes, 23 de diciembre de 2013
Espejismo
Salí de la empresa, como siempre, con prisas. No veía el momento de llegar a casa, aflojar la corbata que llevaba ahorcándome toda la reunión de la junta directiva y sentarme en el sofá frente al televisor. Recuerdo que hacía frío y que todo el mundo iba embutido en enormes abrigos de plumas. Las señoras preferían cubrirse con unas horrorosas matas de pelo que, unidas a la lentitud con la que andaban, a veces terminaban metiéndose en tu boca. Esquivé con irritación a varias de ellas. Mis pasos eran certeros, ágiles y elegantes. Se notaba a la legua que tenía mucha práctica. Era la rutina de toda la semana. Ese día, no obstante, sentía que estaba perdiendo un tiempo muy valioso. Había partido y la acera parecía encogerse con tantas personas moviéndose a la vez. Entorné los ojos y decidí cruzar la calle para evitar la zona comercial de la capital. Si tenía que esperar a que la multitud me abriera paso hasta el metro, llegaría cuando finalizase el partido de la semana siguiente.
Cuando logré alcanzar un paso de cebra, el semáforo cambió de color para torturarme un poco más. Los coches arrasaron con el espacio que segundos antes había estado libre para caminar. Suspiré. "Qué semáforo más lento. Qué de coches. Qué coñazo." pensé, y sin querer entré en un bucle que se me antojó eterno. Decidí distraerme observando lo que tenía a mi alrededor. Fue entonces cuando la vi. Una joven de melena larga y lisa, de piel besada por el sol, envuelta en un vestido diminuto y abrigada con tan solo una chaqueta de punto. El atuendo no dejaba mucho a la imaginación, pero ella estaba allí plantada, sin seña alguna de tener frío, esperando lo mismo que yo, que el estúpido semáforo nos dejara continuar con nuestras vidas. Era una de esas chicas a las que nadie aspira, a la que los hombres admirarían de lejos y pondrían de fondo de pantalla en el móvil para deleitarse al desbloquearlo. Mis ojos no pudieron despegarse de ella, y el que la joven me devolviera la mirada y me sonriera, consiguió que dejara de respirar al instante.
Un desagradable pitido me despertó de golpe. El semáforo nos daba vía libre para pasar, pero yo no podía moverme. La gente me empujaba sin inmutarse y oí a un anciano mascullar insultos a bocajarro debido a mi inoportuno parón en medio de la calle. No le dejaba pasar. La cuestión es que la joven sí se movía. Y se movía hacia mí en linea recta. Y seguía mirándome y yo solo alcancé a tragar saliva. Di las gracias mil veces por el tropiezo que la hizo caer en el ángulo perfecto para que yo la atrapara. Oí mi maletín, con toda la documentación de la oficina, caer y desparramar su contenido por el asfalto, pero la cogí antes de que cayera al suelo y eso es lo único que me importó. Nos miramos y me sonrió de nuevo, agradecida, mientras rodeaba mi cuello con sus brazos para no resbalar. Recorrí con lujuria sus largas piernas, desde los tacones rojos que llevaba hasta el borde de su vestido. Entonces me dije: "éste es mi día" y quise retener ese momento en mi memoria todo lo que pudiera para futuros bajones de autoestima. Giré la cabeza levemente, lo justo para observar nuestro reflejo en uno de los escaparates de ropa que envolvían la manzana. Entonces reparé en algo escalofriante. Allí donde deberiamos de haber aparecido ambos, en una postura de cuento, de película, de ensueño... solo estaba yo envolviendo los brazos ridículamente sobre la nada.
Miré con extrañeza a la hermosa mujer a la que había salvado segundos antes y... seguía allí, mirándome con unos ojos que prometían muchas cosas. Se mordió el labio inferior con descaro, invitándome a besarla. Volví a mirar el escaparate. Nada. Vacío. Aire. Con el corazón rebotando en el pecho, la solté de golpe. No me dio tiempo a oír su gritito ahogado. En una acera se quedó mi maletín, parte de mi vida y lo que podría haber sido una de mis mejores fantasías. Por el momento, preferí echar a correr y no parar hasta llegar a mi casa y dejar que fueran las sábanas las que me salvaran a mí una vez más.
Cuando logré alcanzar un paso de cebra, el semáforo cambió de color para torturarme un poco más. Los coches arrasaron con el espacio que segundos antes había estado libre para caminar. Suspiré. "Qué semáforo más lento. Qué de coches. Qué coñazo." pensé, y sin querer entré en un bucle que se me antojó eterno. Decidí distraerme observando lo que tenía a mi alrededor. Fue entonces cuando la vi. Una joven de melena larga y lisa, de piel besada por el sol, envuelta en un vestido diminuto y abrigada con tan solo una chaqueta de punto. El atuendo no dejaba mucho a la imaginación, pero ella estaba allí plantada, sin seña alguna de tener frío, esperando lo mismo que yo, que el estúpido semáforo nos dejara continuar con nuestras vidas. Era una de esas chicas a las que nadie aspira, a la que los hombres admirarían de lejos y pondrían de fondo de pantalla en el móvil para deleitarse al desbloquearlo. Mis ojos no pudieron despegarse de ella, y el que la joven me devolviera la mirada y me sonriera, consiguió que dejara de respirar al instante.
Un desagradable pitido me despertó de golpe. El semáforo nos daba vía libre para pasar, pero yo no podía moverme. La gente me empujaba sin inmutarse y oí a un anciano mascullar insultos a bocajarro debido a mi inoportuno parón en medio de la calle. No le dejaba pasar. La cuestión es que la joven sí se movía. Y se movía hacia mí en linea recta. Y seguía mirándome y yo solo alcancé a tragar saliva. Di las gracias mil veces por el tropiezo que la hizo caer en el ángulo perfecto para que yo la atrapara. Oí mi maletín, con toda la documentación de la oficina, caer y desparramar su contenido por el asfalto, pero la cogí antes de que cayera al suelo y eso es lo único que me importó. Nos miramos y me sonrió de nuevo, agradecida, mientras rodeaba mi cuello con sus brazos para no resbalar. Recorrí con lujuria sus largas piernas, desde los tacones rojos que llevaba hasta el borde de su vestido. Entonces me dije: "éste es mi día" y quise retener ese momento en mi memoria todo lo que pudiera para futuros bajones de autoestima. Giré la cabeza levemente, lo justo para observar nuestro reflejo en uno de los escaparates de ropa que envolvían la manzana. Entonces reparé en algo escalofriante. Allí donde deberiamos de haber aparecido ambos, en una postura de cuento, de película, de ensueño... solo estaba yo envolviendo los brazos ridículamente sobre la nada.
Miré con extrañeza a la hermosa mujer a la que había salvado segundos antes y... seguía allí, mirándome con unos ojos que prometían muchas cosas. Se mordió el labio inferior con descaro, invitándome a besarla. Volví a mirar el escaparate. Nada. Vacío. Aire. Con el corazón rebotando en el pecho, la solté de golpe. No me dio tiempo a oír su gritito ahogado. En una acera se quedó mi maletín, parte de mi vida y lo que podría haber sido una de mis mejores fantasías. Por el momento, preferí echar a correr y no parar hasta llegar a mi casa y dejar que fueran las sábanas las que me salvaran a mí una vez más.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Desencajarse
Imaginad que estáis dentro de un puzzle. Os sentís parte de algo y lo percibís como eterno e indestructible. No estáis solos. No obstante, soléis desgastar vuestras esquinas para encajar en un pequeño vacío que, en realidad, os está dejando sin aire. Necesitáis salir de ahí. La ficha que realmente completa el puzzle está aún lejana en el tiempo. Sois como una burda imitación de la pieza que falta. No tenéis la misma gama de colores, ni la orientación adecuada, ni el aplomo ni la tranquilidad que siente quien está donde debe estar.
Molestáis a la vista.
En los puzzles incompletos se atisba la imagen final.
En uno mal hecho... se distingue a la legua quién es el que sobra.
¿Es que acaso quieres ser tú?
lunes, 25 de noviembre de 2013
Boquete.
Es marearte por el vaivén de un gran barco.
Es soltar una cuerda y en el último momento no querer morir,
aferrarte a ella y resbalar lacerando tus dedos, quemando tus palmas.
Es ahogarte en una arcada cuando una pastilla se incrusta en tu garganta.
Es barrer el suelo con el pie deseando que el polvo desaparezca,
que la moqueta donde vas a tumbarte no levante una nube de suciedad.
Es estremecerte cuando el calor de la manta resbala por tus hombros.
Es sentir esa molesta vibración del cristal, que agita tu cabeza,
que te revuelve la mente y disipa tus leves sueños a cada frenada.
Es odiar. Odiarte. Odiarles.
Es perecer alma adentro.
O perdonar. Perdonarte. Perdonarles.
Y buscar una tregua.
Para vivir.
domingo, 20 de octubre de 2013
El fuego de la muerte.
Un fuego fatuo prendió el cielo de una noche marchitada por la muerte que había tenido lugar bajo su velo. Se elevó desde el pecho del joven que lo había albergado y, deslizándose con lentitud hasta rozar la mejilla de tan hermoso ser, iluminó su rostro ceniciento. La pequeña que observaba la tragedia se tomó aquello como una señal. Se limpió con brusquedad las lágrimas, avanzó hasta el cadáver y besó sus rígidos labios, ahora tibios por la presencia espectral del fuego fatuo sobre sus cabezas. Ella nunca daba nada por perdido, ni siquiera algo tan obvio como la vida de ese chico que, sin embargo, ya estaba muerto. Por eso cuando no ocurrió absolutamente nada, cuando sus ojos se clavaron en las pupilas inertes de quien ya no estaba allí, la ira manó de sus entrañas y, alzando el puño, golpeó con fuerza el pecho de quien debería haber revivido tras su beso de amor. Y entonces ocurrió el milagro. El fuego se ocultó de la tempestad traspasando la carne muerta, y el joven despertó.
martes, 15 de octubre de 2013
Alguien mejor.
Y es que todas las sonrisas que cedí,
y todos los abrazos que quise dar y regalé,
y todas las veces que esperé a tener la mente fría para contestar,
y todo el cine que me conmovió,
y todas las historias que escuché,
y todos los libros que leí,
y todas las canciones que compuse,
y todas las canciones que compuse,
y todos los minutos que guardé para mi sola,
y todos los sitios que visité y dejé atrás con amargura,
y todos los romances que quise que fueran y serán...
todo eso me convertirá en alguien mejor.
sábado, 12 de octubre de 2013
La esencia de las cosas (I)
Apareció en aquel bar de mala muerte y se sentó con elegancia en uno de los taburetes altos que rodeaban la sucia barra en la que yo había caido hacía más de una hora. Nos separaban unos metros y, quizás, unas cuantas copas de más. Me obligué a despegar los ojos de él y a fijarlos en el vino que sostenían mis manos y en el cristal que abrazaba su contenido para no permitirle salir.
-Una cárcel transparente para el vino y una cárcel de cristal para mí- pensé con ironía. Quise romper a llorar.
El movimiento de un abrigo me hizo girarme hacia mi acompañante y comprendí que mis minutos de quietud habían llamado la atención del recien llegado. Su aspecto despreocupado, su mirada evaluativa taladrándome desde unos iris azules y su olor, me hicieron quedarme en blanco. De no haber sido él, habría adivinado que se trataba de otro hombre que busca provecho de una mujer que bebe sola. De no haber sido él, habría huido en cuanto tuve oportunidad. Pero el problema era que ese joven tenía la energía de quien necesita dar al mundo, y no la de quien busca arrebatar. Por eso me quedé sentada. Por eso nos observamos durante largos minutos y más tarde, le dejé romper el silencio que nos separaba.
-Has venido buscando algo y donde creías que lo encontrarías, no estaba- afirmó y, tras sus palabras, adiviné una sonrisa de quien sabe más de lo que dice.
-No te equivocas, excepto en el hecho de que yo ya sabía que mi búsqueda sería en vano y, aun así, estoy aquí sentada, bebiendo vino barato y esperando un milagro.
Volví los ojos hacia la copa de vino con pesar y la agité para observar una vez más el movimiento de su contenido. Unas manos cálidas se cerraron sobre mis dedos y los deslizaron hacia abajo para soltar mi agarre. Admiré los movimientos suaves del individuo que se había propuesto salvarme aquella noche y, por qué no, le dejé hacer el papel de príncipe. Sonreí con tristeza cuando le vi dejar su vaso de whisky al lado de mi copa, pero de pronto le sentí tirar con suavidad de mis manos para que me levantara de mi asiento.
-El milagro se producirá si bailas conmigo.
Agucé el oído y me percaté por primera vez en todo el tiempo que había pasado en esa barra de que, efectivamente, un perfecto ritmo marcado por notas de jazz llenaba el ambiente y se mezclaba con el humo de la sala hasta hacer que todos los presentes, incluidos los borrachos, recibieran la visita de la melancolía. Miré a los ojos a mi acompañante y, aunque caí sin rechistar en la profundidad de una mirada que esperaba con ansia iniciativa por mi parte, tuve fuerzas para decir:
-No sé quien eres- y él suspiró, y después alzó mis manos y besó mis nudillos con apenas un roce.
-Ni yo sé quién eres tú, pero eres la única persona en este momento que puede acompañarme y hacer que me sienta menos solo, menos cansado, menos nada- y lo peor fue que comprendí sus palabras y le seguí.
Mis pasos eran débiles, pero él me sostenía con firmeza. La mano derecha a mi espalda. La mano izquierda sosteniendo mi derecha y nuestras ropas estrechándose a cada paso. El vaivén de su olor me taladraba el pecho. ¿Quién eres? ¿Por qué tú? ¿Por qué nosotros?
-¿Por qué?- pregunté sin darme cuenta.
-Baila conmigo. Olvídate de todo. Olvida el alcohol, tu casa, las normas y sobre todo quién eres. Hoy solo necesitamos bailar. Lo necesito...- susurró y, cuando alcé la mirada, vi que tenía los ojos cerrados.
Debió de sentir que le observaba, porque sonrió y se escondió de mi vista apoyando la mejilla en mi cabeza. Fue un gesto tan tierno que me hizo esbozar una tímida sonrisa a mí también y que, de pronto, me hizo sentir que no estaba con un desconocido, sino con alguien que llevaba tiempo buscando, con quien compartía una extraña intimidad que nadie podría intuir hasta vernos al lado.
Mientras las notas de jazz se iban perdiendo en una taberna que ya solo ocupábamos dos extraños, el sueño comenzó a alzar sus dedos sobre mí. Cerré los ojos y me apoyé sobre el único hombro que habría podido alzarme en aquel instante. Automáticamente nuestro vaivén se hizo más lento. Sentí que ni siquiera necesitaba sostenerme en pie, porque él me sujetaría para toda la eternidad.
-¿Quién eres?- pregunté de nuevo.
-Solo un alma que buscaba con quien compartir la soledad. Y que para su suerte, lo ha encontrado- musitó-. No pares de bailar.
-Estoy cansada- ni siquiera estuve segura de haber dicho aquello en voz alta.
-Descansa sobre mí- y sentí que cambiaba su peso y su agarre, y aquello pareció más un abrazo que una postura de baile.
Y entonces el arrullo de su palpitar y la música, y quizás también el calor que emanaba de su cuerpo.... o quizás su pecho vibrando mientras tarareaba la última canción que bailamos... o quizás... No sé. No recuerdo qué ocurrió, pero la cuestión es que olvidé las palabras. Olvidé cómo había llegado a ese bar. Olvidé mi origen, mi procedencia y mi nombre. Horas más tarde sentí la mullida hierba en la espalda, la brisa del exterior en el rostro y mi mano alzándose a cada respiración de aquel joven. No habíamos vuelto a hablar, solo compartimos el sueño y nuestra presencia y, por una vez, no necesité nada más. Y supe que él lo sabía, porque nunca, nunca... me pidió otro baile.
*Podéis preguntarme de dónde salió esta historia, que ni siquiera es un relato completo. No podré responder. Solo sé que necesitaba escribir o dejar constancia de lo que quería en estos instantes. Un algo, un ente, una presencia que esté ahí. Y que esté ahí sin más. Una conexión o un "lo entiendo, pero baila conmigo. Sé que es lo que necesitas". Nada más. Y esto es lo único que he obtenido hoy...
**Reconstrucción---La esencia de las cosas (II) http://garabatolvidado.blogspot.com.es/2014/06/reconstruccion-la-esencia-de-las-cosas.html
-Una cárcel transparente para el vino y una cárcel de cristal para mí- pensé con ironía. Quise romper a llorar.
El movimiento de un abrigo me hizo girarme hacia mi acompañante y comprendí que mis minutos de quietud habían llamado la atención del recien llegado. Su aspecto despreocupado, su mirada evaluativa taladrándome desde unos iris azules y su olor, me hicieron quedarme en blanco. De no haber sido él, habría adivinado que se trataba de otro hombre que busca provecho de una mujer que bebe sola. De no haber sido él, habría huido en cuanto tuve oportunidad. Pero el problema era que ese joven tenía la energía de quien necesita dar al mundo, y no la de quien busca arrebatar. Por eso me quedé sentada. Por eso nos observamos durante largos minutos y más tarde, le dejé romper el silencio que nos separaba.
-Has venido buscando algo y donde creías que lo encontrarías, no estaba- afirmó y, tras sus palabras, adiviné una sonrisa de quien sabe más de lo que dice.
-No te equivocas, excepto en el hecho de que yo ya sabía que mi búsqueda sería en vano y, aun así, estoy aquí sentada, bebiendo vino barato y esperando un milagro.
Volví los ojos hacia la copa de vino con pesar y la agité para observar una vez más el movimiento de su contenido. Unas manos cálidas se cerraron sobre mis dedos y los deslizaron hacia abajo para soltar mi agarre. Admiré los movimientos suaves del individuo que se había propuesto salvarme aquella noche y, por qué no, le dejé hacer el papel de príncipe. Sonreí con tristeza cuando le vi dejar su vaso de whisky al lado de mi copa, pero de pronto le sentí tirar con suavidad de mis manos para que me levantara de mi asiento.
-El milagro se producirá si bailas conmigo.
Agucé el oído y me percaté por primera vez en todo el tiempo que había pasado en esa barra de que, efectivamente, un perfecto ritmo marcado por notas de jazz llenaba el ambiente y se mezclaba con el humo de la sala hasta hacer que todos los presentes, incluidos los borrachos, recibieran la visita de la melancolía. Miré a los ojos a mi acompañante y, aunque caí sin rechistar en la profundidad de una mirada que esperaba con ansia iniciativa por mi parte, tuve fuerzas para decir:
-No sé quien eres- y él suspiró, y después alzó mis manos y besó mis nudillos con apenas un roce.
-Ni yo sé quién eres tú, pero eres la única persona en este momento que puede acompañarme y hacer que me sienta menos solo, menos cansado, menos nada- y lo peor fue que comprendí sus palabras y le seguí.
Mis pasos eran débiles, pero él me sostenía con firmeza. La mano derecha a mi espalda. La mano izquierda sosteniendo mi derecha y nuestras ropas estrechándose a cada paso. El vaivén de su olor me taladraba el pecho. ¿Quién eres? ¿Por qué tú? ¿Por qué nosotros?
-¿Por qué?- pregunté sin darme cuenta.
-Baila conmigo. Olvídate de todo. Olvida el alcohol, tu casa, las normas y sobre todo quién eres. Hoy solo necesitamos bailar. Lo necesito...- susurró y, cuando alcé la mirada, vi que tenía los ojos cerrados.
Debió de sentir que le observaba, porque sonrió y se escondió de mi vista apoyando la mejilla en mi cabeza. Fue un gesto tan tierno que me hizo esbozar una tímida sonrisa a mí también y que, de pronto, me hizo sentir que no estaba con un desconocido, sino con alguien que llevaba tiempo buscando, con quien compartía una extraña intimidad que nadie podría intuir hasta vernos al lado.
Mientras las notas de jazz se iban perdiendo en una taberna que ya solo ocupábamos dos extraños, el sueño comenzó a alzar sus dedos sobre mí. Cerré los ojos y me apoyé sobre el único hombro que habría podido alzarme en aquel instante. Automáticamente nuestro vaivén se hizo más lento. Sentí que ni siquiera necesitaba sostenerme en pie, porque él me sujetaría para toda la eternidad.
-¿Quién eres?- pregunté de nuevo.
-Solo un alma que buscaba con quien compartir la soledad. Y que para su suerte, lo ha encontrado- musitó-. No pares de bailar.
-Estoy cansada- ni siquiera estuve segura de haber dicho aquello en voz alta.
-Descansa sobre mí- y sentí que cambiaba su peso y su agarre, y aquello pareció más un abrazo que una postura de baile.
Y entonces el arrullo de su palpitar y la música, y quizás también el calor que emanaba de su cuerpo.... o quizás su pecho vibrando mientras tarareaba la última canción que bailamos... o quizás... No sé. No recuerdo qué ocurrió, pero la cuestión es que olvidé las palabras. Olvidé cómo había llegado a ese bar. Olvidé mi origen, mi procedencia y mi nombre. Horas más tarde sentí la mullida hierba en la espalda, la brisa del exterior en el rostro y mi mano alzándose a cada respiración de aquel joven. No habíamos vuelto a hablar, solo compartimos el sueño y nuestra presencia y, por una vez, no necesité nada más. Y supe que él lo sabía, porque nunca, nunca... me pidió otro baile.
*Podéis preguntarme de dónde salió esta historia, que ni siquiera es un relato completo. No podré responder. Solo sé que necesitaba escribir o dejar constancia de lo que quería en estos instantes. Un algo, un ente, una presencia que esté ahí. Y que esté ahí sin más. Una conexión o un "lo entiendo, pero baila conmigo. Sé que es lo que necesitas". Nada más. Y esto es lo único que he obtenido hoy...
**Reconstrucción---La esencia de las cosas (II) http://garabatolvidado.blogspot.com.es/2014/06/reconstruccion-la-esencia-de-las-cosas.html
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